May 2006

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Fin al virus de la abstención

Posted by Rissig Licha on 21 May 2006 | Tagged as: Perspectiva

En la política hay una gran máxima: las elecciones las gana el que más votos logra en las urnas. De ahí que sea tan importante no sólo acometer una campaña proselitista para distinguir una propuesta de otra, un candidato de otro y un partido de los demás, sino además un esfuerzo para que aquéllos con intención de votar por una tendencia, opción o candidato acudan a emitir sus votos. En atención a esa máxima en República Dominicana, el triunfo el pasado martes del gobernante Partido de la Liberación Dominicana (PLD) en los comicios de medio término es innegable.

No obstante, en unas elecciones en las que un elevado número de electores en proporciones suficientes para afectar el resultado deciden no acudir a las urnas –reflejando un cuestionamiento de todas las opciones en puja– hay que tener mucho cuidado en la forma, manera, tono y temperamento con que se analizan los resultados y se utilizan para sentar la pauta y fijar los objetivos de los próximos dos años de gobierno previos a la próxima contienda presidencial porque una lectura incorrecta simplemente sería más peligrosa que una descabellada propuesta hecha en medio del fragor de la contienda. Por eso, la lectura de resultados electorales de República Dominicana tiene que hacerse con gran atención a todos los factores que influyeron.

En primer lugar, los propios partidos políticos, particularmente los tres principales –el PLD, el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) y el Partido Revolucionario Dominicano (PRD)– escenificaron por varios meses un triálogo bochornoso para determinar quién se aliaba con quién con el solo objetivo de derrotar al que quedara fuera, sin que terciaran propuestas serias sobre la forma y manera en que se iban a dirigir los destinos del pueblo. Resultado: una mayor desconfianza y un mayor desencanto de la mayoría del electorado con los partidos políticos y su razón por estar en la política.

En segundo lugar, la campaña proselitista de unos y otros en realidad se distinguió sólo por los colores de los distintos partidos toda vez que el por qué, el planteamiento racional de por qué un elector debía favorecer a la Gran Alianza del PRD y el PRSC sobre el Bloque Progresista del PLD con varios partidos menores exigía un acto de fe, pues el mensaje resultaba ser el mismo: ”Porque yo sé gobernar mejor que los otros”. No porque el programa de una u otra colectividad representaba una verdadera propuesta creativa a la problemática cotidiana de la República Dominicana. Resultado: la ausencia de una diferenciación clara entre la propuesta de uno y otro dejaba al elector sin verdadera opciones y eso, sumado a la falta de serios planteamientos programáticos, sirvió para desalentar aún más a un electorado escéptico.

En tercer lugar, el desencanto con los incumbentes y el status quo fue tal que en el Senado sólo cinco parecen encaminarse a la reelección. Estos son el presidente del hemiciclo, Andrés Bautista García, de Espaillat; César Díaz Filpo, de Azua; Pedro Alegría, de San José de Ocoa; Mario Torres, de Dajabón, y Jesús Vásquez, de María Trinidad Sánchez. Hacen falta caras nuevas, con propuestas nuevas porque el más de lo mismo no satisface.

En cuarto lugar, el tejemaneje de una Junta Central Electoral (JCE) que a siete días de una contienda electoral todavía no había publicado una lista oficial de todos los candidatos sirvió para promover la desconfianza y, con ello, desalentar aún más a un electorado poco animado. Resultado: una de las abstenciones más altas, superior al 50 por ciento, en todo el hemisferio, sosteniendo una tendencia que ya marca tres elecciones pues alcanzó un 47 por ciento en el 1998 y un 49 por ciento en el 2002.
Por último, como si su actuación previa a la elección no hubiera sido suficiente para demostrar su incapacidad, la JCE la sacó del parque, más lejos que cualquier batazo del Big Papi, el dominicano David Ortiz, con un conteo más lento que un suero. Resultado: un mayor cuestionamiento del sistema que sirve, además, de reafirmación para aquellos que con su abstención le han dado las espaldas a la democracia.

El resultado de la elección, en términos objetivos, es un impresionante triunfo del presidente Leonel Fernández y el PLD, que por vez primera logra el control del Congreso. Es, además, el éxito de una colectividad disciplinada que llevó a su gente a votar. Pero es también un incuestionable rechazo al status quo. Y una gran abstención. Es decir, el pueblo dominicano reclama a gritos caras nuevas, propuestas nuevas y un convencimiento de que pueden existir razones para creer en que a través de la democracia se puede lograr un cambio. De ahí resulta iluso y miope que el mismo se interprete como un mandato, cuando más del 50 por ciento de los electores parecen haberse quedado en sus hogares.

Por eso el presidente Fernández, quien ha salido consolidado como un líder, tanto en su partido como en el pueblo general, tiene la inaplazable tarea, a través de sus acciones y las de su partido, de fomentar la confianza de los dominicanos en el sistema democrático y, con ello, ponerle fin al virus de la abstención.

El modelo puertorriqueño requiere una seria modificación

Posted by Rissig Licha on 07 May 2006 | Tagged as: Perspectiva