SANTO DOMINGO—La milenaria civilización que habita este planeta gusta jactarse, utilizando adjetivos triunfalistas, de los grandes logros que, atento a la innovación y creatividad de tantos, han transformado la cotidianidad. Ese sermón, al que fielmente se acriben los millones de devotos que acuden al altar mayor de la red para adorar a los tres apóstoles del Templo de la Interconectividad—Gates, Jobs y Zuckerberg—ha logrado atraer a su feligresía a cerca de dos mil millones de fieles. Tan impresionante ha sido el proyecto de evangelización digital que hasta la Iglesia de Pedro ha profesado su fe en la red, dotando al Vaticano con su propio portal en la blogosfera. Este pandémico éxito reconocido, tanto por aquel que es digerati como el otro que es iliterato, esconde una gran verdad: la brecha que hay entre los ciudadanos de la República de la Blogosfera y aquellos indocumentados, sin pasaporte digital, que sobreviven en la gran República del Oscurantismo.

Suman más de cuatro mil millones. No tienen cuenta de Twitter. Sus fotos no aparecen en la red a menos que algún ciudadano de Facebook, en un safari fotográfico, por algún país en vías de desarrollo o por algún barrio marginal de cualquier gran ciudad, haya tomado alguna toma con un nativo de esas tierras para alimentar su hemeroteca de material a ser exhibido a sus seguidores como un trofeo de caza bajo cualquiera de las siguientes categorías: folclor, urbanismo, indigenismo o el resto del mundo. Nunca han llenado la plantilla de LinkedIn y quizás, por eso, nunca podrán ser objeto de búsqueda por la legión de caza talentos que navegan por ese portal en busca del espécimen perfecto para la vacante ejecutiva que hay que llenar para, así, poder comisionar por la colocación. Si le hablan de GPS no conocen que es y, hasta pudiesen llegar a pensar que se están refiriendo a un insecticida más que viene a depredar al medioambiente de la Madre Tierra.

“No hay por qué ver sombras dónde hay tanta claridad”, sentenciará cualquier geek a través de un SMS o quizás otro despachará el planteamiento a través de un tuit que, en tono de burla, pontificará, “este tío es un imbécil, no ve cuántos somos” y que, indudablemente, será retransmitido por miles de otros geeks y celebrado como entre los que más atención han suscitado en la República de Twitter. El que así reacciona poco le importa si esa gran diferenciación social, si esa resquicio de clases que cada día aparta más a los conectados de los desconectados—que no son otra cosas que los descalzos y descamisados versión siglo XXI, modelo popular.

Algunos, de corte más académico, harán un recorrido tecnológico en su blog con el único propósito de restarle importancia al problema social que la red nos plantea y grandilocuentemente expresarán algo así: “A finales del siglo XIX, ya se transmitía la voz a través de señales eléctricas. Pocos años más tarde, una llamada de teléfono nos anunciaba la llegada del aparato que, con el tiempo, pondría al mundo a un mando de distancia de nuestros ojos. Y, hoy, gracias a la red que fue develándose poco después de la televisión, podemos estar en cualquier parte del mundo y mantenernos comunicados con familiares, amigos y hasta uno que otro enemigo presente en cualquier otra latitud compartiendo risas, vituperaciones, música, fotos, videos, El Mundo o El País y hasta la última cotización de bolsa de cualquier banco español. El avance para nuestra civilización ha sido, indiscutible. Mas no todos podrán avanzar al mismo paso”.

Claro que no todos pueden avanzar al mismo paso, sino Usain Bolt en vez de estar disfrutando de sus triunfos en la pistas de los más renombrados estadios del mundo estaría en casa recogiendo grano a grano el fruto del renombrado café Blue Mountain jamaiquino pues, todos correríamos al mismo paso y ya no existiría una brecha entre el veloz corredor y el resto de los mortales. La brecha que la red está creando a través de un sistema de castas sociales que pone al descubierto grandes inequidades es una que, indefectiblemente, plantea mayores inequidades que nunca antes en la historia de la humanidad y que por ser, en gran medida, producto de la celeridad de lo cambios tecnológicos, va ahondando diferencias que cada día van a ser más abismales.

Esas diferencias nublan, además, otras realidades, otras brechas que, también presentan grandes retos, por no decir, amenazas para todos, incluso aquellos afortunados que hoy navegan con el visado de internauta por la red en particular una: la adicción ciega y dependencia crónica en la red como fuente absoluta e infalible de la realidad, de la verdad y de la información que ha de guiar al mundo. Esa dependencia en el Hermano Mayor para informarnos, sin cuestionamiento alguno, de la veracidad o, de la verdad edulcorada por algún poder que quiere distorsionar para sus fines la propia realidad o, en el peor de los casos, de una burda mentira que alguien con propósitos ulteriores quiere hacer pasar por la verdad, es quizás más peligrosa pues sumaría a muchos de los dos mil millones de cibernautas también al desafortunado estatus de indocumentados.

¡“Hombre, pero qué clase de exageración! Eso solo sale de la cabeza de un tonto”, dirán muchos en sus comentarios digitales. A ellos solo les digo que basta con ver cómo, hasta en una clase del sacrosanto centro de estudios de Harvard, más de cien de doscientos setenta y nueve estudiantes emplearon la red para colaborar en sus respuestas al examen final del curso. Y, esa libertina actitud hacia la propiedad intelectual ya cuenta con raíces más profundas y brotes más prematuros pues en colegio tras colegio de primaria muchos son los que ya no hacen ninguna tarea de investigación. “Para qué hacer eso, si tenemos portales dónde tenemos acceso a tratados que con solo copiar el y entregar bajo mi firma, logro la nota de pase de curso”.

Efectivamente, los tontos somos todos los que miramos al costado para no tener que ver de frente los males sociales que estamos fomentando. Primero, contribuimos a la institucionalización del oscurantismo al no prestarle atención a la brecha tecnológica entre los conectados y los desconectados. Segundo, estamos aplaudiendo el abierto desprecio por la propiedad intelectual, por el derecho de autor y por el fruto de la investigación que surge del esfuerzo individual al aceptar el plagio como la norma normal. Tercero, aún entre aquellos que estamos interconectados estamos fomentamos una conducta social de aceptar la verdad, según interpretada por otros, sin cuestionamientos; creando las condiciones para que, a futuro, el hombre del mañana no piense sino solo siga órdenes de un ser superior, todo poderoso y totalitario. Y, para colmo, seguimos empeñados en creer que porque hemos llegado a la Luna y creado órganos artificiales hemos hecho grandes avances, mas perdemos de perspectiva que sigue creciendo la población olvidada de la República del Oscurantismo y, mientras esa gran masa siga en ese estado, las inequidades y la barbarie seguirán enredando nuestras sociedades no importa cuántos ya hayan conseguido su pasaporte a la red.