SANTO DOMINGO—Los resultados electorales de las elecciones presidenciales en Chile han puesto de manifiesto dos problemas fundamentales de la Concertación (C): 1) una miopía que le dificulta hacer una clara lectura de la realidad nacional, tanto en lo sociopolítico, como en lo electoral y 2) un peor oído para escuchar el claro mensaje que le envío el electorado el domingo pasado. Y en política, cuando se combina la ceguera de un oficialismo que se cree con el derecho de perpetuarse en el poder con la sordera de un liderato incapaz de reconocer que no son los dueños absolutos de la verdad, la combinación resultante suele servir de clarín para anunciar el fin del continuismo en el poder y la llegada de una nueva etapa política en el país.

Los problemas que hoy vive la Concertación son problemas congénitos desde sus comienzos toda vez que la amplia coalición de partidos democráticos que la crearon tenía, en aquél entonces, algo que hoy no tiene: una causa común. En el 1988 el derrocamiento de la dictadura militar de Augusto Pinochet era la raison d’être de una amplia coalición de partidos democráticos que, como grupo ya hoy llevan más tiempo en La Moneda que el que pasó el golpista general pero hoy ese propósito es sólo un hito más, si bien importante y consecuente, en la historia de Chile.

A esa afección congénita que no sólo era obvia desde un comienzo, sino que con el correr del tiempo se hacía insostenible, hay que sumarle la incapacidad del liderato del gran aparato concertacionista para reconocer la transfiguración de un electorado en el que hay que destacar la no menor presencia de una nueva generación de chilenos que ha llegado a su madurez electoral en democracia y, por consiguiente, no tiene como referente político a Pinochet y, además, adhiriéndose a los principios democráticos no ve como malo la alternancia en el Poder y la búsqueda de nuevas ideas y propuestas que revitalicen al país en un mundo cada vez más competitivo.

Los resultados electorales de la primera vuelta elocuentemente apuntan al hecho de que el 65 por ciento del país—los votos del triunfador Sebastián Piñera de Renovación Nacional que obtuvo más del 44 por ciento del total y los del ex concertacionista Marcos Enríquez Ominami cuya candidatura bajo la Nueva Mayoría para Chile (NMC) sacó más de 20 por ciento—votó por un cambio.

Es evidente que el país reclama un cambio y ese cambio el electorado no lo visualiza en su ideario popular a través de la candidatura del ex presidente Eduardo Frei, una cara del pasado quien a lo largo de su campaña buscó la suma más viable en otra época que en ésta de históricas figuras de la Concertación, entre éstas, Patricio Alwyn, Ricardo Lagos y la del actual secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, quien sin ningún empacho hizo campaña partidaria activa a favor del candidato oficialista. Ni siquiera la popular presidenta Michelle Bachelet, que goza de cerca de un 80 por ciento de aceptación, pudo rescatar el proyecto electoral de Frei.

¿Por qué no ha funcionado la estrategia de la Concertación? Primero, porque desde un principio la candidatura de Frei fue una candidatura impuesta que no permitió desafío hacia lo interno de la Concertación como Enríquez Ominami había solicitado antes de salir de la coalición. Segundo, porque el discurso público del candidato que en su inicio lucía desconcertado al final de la contiende parecía ser el del muñeco de un ventrílocuo articulando posiciones que ya había enunciado ME-O—como identifican los diarios chilenos al insurgente candidato de la NMC. Tercero, porque es difícil, y hasta imposible, como lo demuestran los resultados empaquetar a un “histórico” líder de la Concentración como un agente de cambio.

Pero si la Concertación falló en la primera vuelta parece encaminada al fracaso en segunda vuelta pues sus estrategas piensan que la solución es polarizar la próxima etapa, la del ballotage, en la que se decide la presidencia tal y como fue en su primera participación en el 1988. Para ello están recurriendo a una estrategia que consta de cuatro ejes.

Primero, están tratando de pintar a Piñera como un descendiente directo de la tradición golpista que llevó al poder a Pinochet. Un voto por Piñera, según un no tan codificado discurso, es casi lo mismo que votar por Pinochet. El problema con esa estratagema es que Piñera activamente participó en contra de la permanencia del general en el Poder luchando desde las trincheras de la misma Concertación.

Segundo, a diario le imploran a los que votaron por ME-O que se unan a la gran coalición de fuerzas progresistas para parar a la derecha. Este esquema demuestra la testarudez del equipo de Frei que no acaba de entender dos cosas: 1) que los votos por un candidato no son automáticamente transferibles como un solo bloque y, mucho menos, cuando ya ME-O indicó que no tiene ni la inclinación, ni la facultad para hacer endosar los votos que recibiera y 2) Frei es, de todos los posibles presidenciables que tenía la Concertación, el más de derechas pues proviene de la Democracia Socialcristiana. Además, los votos de ME-O salieron no sólo de la Concertación sino de los miles de realengos que no se ven representados por las posturas políticas tradicionales.

Tercero, tratan de aprovechar la pobre valoración que tiene el empresariado en toda la región—en la que es rechazado por el 58 por de la población—al plantear que un voto por Piñera, un multimillonario inversionista, es un voto por el empresariado. ¿Acaso un empresario no puede llegar a ser un buen presidente? O, es ¿que los cargos públicos sólo pueden ser para aquéllos que sólo hacen política? Si no entienden por qué el continuismo fue rechazado por los electores no van a entender por qué atrae mucho un candidato nuevo independientemente que éste sea empresario.

El cuarto eje de la estrategia oficialista es el más curioso de todos pues los mismos que rechazaron una primaria interna entre Frei ahora hacen declaraciones a favor de “mecanismos de participación ciudadana como las primarias para la designación de candidaturas” y se manifiestan a favor de primarias obligatorias, asumiendo la postura de ME-O que si la hubieran acogido meses atrás quizás no hubieran recibido tan ruda sorpresa en la primera ronda.

No es Frei, sin embargo, el único que quiere parecerse más a ME-O, Piñera también. Tres propuestas de ME-O—el financiamiento para las pequeñas y medianas empresas, mayores royalties para las mineras y alivios contributivos para los individuos—están siendo reflotadas en el comando de campaña del candidato que resultara vencedor en la primera vuelta. A diferencia de Frei, que ya pasó por La Moneda, las propuestas de cambio de Piñera tienen, por lla propia definición de su candidatura, más credibilidad en el electorado.

Lo que queda diáfanamente claro es que en la segunda vuelta va a triunfar aquél que logre capturar en la imaginación del electorado que él y no el otro es el mejor agente para un cambio como el que el pueblo chileno persigue, uno basado en una revitalización en la economía que permita al país volver a ser líder en la región y un redimensionamiento del aparato público que permita un importante repunte en la creación de empleos, así como en el fortalecimiento de los programas sociales que sirven para ensanchar las posibilidades de movilidad social de la población. Por lo demás, queda claro que si bien Piñera ganó la primera vuelta y luce con buenas posibilidades de repetir en segunda vuelta y Frei carga con todos los esqueletos de una coalición que ha estado en el poder por más de dos décadas, ME-O salió como la nueva figura a considerar en el panorama futuro de Chile y, para poder proteger ese espacio, no puede endosar a ninguno de los otros dos porque ello sería volver al pasado y actuar en conformidad con aquello que el propio candidato tronó durante la campaña: las componendas de cuartos oscuros.

Por consiguiente, tal y como le llegó el fin a la dictadura a manos de la Concertación a ésta parece haberle llegado su San Martín a manos de la más preciada fundación de una democracia, la alternancia institucional a través de la expresión de un pueblo que en pleno disfrute de sus derechos individuales ejerce su voto por el cambio y la opción que más se ajusta a sus reclamos y expectativas. Y en esa ecuación no pierde nadie, pues perdura la volutad popular expresada soberanamente por sobre los intereses particulares de unos partidos que es el resultado que debe ser pero, desgraciadamente, no como acostumbra ser en muchos de los países latinoamericanos. Por ende, no es momento para un mea culpa, ni tampoco para echarle la culpa a ME-O, sino para que la coalición que reinstauró la democracia honre esa gesta a través del respeto a la alternancia y al pluralismo partidario.