March 2006

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Preferencias gastronómicas

Posted by Rissig Licha on 26 Mar 2006 | Tagged as: Perspectiva

A la hora de darse a conocer, de distinguirse del resto del mundo, los países en estos tiempos suelen recurrir a proyectos de posicionamiento como si fueran un producto de marca. De ahí que al esfuerzo se le haya endilgado el pesado calificativo de marca-país. En esto ayudan mucho los productos que produce y que muchos defienden a brazo partido, estableciendo una denominación de origen –entre las muchas el jabugo, el manchego, el champagne, etc. Pero en este mundo cada día más globalizado los platos empiezan a ser menos útiles para definir el paladar de un conglomerado pues todos comen de todo. Y nadie come más que los ciudadanos de los Estados Unidos de América.

El deporte nacional de este país de casi trescientos millones de habitantes resulta ser la comida. Y no sólo la que a falta de una mejor traducción al castellano llaman ”comida chatarra”. No, el paladar estadounidense que, en una época, se mantenía fiel a una dieta de carne y patatas ahora, gracias a la inmigración, recorre el globo para satisfacer sus caprichos gastronómicos. Foie gras. Dim Sum. Sushi. Mole. Alcapurrias. Mangú. Churrasco. Lasagna. Fabada. Coq au vin. Feijoada. Bacalao. Fanesca. Pupusas. Tostones. Enchiladas. Curry. Ceviche. Asopao. Kibbeh… La lista resulta interminable, pero hoy en día en las principales ciudades de los Estados Unidos de América –la misma nación que se conocía por el “baseball, hot dog, apple pie y Chevrolet”– cualquier residente o visitante puede saborear la diversidad gastronómica en oferta. Y, a decir verdad, una vez descontada la obesidad como un exceso, esto es un gran progreso.

No obstante, la obsesión con la obesidad, que algunos quieren aprovechar mediante la implantación de un impuesto al contenido calórico o de grasa de los alimentos, es tan grande que las soluciones al problema, es decir, las dietas disponibles para que los gorditos norteamericanos pierda peso dejan muchos miles de millones de pesos en las arcas de las empresas, compañías y conglomerados que a eso dedican sus esfuerzos.

Y a la hora de buscar la forma de reducir de peso las soluciones son tantas o más que las razones para someterse a un proceso de adelgazamiento. Unos escogen The South Beach Diet, otros la Atkins, algunos van a Jenny Craig, otros a Weight Watchers, unos pocos se adaptan a la mediterránea y otros a la glicémica. Todos los días sale una nueva. De hecho, en días pasados el presidente argentino, Néstor Kirchner, se inventó una nueva. Para forzar una rebaja en los precios de la carne vacuna pidió a su pueblo, cuya dieta es más dependiente de la carne que la de los estadounidenses, que “dejen de comer carne”.

Al momento de la dieta aquéllos que están sometiéndose al nuevo régimen alimentario entran en un nuevo mundo. Les cambia el humor. Les cambia la rutina. Pero lo que más les cambia es la forma en que se refieren a la comida. De hecho, se convierte en un gran reto para aquellos tradicionalistas acostumbrados a otra forma, idioma y lenguaje para referirse a sus alimentos.

El problema lo definía con gran claridad una querida amiga. ”Ya yo no sé qué pedir cuando salgo a los restaurantes. En primer lugar, ahora te invitan a comer de forma diferente. Te dicen que quieren comer proteínas o carbohidratos. Yo siempre he comido carnes, pescado, arroz, papas, huevos y ahora la gente come proteínas, evita los carbohidratos, se aleja de las grasas y los azúcares, cuenta las calorías. Ahora estoy confundida”. Y no es para menos porque francamente me parece mucho más apetecible, más estimulante para los jugos gástricos y para el mismo paladar pensar en saborearse una carne mechada con papas que un plato de proteínas con salsa de carbohidratos y almidones. Lo importante está en las cantidades de insumo. Mientras tanto, prefiero seguir siendo un tradicionalista.

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Posted by Rissig Licha on 12 Mar 2006 | Tagged as: Perspectiva