SANTO DOMINGO—La fecha de inicio del gran certamen se acerca. La chercha cotidiana comienza a estar salpicada de especulaciones sobre las posibilidades—ciertamente más que de las probabilidades porque eso acabaría con las elucubraciones y sueños de muchos—de los treinta y dos países finalistas. Nos queda claro que la fiebre de la Copa Mundial está afectando a todos, al punto que la crisis económica, está a punto de pasar a un segundo plano.

No todos los equipos participantes tienen opción de triunfo. De hecho, sólo siete países—Brasil, cinco veces; Italia, en cuatro; Alemania, en tres; Argentina y Uruguay en dos e Inglaterra y Francia en uno cada uno—han salido por la puerta ancha de la competencia cuatrianual desde que ésta comenzara en el 1930.

En las dos ocasiones—el 1978 y el 1986—en que Argentina ganó la Copa, el pueblo colmó las inmediaciones del Obelisco para celebrar su triunfo. Sin entrar en suposiciones o pronósticos de qué va a suceder en el campo de juego sí podemos vaticinar que si la oncena que encabeza Lionel Messi logra su tercer título en Sudáfrica la capital argentina que cuenta con casi el 40 por ciento de toda la población del país habrá de llenarse de espuma.

Este año, sin embargo, la celebración tendría un ingrediente adicional. El protagonismo de Diego Armando Maradona, el gran jugador que llevó a la Argentina al triunfo en el 1986, hoy director técnico de la selección albiceleste no será eclipsado por la estrella del Barcelona. Si Messi brilla en suelo africano, Maradona ya sentenció que, en las calles de Buenos Aires, el sigue siendo, con el permiso de Pelé, el Rey.

En una entrevista radial del programa Perros de la Calle en la emisora FM Metro al preguntársele qué haría si Argentina gana el Mundial éste, ni tonto ni perezoso, contestó que “me pongo en bolas y salgo a recorrer el Obelisco”.

Si la historia ayuda a predecir el futuro, entonces, de ganar Argentina la Copa, apueste a que Diego se encuere. Ya lo hizo años atrás al posar desnudo para la revista El Gráfico. Y, a decir verdad, no habría más gráfica celebración. Eclipsaría la del bicentenario bipolar—ya que el oficialismo lo celebró de espaldas a la oposición, como si el país fuera de unos y no de todos—de la independencia Argentina. Amén, de promover los cueros argentinos, aunque Evita se sonroje en su tumba de la Recoleta y al Che se le caiga su boina revolucionaria.

Si otras razones como, el gran afecto que tengo por el pueblo Argentina, no fuera suficiente, la promesa de Maradona sería razón más que suficiente para apostar a la albiceleste—pues el histriónico recorrido de Maradona en cuero por el Obelisco que está emplazado en la Plaza de la República, en la intersección de las avenidas Corrientes y 9 de julio, daría una refrescante bufonada a un mundo que por ahora sólo está atento a las crecientes deudas soberanas, las imbatibles cifras de paro laboral y la erosión del poder adquisitivo ciudadano. ¡Vamos, Argentina! ¡Viva el cuero argentino! ¡Maradona, vive!