January 2006

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El amargo sabor de un caramelo compartido

Posted by Rissig Licha on 21 Jan 2006 | Tagged as: Perspectiva

Santo Domingo — El azúcar, producto de las entrañas mismas de la fibra de la mata de la flor de la guajana, está enraizado como un pólipo canceroso en el seno de muchos pueblos caribeños, entre ellos éste, que ha tenido que vivir en carne y cuerpo propio la esclavitud y servilismo, tanto de extraños como de familiares, dedicados a la corta molienda y procesamiento de las flexibles cañas para extraer su almíbar y, con ello, endulzarle el bolsillo al hacendado y su séquito en cientos de centrales que en una época definían los alcances de las colonias europeas que dominaron estos mares.

La problemática que el monocultivo del azúcar presentó para algunos colonizados lejos de ser un suceso o dato de interés sólo para los historiadores sigue presente y latente en el discurso público de la agenda sobre los derechos y deberes de los hombres, mujeres y, hasta niños que se dedican a ello pues, todavía, el problema está en vigor. Cientos, miles, millones todavía se desplazan a través de la frontera con el vecino país de diferente lengua que, conjuntamente con la República Dominicana, ocupa los 75 mil kilómetros cuadrados que componen la isla de La Española.

En la medida en que Equal, NutraSweet y Splenda han ido ocupando su espacio en el espectro de endulzadores que satisfacen el apetito de los consumidores de los países desarrollados, los cruces fronterizos entre Haití y la República Dominicana han seguido no sólo por braceros para los cañaverales, sino por albañiles para la construcción, meseros para el turismo y brazos para cultivar los fértiles campos de plátanos, yuca, yautía, berenjenas y gandules. Y, no pese a la merma de la industria de la azúcar de caña, ante el caos y la falta de oportunidades en suelo haitiano el flujo hacia la República Dominicana es cada día mayor.

El hacinamiento fronterizo y siglo tras siglo de incomprensión sirven de caldo de cultivo para encontronazos cotidianos de los cuales sólo queda la evidencia, como sucedió hace unos días, de 24 cuerpos inertes de hijos e hijas cuyos nombres sólo quedarán en las memorias de sus padres pues, una vez al otro lado de la cordillera que separa estas dos naciones, al traspasar la barrera de la ilegalidad son entes apátridas, a la merced de la protección del Creador.

Que esto ocurra en el siglo XXI en un país que necesita de la mano de obra importada, porque mucha de la suya ya partió a través del Canal de la Mona vía Puerto Rico hacia los Estados Unidos de América en busca de mejores oportunidades económicas, resulta inconcebible, particularmente cuando estos brazos importados son necesarios para solventar tres importantes rubros económicos –la agricultura, la construcción y el turismo– de la República Dominicana.

Si eso es así, ¿por qué no son recibidos los haitianos con los brazos de par en par en la tierra del merengue? Las razones son múltiples.

Primero, porque tras obtener la independencia de España, la República Dominicana se vio forzada, una vez su territorio fuera ocupado por más de dos décadas por la república haitiana, a pelear nuevamente por su libertad, logrando su autonomía gracias a la gesta de Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella, que en 1844 dio los frutos deseados.
Segundo, debido a una larga historia de hostilidad –desde la época en que Francia y España disputaban esta colonia caribeña– que en el siglo pasado, durante la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, cobró la vida de más de treinta mil haitianos.

Tercero, porque la existencia de aproximadamente dos millones de haitianos en suelo dominicano es una gran imposición social para un pueblo de nueve millones de nacionales de los cuales más de un 50 por ciento vive en la pobreza.

Por último, por la insistencia de los Estados Unidos de América a través de una política sotto voce de crear un cordón sanitario para contener la inmigración ilegal, tanto de haitianos como de dominicanos, en territorio de La Española para, con ello, evitar la ola de refugiados que llegan a playas de Puerto Rico y de la Florida a hacer las labores que ni puertorriqueños, ni norteamericanos quieren desempeñar.

Esta última es quizás la más cruel de las razones pues es una de origen exógeno, impuesta por la única superpotencia que queda a dos países –a uno más que al otro– con serios retos sociales que, lejos de acercar las partes lo único que hace es avivar las pasiones de lado y lado culminando en una melcocha que, a la hora de la verdad, nadie sabe su origen ni si es dulce o amarga, pero que cuesta en sacrificios humanos innumerables víctimas.

Por ello, ante una crisis que va subiendo de tono es hoy más necesario que nunca que las partes mantengan la cabeza fría, reconociendo que una disputa entre vecinos es perjudicial para ambos, que tanto aquéllos que han cruzado la frontera como aquéllos que residen en territorio dominicano son hijos de Dios y como tales deben gozar de los más elementales derechos humanos; que gran parte de la economía dominicana requiere de brazos importados para su subsistencia y que la intervención norteamericana –tan común como las brisas tropicales– debe ser para fomentar empleos, desarrollo económico y la armonía entre dos pueblos a los que les ha tocado compartir un solar y conocen el amargo sabor de un caramelo compartido.

No me molestes, mosquito. No me chaves, Huguito

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