Un país al rojo vivo frente a un pueblo daltónico
Posted by Rissig Licha on 26 Mar 2007 at 11:10 am | Tagged as: Perspectiva
CARACAS—La última vez que aterricé en Maiquetía se respiraba una euforia colectiva de que, por fin, se le estaba poniendo coto a la corrupción que había caracterizado, sin discriminación alguna a gobiernos, tanto aquellos regenteados por los adecos, de la Democracia Social, como los otros encabezados por los copeyanos, de la Democracia Cristiana. Finalmente, el petróleo, la principal fuente de riqueza nacional, se iba a usar para combatir la pobreza y no para pagarle excesos consumistas de burócratas de tercera que en viaje por el extranjero ingerían huevas de caviar ruso aún cuando millones de sus conciudadanos apenas le alcanzaba para comprar los huevos de gallinas criollas.
En sus primeros días de gobierno el ex golpista, Hugo Chávez, cultivaba la opinión pública con sus ataques a la clase política que, cuarenta años antes había luchado por la eliminación de la dictadura militar de Pérez Jiménez. Esa clase política que, utilizando la riqueza petrolera, logró alcanzar el mayor ingreso per capita de América Latina. La misma clase política culpable de que una divisa que en los años 70 tenía una tasa fija de 4.25 frente al dólar estadounidense se disparara a niveles sólo experimentados por otras economías en quiebra.
El debate que años atrás había presenciado entre dos dirigentes, uno del Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y el otro de Acción Democrática (ADECO) en el que el primero admitió que su partido había sido corrupto pero lo defendía al señalar que el del segundo había sido más corrupto explicaba el porqué del fenómeno Chávez. Es decir, la corrupción era aceptada, sólo la distinguía el grado y gravedad de la misma. El discurso insurgente de Chávez encontraba caldo de cultivo en la podredumbre del la institucionalidad político-partidista venezolana.
La Quinta República arrancaba con un pueblo en busca de cambio. En atención a ello, se reformó la Constitución. Se cambiaron las reglas del juego electoral. Y, en una tras otra contienda en la que afloraban organizaciones políticas de nuevo cuño, el proyecto político de Chávez siempre salía por la puerta ancha. Ahora, casi diez años más tarde es quizás un buen momento para pasar revista de qué ha logrado el gobierno bolivariano del ex militar que está dando los primeros pasos para la creación de un Partido Único, tras recibir un cheque en blanco del Congreso chavista para gobernar por decreto durante los próximos dieciocho meses.
La economía, gracias al fortalecimiento del precio del crudo, entra en su quinto año de crecimiento sostenido pero la impericia de sus manejadores y la ciega confianza en megaproyectos allende las costas del país y el absoluto control de las fuerzas del mercado interno, sólo presagia lo que ya se comenzó a verse en algunos supermercados y tiendas de abastecimientos—la escasez de productos—y, con ella todos los restaurantes tienen que hacer malabares para lograr todos los condimentos e ingredientes de la oferta de platos gastronómicos por los que Caracas siempre se conoció.
Todos los venezolanos tienen familiares y amigos que abandonaron el lar patrio para escapar el nuevo régimen. Unos porque ya no podían aprovecharse de los excesos de los corruptos gobiernos de los dos partidos tradicionales. Otros porque no podían concebir a un militar en el poder. Y, algunos otros, porque algo les decía que el proyecto de Hugo Chávez era como un cachito, el famoso pan relleno de jamón caraqueño, es decir, tenía algo por dentro. Muchos de los que se fueron, quizás sean todos, no regresarán jamás. Pero muchos de los que quedan tampoco se dan cuentas de que el país que conocían tampoco regresará. ¡Nada para la revolución! proclama cartel tras cartel en las avenidas y calles caraqueñas.
Ese cambio es evidente. Caracas ha desplazado a Miami como la segunda ciudad en el hemisferio, después de La Habana, con mayor influencia cubana. Médicos, expertos en caña de azúcar, técnicos, peritos en el manejo de registros notariales y demográficos, expertos en la burocratización de la economía y en el adoctrinamiento de las masas si los encuentra, de seguro que son cubanos. Y es que, ser cubano en el Caracas de hoy, es una plusvalía porque nadie se pregunta porqué el país con el ingreso per capita más alto del continente sur americano tiene que importar expertos técnicos de uno de los países cuyo desempeño económico se ha caracterizado por carencias y desaciertos. La televisión oficial del Ministerio de Comunicaciones del Poder Popular de la República Bolivariana de Venezuela entre estribillos y consignas encaminadas a asegurarse de que ¡Nada para la revolución!, exalta las proezas de Fidel y el Ché como en otra época se recordaba las hazañas en el diamante de Grandes Ligas de Luis Aparicio y el ritmo en la pista de baile de Billo y sus Caracas Boys.
Petróleos de Venezuela (PDVSA) con sus billones de dólares de riqueza nacional al servicio de la nueva política bolivariana además de manejar la cadena de gasolineras CITGO en los Estados Unidos de América—negocio vertical con todo sentido racional—ahora maneja también PetroCaribe, el brazo de política exterior de Chávez a través de cuyas venas fluye crudo venezolano en solidaridad con los demás pueblos latinoamericanos afines al chavismo y, como si eso fuera poco, recientemente le endilgaron dos brazos más, PDVSA Industrial y PDVSA Agrícola, el primero para financiar aún más industrias propiedad del propio estado venezolano y el segundo como parte de la reforma agraria del poder popular.
El rojo, llamativo color, uno de los tres primarios y uno de los tres del pabellón nacional venezolano, domina todo. El traje preferido de los ministros chavistas, Rojo. Las consignas callejeras, en Rojo. Y, si PDVSA sigue por el rumbo que va es probable que dentro de poco lo único que fluya por sus operaciones son cifras en Rojo, de los déficits producto de la sangría a la que está siendo sometida. Y la gente convive con ello como si perteneciera a dos mundos paralelos que pertenecen a galaxias diferentes.
Los experimentos chavistas todavía son quizás muy prematuros para juzgar, aún cuando muchos de ellos ya fracasaron en la Cuba de Fidel, la misma que hoy no se le despega a Chávez como unos novios disfrutando un bolero en la oscuridad de una barra o de una pista de baile en la que o nadie los ve por la falta de luz o prefieren mirar al costado porque “para qué meterse, si eso no es conmigo “.
El cambio es evidente, al menos para cualquiera que haya conocido la realidad de estas dos Venezuela—aquélla antes de Chávez y la de hoy, la de durante Chávez. Más, sin embargo, muchos siguen actuando como si Chávez no existiera, otros como si fuera a ser un fenómeno de corta duración y unos pocos asumen la postura de que “a mí no me afecta y, por consiguiente, no veo cuál es el problema”.
El problema de algunos puede estar en el hecho de que muchas cosas han cambiado pero otras siguen igual. Las colas de vehículos de motor, que parecen longanizas sin fin, siguen afectando el flujo del tránsito urbano por el valle de esta ciudad de días cálidos y noches refrescantes poniendo a prueba la paciencia de todo caraqueño y angustiando a todos sus visitantes. En Altamira, Palos Grandes y Las Mercedes los centros nocturnos siguen abarrotados. Y la corrupción adeco-copeyana sigue, como ha denunciado el propio ex vicepresidente del régimen, José Vicente Rangel, pero ahora con etiqueta chavista. De la noche a la mañana cabos y sargentos, sí cabos y sargentos, ni tan siquiera generales o coroneles, compran en efectivo lujosas viviendas en exclusivos sectores de la capital venezolana. Y es que, para algunos, el chavismo es un medio de vida, una forma nunca antes soñada de movilidad social a través de las fuerzas armadas.
El verdadero cambio, la gran diferencia entre la Cuarta República adeco-copeyana y la Quinta República chavista radica en la sustitución de los políticos por los militares a través de un golpe electoral a partir del cuál ha quedado claro el desprecio del propio Chávez por los desplazados y su interés de que no retoñe, ni asome la más mínima oposición al régimen. Pues, después de todo, ¡Nada para la revolución! Y para asegurarlo, a trabajar en la creación del partido único.
Rangel, el viejo zorro de tantas insurgencias fallidas en sus años mozos que logró asaltar el poder a través de su apoyo a Chávez, ha vuelto a su antiguo rol de periodista con un nuevo programa en el que plantea, precisamente, que el problema fundamental del chavismo es la falta de oposición. No tiene contrapeso y esa tendencia, que rápidamente contagia otros pueblos latinoamericanos es la peor condición que puede afectar a un pueblo pues puede dar pie a los más grandes excesos impunes de pena. Y, en un país sin instituciones, no hay porque hablar de alternativas.
Por eso la indiferencia de muchos consterna al espectador. Y aunque a primera luz todo parezca formar parte de una cápsula de tiempo sellado en la que nada parece haber cambiado tras una década de chavismo, en realidad, ya todo no es igual. ¡Nada para la revolución!, y no la paran porque la población pensante está atomizada, consciente de que algo pasó, algo más está pasando y mucho más habrá de pasar pero para qué preocuparse “si, a mí me va bien”. No importa que su suerte esté sellada y el país esté al Rojo Vivo porque los ciudadanos de este país parecen estar daltónicos.

…mas alla que daltonicos… diria que aterrados y paralizados…