SANTO DOMINGO—No fui yo. Eso no me incumbe. No podemos seguir así. Alguien tiene que hacer algo. Esas son afirmaciones que escuchamos con frecuencia en conversaciones en múltiples lenguas a través de todas las latitudes. No hay pueblo que no lo viva en cuerpo y alma: la falta de todos—ricos, pobres, de derechas, de izquierdas, por igual—de asumir sus deberes ciudadanos. En consecuencia de ello, cada día tenemos más gobiernos ilegítimos, representativos de minorías dominantes que, ante la inhabilidad o, en algunos casos desinterés, de buscar el consenso social de las fuerzas vivas dan paso al imperio de la mano dura con la que se impone una arbitraria gobernabilidad y se sofoca el pluralismo, la disidencia y las libertades individuales en las que se fundamentan nuestras democracias.

Ese triste cuadro de situación es producto no solo de la abdicación de los deberes ciudadanos de muchos, sino también de la aceptación de sociedades cada vez más segregadas. Los parlamentos representativos de una amplia gama social—agricultores, comerciantes, médicos, etc. —sólo resultan una memoria histórica evocativa de otros tiempos. Hoy, la mayoría de los congresos están poblados por abogados que, para colmo se han dedicado a hacer carrera política, es decir, son apparatchiks partidistas y, por ende, representan los intereses del partido por sobre los intereses del pueblo, amén de ser más propensos al litigio y al insulto que a la conciliación y el dialogo.

La segregación de grandes sectores sociales que cada día se sienten más aislados del poder, menos escuchados y no representados, produce transformaciones en nuestras sociedades en las que cada día se hace más difícil labrar un proyecto de nación y, en su defecto, dan paso a la imposición de soluciones fundamentalistas, provenientes de minorías gobernantes que, por su definición y modo de implantación, no sólo están condenadas al fracaso sino que dividen aún más sus pueblos.

Como resultado de esta combinación de factores vemos como nuestras sociedades están siendo gobernadas, cada día más, por carteles partidistas controlados por una clase política que negocia sus cuotas de poder a espaldas del pueblo y sin importarle ni cuáles son las prioridades de éste, ni cuál será su reacción al reparto de prebendas entre las colectividades.

Y, ¿cómo se rompe ese círculo vicioso? Algunos piensan que lo mejor que pueden hacer para demostrar su desacuerdo con el status quo es abstenerse de participar en el proceso. Segregarse más. No votar. En pueblo tras pueblo el número de aquéllos que votan por ninguno crece. En algunos casos sobrepasa el cincuenta por ciento de los electores, así garantizando que cualquier gobierno electo sea un gobierno electo por las minorías. Y, ¿es esa la forma de cambiar el malsano rumbo? ¿De acabar con el secuestro del sistema democrático por los partidos políticos? No, esa es una forma más de abdicar derechos, de no hacer lo que se debe hacer y, por ende, seguir a expensas de los carteles políticos que deciden a diestra y siniestra sobre sus vidas. Por ello, aquéllos que así actúan no tienen derecho a lamentaciones.