¡Por Dios, Haití no necesita caridad, ni reconstrucción; necesita ayuda y recomposición!
Posted by Rissig Licha on 17 Jan 2010 at 10:13 am | Tagged as: Blogs
MIAMI—No se ha enterrado a los miles de cadáveres. No llega todavía toda la ayuda que hace falta y aquella que ha llegado no ha tocado a aquéllos que tiene que alcanzar. Ni siquiera se está próximo a establecer un facsímil de autoridad que pueda asumir las funciones de la administración de lo público en este estado fallido convertido en campo de concentración tras el holocausto de Puerto Príncipe. Pero ya se puede detectar la entonación de cuál es el plan que habrá de emerger de parte de la comunidad internacional para atender el problema haitiano: caridad a corto plazo, reconstrucción a futuro.
El idioma de la comunidad de países con expresa voluntad de intervenir en el problema haitiano es algo que aflora preocupación pues está enraizado en la misma retórica tradicional responsable, en gran medida, de que Haití fuera un fracasado miembro de la colectividad de naciones. Por ello, el uso de las palabras caridad y reconstrucción no sólo dan pausa sino que provocan escalofríos pues ya formaron parte de la misma receta que, en gran medida, produjo el entorno institucional incapaz de crear las condiciones que sirvieran para que el pueblo haitiano solventara mejor la tragedia del 12E.
Caridad. Definir lo que hay que hacer en Haití hoy como caridad es, en el mejor de los casos, insultante y plantea la proverbial aplicación de un paliativo coyuntural más para llenar el expediente de solidaridad. Es similar a la empresa que cumple con su responsabilidad social corporativa con la firma de un cheque como donativo a una causa, algo que resulta altamente impersonal y que, por lo general, satisface más al donante que al receptor de esa magnánima acción. Por ello, hablar de caridad es hablar de una acción que ni hará mella, ni será efectiva, ni tampoco pondrá fin a la endémica fragilidad institucional del país más pobre del hemisferio en el que el cincuenta por ciento de la población carecía de ingresos y el ochenta por ciento vivía en extrema pobreza antes del destructor seísmo.
Reconstrucción. Llamar a reconstruir algo que ya estaba roto es como echar agua en un cántaro sin fondo—perder el tiempo, el dinero y la intención. En un país carente de la reglamentación e institucionalidad administrativa, ni la voluntad político gerencial de hacer cumplir códigos que rigen la zonificación y construcción de edificaciones— aún cuando un estudio internacional de reciente data reveló que más de un sesenta por ciento del total de las construcciones en Puerto Príncipe no cumplía con las condiciones básicas que establecían las normas—por la cual no existían las condiciones para enfrentar un acto de la naturaleza como el que sucedió no pareciera que lo que necesita es una reconstrucción.
Y si con el uso de la palabra reconstrucción de lo que se habla es de la restauración de un Estado de derecho en el que impere la Ley y el Orden entonces sí que verdaderamente se está alucinando pues el ordenamiento social de Haití antes del 12E era en el mejor de los casos ineficiente y corrupto. Volver a empezar con las mismas fichas del pasado juego sobre el nuevo tablero que se pretende establecer a futuro sería equivalente a entregarle el gallinero a la zorra. El futuro de Haití no puede estar basado en los clanes políticos de un pasado en el que tanto los Duvalier como luego lo hicieran el lobo vestido de Caperucita de Aristide y todos los demás bravucones de turno que ocuparon el Palacio Presidencial en Pétionville. Por ello, nadie debiera pensar en el retorno de Aristide, ni mucho menos de Duvalier. Eso sería mirar al futuro a través de un espejo retrovisor.
En vez de caridad, Haití necesita ayuda. Ayuda para crear una nueva Sociedad Civil. Ayuda para fundar instituciones que establezcan los balances y contrapesos necesarios para que existan condiciones de libertad, justicia, igualdad y posibilidades de movilidad social. Ayuda para educar a una nueva generación de haitianos en los conceptos básicos de la convivencia social, del desarrollo humano y del desarrollo económico para el beneficio, tanto individual como colectivo, que será el que en definitiva habrá de sacar al país de la extrema pobreza.
Y, en vez de reconstrucción lo que Haití necesita es la destrucción, de una vez por todas, de un sistema político aprovechado por los poderes fácticos para saquear las arcas nacionales y robarse la ayuda internacional que si bien no es toda la que necesita ha sido cuantiosa y no existen hoy muchas pruebas de que fuera bien empleada. Por consiguiente, más que la reconstrucción de su entorno sociopolítico Haití necesita de una recomposición total, de arriba a abajo, de todo el Estado.
El camino futuro de Haití no es fácil, es azaroso. Primero, porque son más los bucaneros acostumbrados al usufructo particular de los bienes nacionales que los ciudadanos conscientes de que el camino de Haití no pasa por la ruta de la reconstrucción. Segundo, porque la comunidad internacional en éste, como en muchos otros casos, busca la solución Alka-Seltzer y en Haití no hay una rápida solución para el malestar que aqueja al cuerpo político de ese atribulado país. Pero aplicarle una dosis de caridad y una inyección de reconstrucción a un paciente en el extremo grado de gravedad en que se encuentra la tierra de Dessalines sería condenarlo a la muerte, lenta pero segura. ¿Es eso lo que quiere la comunidad internacional? Pensar que sí sería demasiado perverso. Por ello, hay que decirle no a la caridad, no a la reconstrucción y sí a la ayuda y a la recomposición.
‘OGJRKBJHUBTEAÑ