May 2010

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LLegó la hora de la Rebelión contra el Régimen de los Contadores

Posted by Rissig Licha on 30 May 2010 | Tagged as: Blogs

SANTO DOMINGO—El bienestar material que promueve el capitalismo—tanto el que existe en aquéllos países con economías de mercado, como el que impera en los otros en los que la conducción económica está bajo el control absoluto del estado—nada tienen que ver con la felicidad personal, ni con la calidad de vida de los pueblos, ni mucho menos con el disfrute de las libertades individuales en nuestras sociedades.

En unos pueblos como en los otros pueblos la discusión pública está dominada por el imperio de los contables—tanto aquéllos que suman y restan como los que cuentan a su manera el resultado de las cuentas con tal de tener el control de la cuenta de cheques del pueblo para hacer y deshacer con ella antes de que éste se dé cuenta.

Contamos los altibajos del Producto Interno Bruto, el número de empleos, el nivel de paro, la cuantía de la deuda soberana, los kilómetros de carreteras asfaltadas, las líneas de metros urbanos y hasta el número de teléfonos celulares por habitante. Esas son las cuentas cotidianas en las que basamos el progreso; aquellas que aplaudimos como logros o lamentamos como decepciones; las mismas que los que ostentan el poder manejan a su antojo.

Si nos limitamos a leer la Prensa—tanto la oficial como la colaboracionista—sólo podemos deducir por su contenido que lo que verdaderamente importa es el crecimiento. Pero, obviamos, por costumbre, antipatía o indolencia reflexionar si aquello que estamos leyendo es, en realidad, lo que nos debe importar. Y, más importante aún, ¿de qué y para qué?, nos sirve ese crecimiento si vivimos en pueblos en los que la felicidad es un espejismo, en los que cada día existen menos condiciones que solventen la calidad de vida y en los que las arbitrariedades de los grupúsculos gobernantes sofocan las libertades individuales y el pluralismo.

El problema es que en todas nuestras sociedades—no importa el tipo de ordenamiento social que tengan—los valores se encuentran invertidos; obviamos la esencia de lo que verdaderamente importa para fijar la atención en aquello que concierne a la macroeconomía. Hemos creado las condiciones para hablar, hasta la saciedad, sobre el nivel de vida de un pueblo obviando otros indicadores—el derecho a la vida, la salud, la educación, al pensamiento libre, a la igualdad, al trabajo justo y a la solidaridad—que son los que, a la postre, determinan en qué condiciones vive un pueblo.

Todos tenemos una visión cortoplacista—quizás condicionada por las fuerzas del mercado—de ver poco más allá de lo que tenemos frente a nuestras narices. Tan es así que podemos definir nuestras sociedades en términos oftalmológicos pues padecemos, en casi todas ellas, de una miopía colectiva. No podemos enfocar bien lo que está a la distancia.

Si endeudamos el futuro de nuestra sociedad—como ha sido el caso de Grecia, España, Venezuela, Estados Unidos de América y casi todos los demás países del orbe—no importa, pues es más elemental creernos la ficción de que seguimos siendo prósperos y, si no, solidarios. Y quizás, si tenemos suerte, al llegar al mañana el Alzeheimer nos hará inmune a tener que barajar en nuestra consciencia colectiva tres preguntas fundamentales: ¿Por qué fuimos tan ilusos? ¿Por qué fuimos tan irresponsables? ¿Por qué no enfocamos nuestra atención en resolver los problemas básicos de nuestros pueblos?

En el fondo, el problema surge del hecho de que en nuestras sociedades se han creado dos clases—la del poder gobernante, tanto político como fáctico que vive envuelta en la discusión retórica de los avances macroeconómicos y la del aguante, representada por el resto del pueblo, mucho de los cuales viven en la macro miseria. Los de arriba gozan todas las dádivas del poder, y a los de abajo, al carajo.

Esa distinción, entre unos y otros, es la que abre una brecha cada día mayor que dificulta la convivencia civil en nuestras sociedades. El ciudadano de a pie se siente huérfano, frustrado porque no hay quien represente sus intereses, situación que le aparta de ejercer su derecho al voto, con ello socavando la legitimación de gobiernos electos con el voto de minorías producto del clientelismo, el transfuguismo y el asistencialismo que, una vez en el poder, encuentran problemas de gobernabilidad porque no reflejan ni las aspiraciones ni las prioridades del pueblo.

En vez de ir en busca de la utopía de Tomás Moro estamos creando sociedades de mayor conflicto y confrontación en vez de sociedades de mayor convivencia y consenso y, en la medida en que conscientemente no hagamos los ajustes de rigor vamos camino de un férreo totalitarismo. En muchos países ya llegamos a la distopía que nos plasmó George Orwell en La Rebelión en la Granja. ¿Es esa la sociedad a la que aspiramos? Yo me niego a aceptarlo. Llegó la hora de La Rebelión contra el Régimen de los Contadores.

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