MIAMI—Diez mil. Treinta mil. Cincuenta mil. Cien mil. Ciento cuarenta mil. Doscientos mil. No, no es una puja por un cuadro de Picasso, se trata de algo más dantescamente surrealista: la revisión de las cifras de aquéllos que se estima han muerto en el terremoto de Puerto Príncipe. ¿Cuál será la cifra final? A juzgar por las condiciones en que se encuentra el resto de la población—sin agua, sin luz, sin albergue, sin hospitales, sin gobierno, carente de instituciones que velen por el funcionamiento cotidiano de la sociedad, con poca comida, escasos medicamentos, casi ningún combustible, insuficientes cooperantes y con serias amenazas epidémicas—es difícil de predecir cuándo terminará este purgatorio.

Lo que sí es seguro es que el número de muertos seguirá cambiando la macabra estadística que habrá de estar indeleblemente atada al terremoto que sumió a éste estado fallido en un paria cuya bandera ondea a cielo raso para servir de emblema de la barbarie, la desesperación humana y la indiferencia y el abandono de sus coterráneos. Si los españoles tuvieron su Guernica, los haitianos ahora tienen su Puerto Príncipe, equivalente en escenas deshumanizantes pero lejano en magnitud.

Una vez se socorre a los millones que requieren asistencia quedará por delante la titánica labor de crear un país de la nada—algo así como el mundo que uno crea en Facebook pero con un costo que ni siquiera vale la pena estimarlo en medio de la situación crítica por la que atraviesan los haitianos. Por endem, Haití hoy no tiene otra salida que procurar su adopción como un huérfano desamparado. ¿Quién habrá de ampararlo?

Si le preguntan al Comandante Hugo Chávez Frías la respuesta será una. Telesur, la cadena de noticias que sirve de fotuto propagandístico del chavismo ya sentenció la llegada de las tropas de los Estados Unidos de América como una ocupación estratégica para adelantar sus objetivos expansionistas en América Latina. Si así fuera, sería la movida estratégica más cara en la historia del imperialismo yanqui. ¿Por qué?

En las últimas dos décadas el gobierno norteamericano ha enviado a Haití tres mil millones de dólares en ayuda. Y, ¿dónde han ido a parar esos dólares? El destino de los dineros ha tomado dos rutas: la primera, a un asistencialismo que lo único que ha hecho es crear una permanente dependencia y, la segunda, a los bolsillos de la pandilla de políticos corruptos que han ocupado el Palacio Presidencial, hoy en ruinas. Por ello, aún cuando el pueblo norteamericano siempre se ha caracterizado por su solidaridad es justo que su participación en la construcción de una nación en Haití va a ser seriamente cuestionada en momentos en que no existen menores retos domésticos para muchos ciudadanos estadounidenses.

Por otro lado, además de los costos de mantener a una población de nueve millones de habitantes, se tiene que crear una infraestructura de servicios que solvente la instauración de una economía sostenible a los que habría que sumarle los costos de gobernar un país que no tiene gobierno ni instituciones. Por consiguiente, los costos son verdaderamente astronómicos e incosteables por un solo país.

Esa realidad va a requerir de un esfuerzo multinacional a ser administrado por una supra burocracia en una especie de protectorado político en lo que surgen las condiciones necesarias para entregarle el poder a una nueva generación de haitianos que hayan sido educados para evitar los excesos y desmanes de otros de sus compatriotas que le habrían sucedido en la administración pública del país caribeño.

En ese esquema es innegable que los Estados Unidos de América tienen un rol protagónico que jugar. Pero, por la magnitud del esfuerzo y lo que está en juego, no lo puede hacer a solas. La Comunidad Europea y las principales naciones asiáticas y de América Latina también tienen que decir presente. Y, no menos importante va a ser el papel que juegue el vecino inmediato del país que ocupa la franja occidental de La Española–la República Dominicana

El liderato político de la República Dominicana, un país que tiene el mismo número de habitantes que su vecino pero que tiene una larga historia de conflictos con el país del cual logró su independencia, va a tener que ponerse las pilas para evitar lo que por años ha sido un secreto a voces sobre la intención de los norteamericanos y los europeos de unificar las dos naciones y crear un cordón sanitario en la ínsula caribeña que permita controlar, por no decir eliminar, la migración ilegal de isleños.

Por ello, quizás el país que más tiene que perder, o al mismo tiempo, ganar del desastre de Puerto Príncipe lo es la República Dominicana. Y, dependiendo de cómo lo maneje, dependerá también el futuro de la nación dominicana pues, gústele o no, éste está inexorablemente ligado al de Haití como la suerte de mellizos siameses que comparten varios órganos vitales. El presidente Leonel Fernández Reyna parece haber reconocido esa urgente necesidad de interactuar con los grandes poderes que han venido al rescate dle Haití. En los últimos días efectivos dominicanos han acudido, si bien en gran medida para evitar una oleada de refugiados, al socorro de Haití.

El problema es que todavía falta mucho por hacer y República Dominicana tendrá que ser utilizada como plataforma de la labor de rescate internacional del pueblo haitiano, algo que va a sobrecargar las institcuiones dominicana que, si bien son superiores a las de su todavía muestran una fragilidad que puede sobrepasar su capacidad. Por ello, la República Dominicana tiene que balancear su participación pero lo que no puede es obviar su responsabildiad.