MIAMI—Están cayendo como moscas. Cientos de miles de millones de dólares y miles de millas más tarde se les está acabando la gasolina a las candidaturas de muchos presidenciables norteamericanos que, en una época, lucían con verdaderas probabilidades. En el sendero demócrata cayó John Edwards. En el republicano, Rudy Giuliani. El discurso público de ambos o estuvo a destiempo o no fue lo suficientemente convincente paran ser endosados por el electorado de cinco estados—Iowa, Nueva Hampshire, Michigan, Carolina del Sur y Florida—que, con la excepción del último representan solo una ínfima parte del electorado nacional. Hoy quedan virtualmente dos por cada partido con posibilidades. Hillary Clinton y Barack Obama por los demócratas y John McCain y Mitt Romney por los republicanos.

El martes se disputan la preferencia de los electores de 23 estados, entre éstos, el de mayor población, California. Y, quizás, a partir de la próxima semana se perfile ya quiénes serán los virtuales candidatos de cada partido, lo cual sería una pena. ¿Por qué? Por las mismas razones que se esgrimen a lo largo y ancho de este hemisferio. Porque a nueve meses de la contienda electoral ya estaría echada la suerte sobre quién la disputa, demasiado tiempo para deteriorarse no sólo la retórica sino el ánimo de un pueblo hastiado de tanto proselitismo burdo, sin ideas, carente de propuestas reales y basado solamente en la personalidad de los candidatos. Algo más digno para un entorno farandulero que para uno en el que se deciden los destinos de una nación.

No favorezco la limitación de las campañas electorales. Ni aquí ni en ninguna otra parte. Lo que sí favorezco es que exista un mayor autocontrol y prudencia—algo un tanto difícil en el estamento político actual—en cuándo y de qué manera se emprende un esfuerzo de proselitismo. En vez de gastar indiscriminadamente en publicidad y propaganda vacua, sin mensaje, sin propuestas se debe invertir los tiempos y los recursos en fortalecer la visión país, la propuesta de la colectividad y el programa de gobierno dirigido a resolver los problemas y aprovechas las oportunidades de los pueblos. Si los partidos hicieran esto, tanto aquí, como allá, como más allá, amén de fortalecerse se vacunarían contra el creciente virus de la indiferencia del electorado que no solo le afecta su poder de convocatoria, sino que socaban los zócalos mismos de, democracias, tanto las maduras como las incipientes.

No necesitamos más politiquería, ni insultos, ni vejámenes partidistas. Lo que necesitamos son más discusiones políticas basadas en los fundamentos de cómo, de qué manera y con qué propuestas van los partidos a enfrentarse a la gran agenda nacional. Lo demás, es pura retórica que, a la postre, lo único que hace es desvirtuar nuestras democracias. Ante esto, nosotros, todos, como electores tenemos que exigirles más a los políticos, exigirle más a los partidos. No hacerlo sería claudicar nuestra libertad de expresión y nuestra participación en lo que fundamenta nuestro ordenamiento social: la democracia. Por consiguiente, es a través de nuestra presencia, involucramiento y activa participación como único podemos garantizar nuestros derechos democráticos. La alternativa sería un suicidio en masa, como el que perpetró Jim Jones en la Guyana. Por eso, yo no tomo ese Kool-Aid y si usted atesora y quiere fortalecer las instituciones democráticas de nuestro pueblo debe de abstenerse de su consumo.