SANTO DOMINGO—El cierre de un medio de comunicación por presiones económicas o, concretamente, por presiones sectarias debe ser objeto de la más profunda introspección social en toda comunidad que atesora sus libertades individuales porque con ello pierde un pulmón la democracia.

Eso es lo que, precisamente, ha ocurrido como consecuencia del sorpresivo anuncio del cierre de Clave Digital y Clave impresa, dos medios que bajo la dirección de Fausto Rosario Adames daban cabida a la más pluralista agenda de discusión nacional en un país con una larga tradición de abierta censura, velada intromisión, amedrentamiento oficial o tergiversación subsidiada de todo intento por practicar un periodismo independiente.

La libertad de Prensa, una de las aspas del abanico de libertades individuales—de conciencia, religión, pensamiento, creencia, opinión, expresión, asociación y movilidad—a las que aspira toda sociedad pluralista como parte de su ordenamiento social como una democracia constitucional es, precisamente, no sólo la más vulnerable de todas las libertades sino la más fundamental pues, al quebrarse, pone en peligro y riesgo a todas las demás.

Por ello, en la medida en que no existan, ni se ejerzan los necesarios contrapesos institucionales y sociales que impidan y penalicen todo intento o cualquier acometimiento de un vejamen, una arbitrariedad o un abuso contra un medio de comunicación se pone en peligro los derechos de todo individuo, grupo o institución provenga de donde provenga, ya sea de parte de los poderes del Estado como de los tradicionales poderes fácticos que todavía pretenden desde sus oligárquicos búnkers subvertir el orden social.

La ignorancia de muchos, el contubernio de algunos, la indolencia de otros y la inconsciencia de unos pocos ante cualquier amenaza de nuestras libertades son responsables del triste episodio que, desgraciadamente, se repite con demasiada cotidianidad en nuestra región latinoamericana cada vez que escuchamos la simplista apología que muchos articulan en favor de un Estado autocrático al recurrir al trasnochado estribillo de “prefiero una dictadura con orden que el desorden de una democracia” que muchos aducen a los medios de comunicación.

El corolario de esa inconsecuencia ciudadana erosiona la valoración de nuestras libertades y le da licencia libre a todos aquéllos que quieren imponer su criterio, amordazar sus cuestionamientos y subvertir las instituciones constitucionales para perpetuarse en el poder mediante la disolución del pluralismo y el silenciamiento de la opinión pública en nuestras sociedades.

Ante un asalto de esa naturaleza contra el ordenamiento institucional de nuestros pueblos ¿qué pueden hacer los ciudadanos para evitarlo? Levantar su voz en oposición ante la más leve intentona o amago por menoscabar cualquiera de nuestras libertades y hacer sentir su voto en las urnas electorales para así apoyar la institucionalidad democrática a través de la elección de aquéllos comprometidos con el fortalecimiento y sostenimientos de nuestras libertades individuales.

Esas son las claves para que toda sociedad democrática prospere. Por ello, hoy, día en que presenciamos las exequias de otro medio de comunicación y escuchamos las lamentaciones de muchos que hasta ahora han permanecido con su mirada al costado mientras otros clamaban por la crucifixión de aquéllos que promovían la discusión y participación pluralista en una sociedad que tanto luchó por librarse de la bota autocrática, debe ser la fecha en que, de una vez y por todas, una sociedad le diga, ¡Basta ya!, a los censores y a todos los ruiseñores que le hacen coro, sin importarle cuál es la partitura, ni tampoco qué clave aparece en el pentagrama nacional.