SANTO DOMINGO—El pueblo griego es hoy, más que nunca, el arquetipo de una tragedia. La condición en que se encuentra ni es casual ni mucho menos, como en los casos de Haití y de Chile, resulta de un acto de la naturaleza. Tampoco está sólo. España, Portugal, Bélgica, entre otros, están en la lista de países bajo observación por el elevado grado de endeudamiento público y fragilidad estructural de sus economías. Como resultado, el euro cada día se acerca más al dólar—moneda emblemática de otra economía en decadencia, la de los Estados Unidos de América—y la Unión Europea está amenazada de muerte. Pero lo que más amenazado está no es el esquema económico de éstos países, sino el propio ordenamiento social, en efecto, las democracias y las libertades y derechos que éstas nos garantizan.

La situación de todos estos países es producto de tres factores: un discurso público, entretejido por políticos más interesados en perpetuarse en el poder o de aprovechar coimas que en administrar con sobriedad los recursos y destinos del país; una sociedad con sus valores quebrantados que llegó a creerse la invencibilidad institucional que el mismo pueblo aceptaba como una realidad mitológica y unos mercados de capitales dispuestos a mirar al costado para completar las transacciones y cobrar su comisiones. Esa trama, en la que todos los protagonistas han exhibido una conducta hedonista y narcisista consistente con un egoísta apego a una malversa filosofía de vida que reza—me lo merezco, disfrutemos hoy y mañana ya veremos—es responsable por este debacle.

En uno tras otro, tras otro de los casos las sociedades han preferido no mirarse al espejo para, como Dorian Gray, no enfrentar la cruda realidad. De igual forma, en cada una de esas sociedades, aún cuando en casos como el de la reforma sanitaria de los Estados Unidos de América dónde más de un sesenta por ciento de la población estaba en contra, la clase política dominante impuso arbitrariamente su punto de vista por sobre los del pueblo.

América Latina tampoco está exenta de este mal. En la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, pretende usar las reservas del Banco Central para cubrir las deficiencias fiscales de su administración. En Venezuela, Hugo Chávez Frías, ha dilapidado las riquezas petroleras del país para financiar proyectos fuera de la patria de Bolívar en sustento de su protagonismo como líder hemisférico. Pero el mal no se limita a países grandes, en países pequeños también los gobernantes obvian las prioridades del pueblo para favorecer mega proyectos de dimensiones faraónicas cuyos presupuestos y financiación son objeto del más estricto secreto de Estado.

En todos los casos las acciones del oficialismo han ocurrido no en un sistema autocrático, sino en un sistema democrático por lo que cabe que nos preguntemos ¿es ese el tipo de democracia que debemos aceptar? ¿Una democracia secuestrada por un oficialismo arbitrario encabezado por un presidente absoluto? No creo que esa sea la definición de democracia que originaron los griegos, ni mucho menos la que tanta sangre y sacrificios ha costado defender a través de la historia. Pero lo más grave es que, con raras excepciones, los pueblos han permanecidos atomizados permitiendo que sus derechos sean pisoteados, que la institucionalidad sea vulnerada y que las constituciones que rigen sus sociedades sean obviadas.

Mientras tanto, país tras país sigue en una desenfrenada espiral destructiva que habrá de tener consecuencias graves para muchos pueblos por los años de los años, condenando a generaciones futuras a pagar por los pecados de la clase gobernante de hoy y por la pasividad y falta de movilización de las fuerzas vivas de sociedades que no habían sido consultadas sobre las decisiones que han comprometido el futuro de estos países, ni tampoco levantaron su voz, ni ejercieron sus derechos constitucionales para pararles—en muchos casos porque no se sintieron amenazados, ni afectados personalmente y, por ende, optaron por mirar al costado.

Más serio, sin embargo, resulta el hecho de que todos analizan esta situación desde la óptica financiera cuando en realidad lo que más se ha desgastado son las libertades y derechos de nuestro ordenamiento como sociedades democráticas. Las deudas, tarde o temprano serán condonadas o saldadas. ¿Pero quién va a salvar nuestras democracias? Nadie, y menos si todos pensamos que aquello que no nos afecta—algo que en el caso del endeudamiento soberano es una ilusión óptica, pues a la postre todos pagamos las arbitrariedades y los malos manejos administrativos de estos gobiernos—es algo que nos importa un bledo. Esa dejadez, precisamente, es la bacteria más dañina que puede afectar el cuerpo político de nuestros pueblos. Y, para ella, no parece que tengamos un antídoto. Por ello, el futuro de las democracias luce menos halagador que el de la tragedia que hoy sufre el pueblo griego.