September 2010
Monthly Archive
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Posted by Rissig Licha on 29 Sep 2010 | Tagged as: Blogs
MIAMI—El espejo político de Venezuela debe de servir, tanto de punto de reflexión como de inflexión sobre nuestras democracias pues el rostro que asoma a su pantalla tras el ejercicio electoral del 26S es uno bicéfalo—dos visiones, dos triunfadores en un país dividido por la lucha entre hermanos y lo que está en juego es la definición de cuál habrá de ser el futuro de un pueblo que nunca acudió a las urnas para perpetuar una dictadura constitucional.
Esa realidad que proyecta el espejo roto venezolano es producto de las dos corrientes que han definido la política del país andino por más de medio siglo: por un lado la insensatez, insensibilidad e indolencia de los poderes fácticos de la era del Pacto de Punto Fijo que abrieron una brecha aprovechada por las fuerzas populares caracterizadas por la arbitrariedad, el revanchismo y el fundamentalismo ideológico del Poder Popular que ha definido la época del chavismo bolivariano que hoy impera.
Al final, ni uno, ni el otro, sino los dos—tanto el oficialismo como la oposición, tanto los de hoy como los de ayer—proclaman su victoria. Unos cargaron con el voto popular. Los otros secuestraron la Asamblea Nacional. Hugo Chávez Frías celebró su decimoquinta elección en once años y, aunque no ganó el voto popular, gracias al calculado manejo de un aparato electoral al servicio de su proyecto político fue capaz de asegurarse el 60 por ciento de la representación a la Asamblea Nacional aún cuando su partido logró menos del 50 por ciento de los votos emitidos. Pero, si los dos ganaron, ¿quién perdió? La democracia representativa.
Es cierto que Chávez Frías perdió la franca mayoría que gozó por años en la unicameral asamblea pero, en un entorno en el que hay poco respeto por la institucionalidad y las leyes que él mismo, como buen sastre jurídico, diseñó a la medida del modelo socialista del Siglo XXI, no existen las garantías constitucionales que respeten la pluralidad y la disensión, ni los derechos de las minorías. Por ello, la oposición no debe de bajar la guardia pues el golpista morador de Miraflores es capaz, como lo ha refrendado una y otra vez por más de una década, de cualquier acción tendiente a usurparle derechos y socavarle el proyecto político a sus detractores, así frustrando las aspiraciones de un pueblo que merece mejor suerte.
Ese entuerto sociopolítico que arropa los llanos venezolanos debe de servirnos de advertencia a todos los que en América Latina profesamos y comulgamos en el altar de la democracia, del pluralismo y la convivencia pacífica solo posibilitado a través de sociedades variopintas, libres del yugo de la autocrática dictadura que, desgraciadamente, en muchos países surge de las propias entrañas de entornos que oficialmente están organizados constitucionalmente como democracias.
El resultado de la elección del 26S requiere que, de una vez y por todas, reconozcamos que no todas las sociedades democráticas, tanto aquéllas que constitucionalmente están organizadas como las otras que se mercadean como democracias, lo son. Cuba tiene elecciones que llama democráticas aún cuando sólo un partido, el de los hermanos Castro, es el que acapara todos los candidatos. Venezuela acaba de comprobar que el voto popular, ni es popular, ni es absoluto pues cedió ante los caprichos del oficialismo. A estos hay que sumarles otros países democráticos que también celebran elecciones—Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Argentina y República Dominicana—en las que el oficialismo pretende pulverizar desde su plataforma de poder a toda oposición para acaparar el poder al estilo del Partido Revolucionario Institucional de México que el siglo pasado permaneció en Los Pinos por más tiempo que lo que duró el Partido Comunista Soviético en el poder.
En consecuencia de ello, en el abanico político latinoamericano queda claro que hay democracias más democráticas que otras y, en la medida en que la que no se garantice la justa representación de cada ciudadano y se pueda invalidar su voto a través de la arbitraria aplicación de leyes y reglamentos utilizados por el oficialismo para sesgar los resultados electorales y perpetuarse en el poder, debemos de llamarlas y combatirlas por lo que son: dictaduras constitucionales.
Estamos viviendo en sociedades regidas por un espejismo democrático. No nos equivoquemos, no nos ofusquemos con el trinar del ruiseñor populista que, en tierra tras tierra, profesa cantar por los desvalidos, por los que nunca han tenido voz, por la masa olvidada por los poderes fácticos tradicionales a los que les prometen una democracia popular que, en la realidad, es otro engaño más producto de adeptos a la autocracia y al presidencialismo absoluto. Como tampoco debemos de confundirnos con los que hoy, desde la insurgencia democrática prometen a través de su discurso público sociedades justas, democráticas e igualitarias. Tenemos que estar alerta para no caer víctimas de la desimulación y del engaño:
“Presidente, presidente, ¡qué ojos más grandes tienes”!
“Son para verte mejor”.
“Presidente, presidente, ¡qué orejas más grandes tienes”!
“Son para oírte mejor”.
“Presidente, presidente, ¡qué dientes más grandes tienes”!
“Son para…¡comerte mejoooor”
Atento a ello, en una región en la que los palacios del poder están ocupados por demasiados lobos haciéndose pasar por abuelitas, hay que estar más alerta que Caperucita porque no en todos nuestros pueblos contamos con un alerta cazador que rescate a nuestras sociedades de la boca del lobo autoritario.
Por consiguiente, a todos nuestros políticos–los de arriba, los de abajo, los oficialistas y los oposicionistas–tenemos que demandarle lo mismo: el respeto absoluto e innegociable a las leyes y al ordenamiento constitucional. No hacerlo sería condenarnos a ser rehenes de la autocracia de los caudillos de turno, los mismos que empañan con su monstruoso rostro el espejo roto en el que se proyecta la realidad latinoamericana; el mismo que el 26S asomó su rostro en Caracas.
Posted by Rissig Licha on 19 Sep 2010 | Tagged as: Blogs