February 2006
Monthly Archive
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Posted by Rissig Licha on 26 Feb 2006 | Tagged as: Perspectiva
Atres semanas de celebrados los comicios electorales costarricenses y pese a encuestas de boca de urna que le daban un cómodo triunfo al expresidente Oscar Arias, éstas quedaron en entredicho toda vez que la disputa fue objeto de un recuento manual de votos en la cerrada puja entre Arias y Otton Solís, poniendo en serios cuestionamientos la utilización de los sondeos relámpagos apenas cerradas las urnas para adelantar los resultados de la contienda.
La contienda Dewey versus Truman de 1952 y la de Gore versus Bush del 2000 en los Estados Unidos y ahora la de Arias versus Solís en Costa Rica sirven de más para desacreditar el empleo de las encuestas a boca de urna por los medios de comunicación en su empeño por adelantarse a los trabajos de las autoridades electorales en su conteo de votos y certificación de los resultados de los comicios.
El caso más reciente, el costarricense, dará nuevos bríos a sectores que abogan por, en el mejor de los casos, la restricción y, en el peor, la prohibición del uso de encuestas a boca de urna para fines de determinar los resultados de una elección y anunciar a un triunfador antes de que se finalice el conteo oficial de los votos según los estatutos electorales de la jurisdicción en cuestión.
Horas después del cierre de los colegios electorales las cadenas de televisión del país centroamericano proclamaban, de acuerdo a los resultados a boca de urna, que Arias alcanzaría más de un 45 por ciento del voto, evitando una segunda vuelta y retornando a la presidencia que ocupara de 1986 a 1990. Los resultados que se producían horas más tarde daban un resultado tan cerrado que no podía descifrarse definitivamente.
El problema, sin embargo, no empieza ni termina con los sondeos a boca de urna. Las mediciones de opinión pública, particularmente aquéllas que tienen que ver con la intención de voto del público encuestado, son de las tareas que demandan mayor rigurosidad tanto en el diseño de la muestra como en la elaboración de las preguntas, sin perder de vista la seriedad con que se acomete el trabajo de campo, y mucho menos la cautela con que se lleva a cabo la interpretación de los resultados. Pero existe otro factor de gran importancia: la honestidad de los consultados.
Para muestras con dos elecciones recientes –la de Costa Rica y la de Bolivia– basta. En la de Costa Rica, según varias encuestas previas a las elecciones, Arias parecía seguro de cargar con el triunfo electoral –con igual porcentaje al que dieran las encuestas a boca de urna el día de las elecciones. En una de éstas, el premio Nobel de la paz aventajaba a Solís por 17 puntos. Por su parte, en Bolivia todo parecía apuntar a una segunda vuelta entre Evo Morales y Jorge Quiroga pues ninguno tenía, al menos en las encuestas previas a la elección, una ventaja que asegurara un triunfo sin ir a un ballotage.
Ni en una ni en mucho menos la otra las encuestas acertaron al predecir los resultados de las contiendas. ¿Por qué? Las razones pueden ser varias. Pero de todas las dos más importantes son la honestidad de los encuestados y la forma y manera en que se comportan aquéllos que se declaran indecisos.
En el caso de Morales, un insurgente líder de los cocaleros, es entendible que un sector importante de la población del país andino no quisiera identificarse en las encuestas con su candidatura. Sin embargo, en la medida en que la balanza comenzaba a inclinarse, muchos de los indecisos y de los que no querían ser identificados con su candidatura decidieron darle el voto. Así fue que logró un 57 por ciento de los votos emitidos, evitando de paso una segunda vuelta.
En Costa Rica dos factores parecen haber tenido un mismo efecto en los resultados electorales para dejar maltrechos a los encuestadores. El primero, el hecho de que Solís se presentó como polo de oposición al tratado de libre comercio entre Centroamérica, República Dominicana y los Estados Unidos de América, arrastrando con su postura a un gran sector del electorado costarricense que está en contra de ese tratado. Y, el segundo, que de hecho era más difícil de predecir, el número de personas que al momento de las encuestas proclamaron lealtad a la candidatura de Arias pero que en el momento de la verdad, cuando abrieron los colegios electorales para recibir a los electores, se abstuvieron de ir a las urnas, lo que resultó en una abstención de un 34 por ciento del electorado.
Si a estas razones le añadimos el hecho de que las encuestas tienden a no representar adecuadamente en sus resultados a dos grupos de personas –aquéllos que no tienen teléfono y los otros que tienen teléfonos celulares–, entonces es fácil entender por qué las encuestas pueden ser tan engañosas.
Posted by Rissig Licha on 18 Feb 2006 | Tagged as: Perspectiva
Posted by Rissig Licha on 05 Feb 2006 | Tagged as: Perspectiva