SANTO DOMINGO—La hemorragia de crudo que, tras más de cuarenta días sigue incontenible y hoy arropa gran parte de las zonas costeras–desde Luisiana en el occidente hasta la Florida en el oriente–del Golfo de México, es el desastre ecológico de mayor proporción en la historia de los Estados Unidos de América. Pero es algo más, es precisamente lo que ha servido para poner en manifiesto la anémica reacción, pobre liderazgo y falta de manejo de la crisis de la Administración Obama y la falta de previsión, de clara dirección y del sentido de responsabilidad pública de British Petroleum (BP) en el manejo del desastre.

Esa combinación puede tener graves consecuencias no sólo para ellos sino para el resto de nosotros: a uno le puede terminar costando el control del Congreso; al otro, un serio quebranto financiero, amén de la pérdida de credibilidad como una empresa ambientalmente responsable y, al resto de nosotros, las consecuencias del peor desastre ambiental. Y, lo peor del caso, es que nadie, ni el Presidente Obama, ni Tony Hayward, el principal funcionario ejecutivo de BP, saben a ciencia cierta cómo parar la hemorragia de contaminantes justo cuando comienza la temporada ciclónica del Atlántico—algo que pudiera crear mayores daños ecológicos y económicos que afectarán a millones de estadounidenses. Pero si no saben qué hacer para ponerle coto al derrame, menos destreza han demostrado en su comunicación con los públicos afectados por el accidente.

Hayward ha sido el peor vocero de su empresa. Entre las cosas que ha dicho y que no han contribuido a que los residentes de las zonas costeras del Golfo crean que la compañía está adecuadamente manejando la crisis se encuentran las siguientes perlas: “Es un pequeño derrame”. “El Golfo de México es un gran océano. “El volumen de químicos que estamos vertiendo es pequeño en relación con el volumen total de agua”. “Créame yo soy el primero que quiero ponerle coto a esta situación para poder reanudar mi vida personal”.

Obama, quien en su campaña camino hacia la Casa Blanca logró destacarse por sus dotes de comunicador, tampoco ha desempeñado un gran papel en esta tragedia ambiental, ni como sofocador del derrame, ni como vocero de su administración: “No se equivoquen BP está operando bajo nuestra dirección. Nosotros estamos a cargo, para asegurarnos de que la respuesta ha sido adecuada” “Asumo la responsabilidad. Ese es mi trabajo asegurarme de que todo lo que sea necesario se haga para contenerle”.

El problema es que los únicos con el equipo para hacerlo son los ingenieros de BP y no el gobierno federal de los Estados Unidos de América y, para colmo, en medio de la crisis no se le ha ocurrido al presidente Obama algo mejor que amenazar con radicarle cargos criminales a la empresa. El tiempo llegará para fijar responsabilidades, para buscar explicaciones de qué pasó y por qué pasó, pero ¿hacerlo mientras millones de barriles de crudo contaminan más kilómetros de océano y playas? No, Barack, este no es el momento para ello.

¿Cómo es posible que una compañía como BP, hasta ahora conocida a través de sus campañas institucionales vanagloriándose de su responsabilidad ambiental, actúe con tanta torpeza? Y, en el caso de Obama, ¿qué pasó con su pericia como comunicador?

En el caso de los primeros, en tiempos de normalidad acumulaban sus ganancias, operaban sus pozos en altamar y se daban golpes de pecho con su campaña institucional que pretendía posicionar a la empresa como una de avanzada y de estricto apego a los principios de un ciudadano corporativo comprometido con conducir sus negocios de acuerdo a la agenda “verde”. Todos los intentos hasta la fecha de cortar el derrame han fracasado. Pero lo que más ha fracasado, a juzgar por las desafortunadas declaraciones de Hayward, es un mayor grado de empatía, solidaridad y sobriedad en la comunicación de la empresa.

Lo de Obama es diferente, aunque es algo que comúnmente le pasa a político tras político. Primero, una cosa es ser un gran comunicador en una campaña en la que se habla en generalidades y sin gran profundidad sobre los temas. Una cosa es ser senador, ocupar un escaño legislativo desde dónde se habla, señala y apunta sobre qué es lo que hay que hacer. Y, otra cosa es ser presidente. Al ocupar la Casa Blanca se le cierra la puerta a las lucubraciones teóricas de la campaña y a las grandes elocuciones desde el hemiciclo del Senado y se da paso a manejar la realidad cotidiana. Es un recorrido de lo virtual a lo real. Si estuviera en campaña o en el Senado éste sería el momento para que demandara acción de parte del gobierno. Ahora, el que tiene que resolver el entuerto es él. Y, hasta ahora, su actuación deja mucho que desear. Tanto Hayward como Obama están descubriendo que una cosa es con guitarra y otra con mandolina.