MIAMI—El protagonismo y cacareo sobre las acciones de socorro del pueblo haitiano que proviene de parte de muchos que ayer ni siquiera miraban a Haití como un país meritorio de su atención pone al descubierto la hipócrita reacción de muchos, el malsano histrionismo de otros y el craso oportunismo de todos los que así se actúan que, en resumen, sólo sirven para presentar un cuadro hiperrealista sobre el uso y la manipulación de un modelo de solidaridad al servicio de intereses particulares que lo único que hace es poner de manifiesto el peor comportamiento humano. Mientras tanto, la tragedia humana de Puerto Príncipe sigue conmoviendo, como debe ser, el psiquis de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

No es que esté en contra de la ayuda. No, todo lo contrario. La ayuda es más que necesaria. Los muertos ya están siendo estimados entre treinta y cincuenta mil—estadísticas que estremecen la sensibilidad con igual fuerza que el terremoto que azotó la isla de la Española—máximo cuando muchos de ellos todavía están pillados entre los escombros y otros expuestos a la intemperie en diversos estados de descomposición. Los heridos deambulan por las calles en busca de ayuda médica que, en la mayoría de casos, no llega a tiempo y cuando llega, llega a medias. El setenta por ciento de las edificaciones de la capital haitiana hoy son ruinas. Los servicios básicos no existen. La comida es insuficiente. El Estado colapsó. No hay Ley, ni mucho menos Orden. El anárquico arrabal que existe sólo servirá para poner a prueba la paciencia y el temperamento de aquéllos que acuden al llamado de socorro.

A la hora de la necesidad, en el momento en que los haitianos necesitan una urgente respuesta a su situación además de los buitres oportunistas provenientes de diversos puntos del planeta también brotan las espinas del mismo árbol—los oportunistas haitianos que sólo ven en la tragedia nacional una coyuntura para avanzar su causa. Ese es el caso de Jean Bertrand Aristide el ex sacerdote católico y depuesto presidente acusado de eliminar opositores políticos y limpiar las arcas, igual que hicieran en otras épocas los Duvalier, del Palacio Presidencial—una réplica del Petit Palais de Versalles— en el barrio de Pétionville.

Aristide no ha tenido mejor idea que anunciar, desde su exilio en África del Sur, que está dispuesto a regresar a Puerto Príncipe para ayudar al pueblo haitiano. ¿Ayudarlo a qué? A recordar su nefasto paso por la presidencia. A crear mayor discordia en un pueblo que hoy yace mortalmente herido, tanto corporalmente como institucionalmente, y lo menos que necesita es una división más. Aristide no suma, resta. Como también restan todos los que usan de plataforma, para que el mundo hable de su bondad, la trágica suerte del pueblo haitiano. Ayudemos sí, pero no para que nos lo reconozcan. Ayudemos porque esa es la única respuesta cristiana a esta gran malaventura. Ayudemos porque eso es lo que reclama nuestra consciencia. Todo lo demás, está demás.