Modelos de temporada de la colección de estados fallidos latinoamericanos
Posted by Rissig Licha on 14 Dec 2009 at 11:51 am | Tagged as: Blogs
MIAMI—La pasarela política latinoamericana nos presenta los nuevos modelos de temporada. Los sastres nos han presentado de todo: cortes de izquierda progresista, estilos de sombreros de alas derechas, bandas variopintas de caída tradicional, pliegues fruncidos en anárquicas variaciones rojinegras, cinturas ajustadas con cintos autocráticos, sayas con liberales repliegues evocativos de otras eras. Esas han sido algunas de las características principales del gran desfile político partidista que han acaparado la atención de los electores en las principales capitales de la moda hemisférica que, a decir verdad, presenta la colección más ecléctica y poco uniforme en décadas. Si los cortes son variados, más heterogéneos son los modelos.
En Honduras en vez de un presidente, tenemos tres—el de facto, encarnado por el saliente Roberto Micheletti; el de paso, personificado por Manuel Zelaya, a punto de volver a emprender, si logra un salvoconducto del primero, una gira turística presidencial y el electo, representado por Julio Lobo, próximo a tomar las riendas del Poder. En Uruguay un guerrillero, José Mújica “El Pepe”, sustituye a un galeno, Tabaré Vázquez, mientras que en La Paz, el cocalero Evo Morales se afianza en el Palacio Quemado tras haber incinerado a la oposición camino a la reelección . Y en Chile habrá que esperar al balotaje de enero para saber si Sebastián Piñera rompe el hegemónico control de la Concertación sobre La Moneda y sucede a Michelle Bachelet o si Eduardo Frei logra mantener al oficialismo en el poder.
Pero la tendencia más novedosa—la consciente corrupción desde el Poder de las instituciones democráticas—ha pasado por la pasarela, en algunos casos más disimuladamente que en otros, ante un público que sin mayor asombro y menor reacción ha aceptado la imposición de un nuevo estilo de ordenamiento social en la región: el presidencialismo autoritario, evocativo de otras eras de caudillismo, político o militar, en las que, al menos, los asistentes mostraban mayor grado de interés y reacción a la oferta de temporada.
Esta nueva modalidad, distinta en forma pero no en el fondo al presidencialismo autoritario de las dictaduras militares, ha sido legalizada mediante cambios constitucionales obtenidos a través de tres modalidades: el endoso popular mediante la convocatoria a referéndums electorales, de maniobras congresionales producto del transfuguismo o la abierta compra de votos o cuotas de poder, o por la vía de pactos extra parlamentarios entre partidos que transan beneficios particulares a espaldas del interés nacional.
En una tras otra de las alteraciones que han transfigurado el panorama político en la región el principal objetivo de ésta no es otro que el de enraizar gobiernos autocráticos en los que las libertades individuales y los contrapesos políticos que definen su pluralismo quedan rehenes de un presidencialismo con pocas limitaciones y mayores discrecionalidades. Y a diferencia de los golpes militares o las insurgencias guerrilleras de otras épocas—tanto de derechas como de izquierdas—en esta temporada hemos estado pasando revista a golpes de estado electorales en los que los gestores de las transformaciones en vez de armas asaltan el orden establecido con votos.
La línea que distingue esta peculiaridad política consiste en un discurso público en el que se habla de una mayor democratización de la sociedad dentro de un marco progresista para evitar desembocar en un “estado fallido” pero en realidad lo que estas nuevas propuestas verdaderamente hacen es subvertir el orden establecido a través de una institucionalidad que, en la mayoría de los casos es frágil, para dar paso a la creación de una cuarta categoría de “estado fallido”, aquél que surge de la consciente corrupción por parte del oficialismo de la capacidad del Estado para ejercer su Poder.
Esta novedad altera la línea tradicional que distinguía a los “estados fallidos”, aplicada, por regla general, a países en los que el respeto por la Ley y el Orden han sido resquebrajados como resultado de una de tres condiciones existentes: la ausencia de instituciones que permitan un ordenamiento operativo en el país, la existencia de conflictos armados entre opositores civiles o la corrupción de las estructuras del poder nacional por carteles ilegales. En consecuencia, ahora tenemos cuatro modelos de “estados fallidos”, cada uno con características muy particulares pero todos con ramificaciones nefastas para sociedades que aspiran a un mejor mañana.
El primer modelo icónico de los “fallidos tradicionales” lo es Haití que nunca tuvo la institucionalidad ni las condiciones, como ciertamente no las tiene ahora, para poder articular instituciones democráticas que permitieran activar una estrategia de desarrollo que le permitiera una salida de la extrema pobreza que creando las condiciones para sus ciudadanos tengan la capacidad de poder tener un empleo honroso con qué mantener sus familias y, por consiguiente, evitando la desesperada diáspora de desplazados que se lanzan a la mar en busca de un mejor mañana.
Nicaragua, el país centroamericano que ha tenido botas, tanto de derechas como de izquierdas, dominando la pasarela política de una sociedad polarizada al punto de sumirse en una confrontación entre hermanos al paso de la cual no parece haber creado las condiciones que logren sacarle del marasmo sociopolítico que engendra una constante guerra civil, es de los países que representan el modelo fallido por los efectos de conflagraciones castrenses.
El tercer modelo, resultante de la corrupción del sistema sociopolítico por el avance del narcotráfico y la consiguiente cesión, gradual o absoluta, de la soberanía política a los carteles de la droga es el que, según muchos señalan, carcome las instituciones del ordenamiento social en países como Colombia, México y Guatemala seriamente comprometiendo la capacidad de sus gobiernos para ejercer el Poder.
Pero si bien todos estos modelos deben de llamarnos la atención los que mayor pausa y reflexión deben de suscitarnos son aquéllos que exhiben las modas de la nueva temporada, las de los “estados fallidos de nuevo cuño” y que en algunas capitales se han distinguido por el puño en alto de sus principales exponentes.
¿Por qué esta particular atención a estos particulares estados? Primero, porque son más—Venezuela, Ecuador, Bolivia y República Dominicana. Segundo, porque la subversión del ordenamiento social ha sido a través de las propias instituciones que, al servicio de la democracia, estaban llamadas a fortalecer las libertades individuales, los derechos ciudadanos y los contrapesos sociales establecidos para propiciar un mayor pluralismo y respeto tanto para las mayorías como, más importante aún, las minorías.
En el caso del Comandante Hugo Chávez Frías en Venezuela, que siguiendo la pauta más de Cocó Chanel que de Carolina Herrera ha sido el exportador del modelo más copiado en la región, se logró a través de una nueva constitución—la bolivariana—que sus discípulos, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, ajustaron a las condiciones de sus propias sociedades en las que le integraron ingredientes representativos del pluralismo indígena de sus pueblos. En los tres casos, el de Venezuela, Bolivia y Ecuador el cambio se forjó mediante el empleo de referéndums constitucionales.
En República Dominicana, por su parte, Leonel Fernández Reyna siguió otra ruta para presentar su nuevo modelo. Apartándose de los cortes tradicionales de Óscar de la Renta el imperio político que ha ido hilvanando desde el Palacio Nacional Fernández Reyna ha seguido una estrategia múltiple en la que empleó varias iniciativas para allanar el camino de una constitución que consta de más de trescientos artículos.
Primero, Fernández Reyna creó a través del transfuguismo una línea coalicionista de partidos que hilo a hilo le dieron triunfos electorales posibilitados por la gran manta multicolor que tejió desde el palacio de gobierno y sin la cual nunca hubiera alcanzado la banda presidencial.
La continuación de esa línea se produjo a través de un modelo clientelista, responsable de que miles de afectos de su partido, el Partido de la Liberación Dominicana, así como el de sus aliados pasaran a la nómina del Estado hoy convertida en una gran ubre nacional.
El tercer elemento que empleó en la confección de su nuevo estado contó con dos vertientes: la primera con visos de ninguneo, tanto de los poderes fácticos como de las organizaciones de la Sociedad Civil que algún contrapeso representaban.
La cuarta confección oficialista se basó en un asistencialismo que, entre otras cosas, en esta época navideña habrá de repartir cinco millones de canastas a una población de nueve millones de habitantes para, con ello, ganarse su anuencia.
Por último, aunque no queda claro si fue por viveza partidaria o por diseño fundamental se dedicó a violar el cumplimiento de la Constitución existente en cuanto a la emisión de deuda soberana y el reparto de porcentajes establecidos por Ley para programas sociales esenciales como la educación y salud para dedicar los recursos a mega proyectos de línea faraónica como el Metro de Santo Domingo que ahora entra en su segunda fase y el anunciado tren bala entre Santo Domingo y Santiago.
Ninguno de estos modelos engalana la región ni presagian grandes beneficios para nuestras sociedades pues, precisamente, a través de ellos se está transitando de la paralizadora anarquía de sociedades sin instituciones o con instituciones frágiles a un ordenamiento social basado en los dictámenes producto de la creatividad autocrática basada en un fundamentalismo más asfixiante que el calentamiento global Por eso, esperamos que surjan nuevas creaciones de temporada que proyecten una línea de diseño más libre, pluralista, democrática y, definitivamente, menos totalitaria. ¡Hacen más diseños democráticos y menos designios autoritarios! Por ello, llegó la hora de promover nuevos modelos regionales,sólo fala dar con diseñadores capaces de esas tan necesitadas creaciones.
