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Posted by Rissig Licha on 04 Mar 2012 | Tagged as: Blogs
SANTO DOMINGO—El mundo está en crisis. En país tras país no hay con qué cancelar la factura pues se gastó más de lo que se tenía o debía y hoy se debe más de lo que se puede o se tiene para pagar. Ello lleva a muchos a plantear que atravesamos por una crisis de crédito creada por carteles financieros. Otros entienden, sin embargo, que el problema ha sido político, producto de un mal manejo de la gestión pública por parte de los oficialistas. La crisis, sin embargo, no es enteramente financiera, ni del todo política, es algo más: es un mal socioeconómico y sociopolítico que demanda, precisamente, mayor atención a la responsabilidad social o, dicho de otra forma, a la responsabilidad de la sociedad por aquello que le aqueja.
Sí, la responsable es la sociedad, la misma que todos exculpan y soslayan de responsabilidad aunque no hay dudas de que fue ésta la que optó por obviar la realidad y comprar el discurso público que emanaba, tanto del capital como del capitolio, sin ningún empacho de que tanto unos, por beneficio particular, como los otros, por beneficio electoral, pintaban cuadros más surrealistas que los de Dalí que solo aquel marcado por el más grave caso de miopía producto del oscurantismo popular o del asistencialismo y el clientelismo oficial puede llegar a confundir con la verdad.
Eso sí, para poder entenderla bien hay que primero, analizar lar retórica empleada por los poderes fácticos en su afán por consolidarse, aprovecharse y perpetuarse en el poder y, después, conocer cuál fue la semiótica lectura popular de los verbos empleados para mensajear. [Advertencia: No busque esta palabra en el diccionario de la Real Academia Española. Es una palabra original del autor cuyo significado es: De mensaje tr. La manipulación de las masas mediante la grosera utilización y manoseo propagandístico del pueblo a través del cuento].Ausente éste análisis, imposible llegar a la verdad.
El embrollo en el que estamos es resultado de que el pueblo, sí el pueblo, diera un cheque en blanco a los gestores del poder para hacer y deshacer. El mensaje del político era, a primera luz, noble y, por esa característica sirvió y, todavía parece servir para muchos, de disfraz perfecto para todos los que como el gran lobo hicieron creer a las multitudes que eran la abuelita de Caperucita Roja. ¿Pero cómo llegamos a esta historieta? Veamos.
¡Acabemos con la pobreza!, decretaban desde la tribuna. Pero el plan oficialista era otro: utilizar la pobreza para beneficio electoral. A renglón seguido, ese loable objetivo de justicia y solidaridad servía para alimentar la maquinaria asistencialista con el solo propósito de comprar votos porque las cifras de pobreza en casi todas las sociedades—con la excepción de casos como el de Brasil y China—aumentan sin contén ni pausa. Y, para colmo, en más de un país al fin de cuentos las cuentas reflejan que los únicos que habían salido de la pobreza eran funcionarios que ayer limosneaban su sustento por las calles y hoy, contentos, se pasean en limosina por los bulevares de capitales lejanas para revisar el capital que en sus cuentas bancarias fuera depositado.
¡Vamos a rehabilitar el cono urbano! Otra gran promesa consistente con el reclamo de que se le daría punto final al abandono e indiferencia para con el patrimonio arquitectónico de los grandes centros urbano y, de paso, sirviera para atraer y entretener al incauto turista con deseos de darse un viaje al pasado que hasta ahora se encontraba con la triste realidad de observar cómo majestuoso caserón tras caserón colonial permanecía en estado de clausura o abandono. De ahí, sin embargo, se dio paso a la más abyecta megalomanía urbanística expresada en obra tras obra de dudoso beneficio y más costoso monto que, al fin de cuentas, servían para engrosar las cuentas de los titulares de la cartera responsables por ellas.
¡Estamos dinamizando la economía! El verso resultaba halagador para todo aquél que estaba en paro o que, en los casos más extremos, nunca había entrado en nómina. Así, el Estado aumentaba su nómina y el Partido sumaba más clientes que, a la hora de la próxima elección de seguro votarían solidariamente por el oficialismo. Los presupuestos reflejaban ese propósito. Incrementos en todas las partidas de gastos. Más la hoja de cuentas claramente dejaba evidencia, para todo aquel que se preocupara por revisarla y prestarle atención al ejercicio fiscal, de que una porción importante del presupuesto, en algunos casos más de una tercera parte de éste, estaba al descubierto o, dicho en términos bancarios, requería de algún endeudamiento público para poder cubrir las obligaciones. En consecuencia, el gigantismo clientelista alimentaba el endeudamiento oficialista.
No hace falta ser Premio Nobel en Economía para darse cuenta, tanto unos como los otros y, en definitiva, todos, que esa hoja de ruta tarde o temprano desembocaría en el purgatorio. De hecho, un somero repaso de aritmética básica que, aún en aquéllas sociedades que han dado las espaldas a la educación todavía forma parte del currículo, claramente ilustra que si uno tiene más gastos que ingresos las cuentas no han de cuadrar. Cualquier ciudadano sabe que cuando su presupuesto no encaja porque no hay en caja para pagar la deuda no le queda otra que apretarse el cinturón y poner el gasto en dieta estricta para paliar el mal que le acecha y que es producto de un consumismo desmedido.
Eso es lo que dicta la lógica. Pero, como en la patología política la lógica no aflora con mucha frecuencia, no fue así que se obró. Sociedad tras sociedad aceptó, como normal una creciente deuda—que tenía raíces en la ambiciosa megalomanía urbanística que alentaba las obras públicas, el desmedido crecimiento clientelista de la nómina pública y el desproporcionado asistencialismo de un estado de bienestar sin fin—aun cuando ésta, en muchos casos, superaba, como es el caso de Grecia, el monto total del Producto Interno Bruto del país. Pero nadie parecía preocupado.
La Banca miró al costado aun cuando el maquillaje de las cifras oficiales había dejado trazas en la documentación del último préstamo. Las firmas de calificación también. Y, los organismos multilaterales, ídem. El político gastaba sin fin, el banquero prestaba sin fin, los organismos multilaterales miraban por todas partes menos dónde tenían que fijar el ojo y los pueblos disfrutaban la bonanza asistencialista y clientelista que emanaba del Palacio. Todos bailaban al mismo son. Más, hoy, al llegar la Gran Inquisición de cómo llegamos a este desmadre el niño resulta que es huérfano. No hay culpables, sólo lamentadores, tanto oficiales como insurgentes. Todos se rasgan las vestiduras.
Si Grecia, la cuna de la democracia, no acepta los términos de su quiebra, la Unión Europea, centro de todas las democracias del Viejo Mundo, se cargan el sistema democrático y le imponen al pueblo heleno un gobernante designado por los banqueros. Y, es que ha llegado la hora de tapar huecos. No de resolver el problema, sino de tapar huecos pues, el gran plan de rescate de Grecia, dictamina que para el año 2020 la deuda sólo debe alcanzar el 129 por ciento del Producto Interno Bruto. ¿Es esa la verdadera solución o simplemente una posposición más a tomar la medicina que demanda un problema que ya no aguanta más demoras en su atención? Pero la rumba sigue.
¡A defender el estado de bienestar a ultranza! Ese es el mensaje del que ayer estaba en el poder y hoy, en la oposición, quiere ser más papista que el Papa como sucede en la España que ha sido Madre y Maestra de mucha de la conducta que hoy caracteriza a las sociedades latinoamericanas. No toquen ni la educación, ni la salud, ni esto, ni lo otro. Todas son vacas sagradas de una administración pública que lejos de velar por el bienestar de las finanzas se dedico al malgastar los recursos del pueblo. Este discurso obvia un hecho irrefutable: cuando no hay para todo, todo está sujeto a recortes.
¡A la calle! Ahora, esa sociedad atomizada por el mensajeo que pasivamente permitió el despilfarro de las arcas públicas se lanza a las calles a protestar por la situación. Están indignados dizque con la situación. Llaman a un paro general. Lanzan insultos, piedras y cócteles Molotov. No crean que ese llamado sea en atención a que finalmente se dieron cuenta del cuento que le vendieron. No, hombre, la sociedad no ha despertado. Simplemente se trata de que tampoco quiere cargar con el muerto.
El tema es que nadie quiere pagar el pato. Los banqueros que prestaron, no. Los políticos que se extralimitaron en sus gastos, no. Las sociedades que disfrutaron la francachela, tampoco. Ni mucho menos los indignados. En consecuencia, todos parecen estar contentos con seguir siendo mensajeados porque ninguno quiere que le cuenten el verdadero cuento de las cuentas que cuentan y, como nos hemos podido dar cuenta, nadie quiere saldar la cuenta. En consecuencia, preferimos seguir siendo mensajeados.
Posted by Rissig Licha on 16 Jan 2012 | Tagged as: Blogs
Posted by Rissig Licha on 07 Jan 2012 | Tagged as: Blogs
Posted by Rissig Licha on 03 Jan 2012 | Tagged as: Blogs
Posted by Rissig Licha on 18 Dec 2011 | Tagged as: Blogs
Posted by Rissig Licha on 21 Nov 2011 | Tagged as: Blogs
Posted by Rissig Licha on 15 Nov 2011 | Tagged as: Blogs
Posted by Rissig Licha on 23 Oct 2011 | Tagged as: Blogs
Posted by Rissig Licha on 18 Oct 2011 | Tagged as: Blogs
Posted by Rissig Licha on 15 Oct 2011 | Tagged as: Blogs