MIAMI—El debate y análisis de puntos de vistas provenientes de diversos sectores sociales sobre el ordenamiento cotidiano de nuestros pueblos es lo que viabiliza la diversidad en las sociedades democráticas y, con ello, la posibilidad de que, a través de la innovación que de ésta surge, diversos sectores contribuyan a la creación de una mejor nación. Esa riqueza pluralista está, sin embargo, seriamente amenazada por la crecoemte intolerancia autocrática de muchos gobiernos que, con ella, hipotecan el futuro de la democracia y de una mejor calidad de vida para nuestros pueblos.

Cada día observamos, con mayor asombro y no menor consternación, como en país tras país—Venezuela y Argentina son dos que vienen a mente—aquéllos que a través de las urnas han llegado al poder utilizan todos los recursos del Estado para cegar y sofocar los derechos de las minorías y la expresión de las fuerzas vivas, así empobreciendo el dialogo nacional y erosionando las libertades y derechos de todos sus ciudadanos. Mientras esto ocurre muchos ni se dan por enterados, a otros no les importa y sólo algunos, desgraciadamente de poca suma numérica, son los que se preguntan ¿qué hacer?

Las posibilidades son infinitas. Podemos vivir de espaldas a la realidad; mirar al costado; cerrar los ojos; cruzarnos de brazos; señalar al otro; soñar con que un hada madrina venga a rescatarnos del laberinto en que nos encontramos; hacer elucubraciones filosóficas en una tertulia o peña sobre la necesidad de agregar en las papeletas una casilla para votar por ninguno y, hasta llegar a preguntarnos, ¿por qué alguien no hace nada?, con la esperanza de que le toque a un tercero cargar con el bulto. Esas son las más prevalecientes.

Por su parte, a muchos les resulta difícil mirarse al espejo, hacer acopio de la situación y, responsablemente, tomar la decisión de darse a la tarea de participar en las acciones que exige esta amenazante coyuntural para intentar frenar los procesos que cada día debilitan más nuestras instituciones democráticas y nuestra capacidad de aspirar a un mejor mañana. Pero, ¿qué hacer?

Lo primero y más básico que hay que hacer es reconocer los síntomas que han brotado en todas las sociedades que están enfermas o en peligro de contagio por esta epidemia y que, en mayor o menor grado, son las siguientes: quiebra de valores; fragilidad institucional; falta de contrapesos entre los poderes; la quiebra de los partidos políticos; una corrupción desenfrenada; impunidad absoluta; la primacía del beneficio particular sobre el bien colectivo; la renuncia de responsabilidades sectoriales; un marcado y continuo incremento en la censura y autoexclusión de fracciones de la Sociedad Civil en la discusión de los grandes temas nacionales y, por último, la abstención electoral de crecientes sectores populares, en particular de las nuevas generaciones, que han estado huérfanas de modelos de comportamiento social que merezcan ser emulados y no se sienten convocados, ni representados por las colectividades políticas tradicionales. Pero, ¿qué hacer?

En vez de quejarse por el estado de situación y lamentarse porque nadie hizo nada por prevenirlo, es importante que los ciudadanos, de acuerdo a sus capacidades y posibilidades, asuman sus responsabilidades.

El que calló y dejó que el tribalismo sectario de las mayorías gobernantes—a través del empleo del transfuguismo, el clientelismo y el asistencialismo, así como la descalificación, el insulto y la vejación de los derechos de las minorías—arbitrariamente impusiera su punto de vista y eliminara todo reducto de disensión para, poco a poco, institucionalizarse en el poder, tiene que romper el silencio. El que miró al costado mientras otros eran vejados, tiene que decir presente. Aquél que prefirió resolver su problema sin preocuparse qué le sucedería al resto de la sociedad, tiene que ser más solidario. El que se abstuvo de votar, tiene que dejar de renunciar a sus derechos. Los que no encuentran una alternativa entre los partidos políticos, tienen que forjar nuevas alternativas electorales.

Y, ¿por qué algo que parece tan simple nos cuesta tanto trabajo entenderlo? Porque, desgraciadamente, muchos de nuestros conciudadanos entienden que la democracia es algo que no necesita cuido, ni mucho menos defensa y, como dan por sentado que, como el aire, siempre estará presente, es algo que no valoran hasta que les hace falta. Si trabajo nos da entender la importancia de las instituciones democráticas para nuestras sociedades más difícil se nos hace tener la voluntad de querer hacer algo para efectuar cambios que detengan su deterioro y debilitamiento. ¿Por qué? Porque es más fácil que otro pase el trabajo. Pero, entonces, ¿qué hacer?

A través de la historia los grandes movimientos sociales empezaron con la visión de una persona y la dedicación y trabajo de un puñado de seguidores. Por ello, lo que hace falta es que cada uno de los ciudadanos de las sociedades amenazadas asuma su responsabilidad empezando por reconocer qué rol les corresponde y, a partir de ello, pongan manos a la obra. Uno a uno, como se cuentan los votos. Y, uno a uno, en la medida en que acometan su proyecto con seriedad y dedicación se estará fortaleciendo la participación democrática en el proceso de evitar que las libertades y derechos ciudadanos sean secuestrados por la creciente autocracia presidencial que se propaga por América Latina y, gracias a ello, podrán dejar atrás de preguntarse ¿qué hacer?