La verdad es que sorprende por qué tantos quedaron sorprendidos con los resultados de las elecciones en que Evo Morales cargó con la presidencia. El resultado era tan predecible como el paso del cóndor por la cordillera andina. Y es que el deterioro de la clase dirigente boliviana ha venido en picado como resultado de la inconformidad de la mayoría del pueblo con las políticas neoliberales que más de una década de los gobiernos de Gonzalo Goni Sánchez de Lozada, Hugo Bánzer, Jorge Quiroga y Goni Parte II –este último forzado a dimitir, sustituido por su vicepresidente Carlos Mesa, quien también renunció al no poder capear el legado de dificultades y el descontento que dejó su compañero de papeleta– utilizaron como norte en su gestión.

Esa situación ni fue entendida por Quiroga, portaestandarte de los intereses de la elite y las transnacionales en la más reciente consulta electoral, ni mucho menos por sus seguidores, que ni siquiera han tratado de razonar por qué el boliviano es un pueblo proclive al mensaje populista, conformado en más de un 60 por ciento por aymaras, quechuas, guaraníes, y chiquitanos cultivadores de la tercera cosecha más grande de coca en el mundo. Además de las diferencias lingüísticas, sociales y culturales, entre los criollos y los indígenas existe una infortunada distribución de la riqueza.

Analistas de todas las tendencias tildarán el triunfo de Morales como prueba de que la única superpotencia –los Estados Unidos de América– está perdiendo el continente ante el avasallador avance de las fuerzas progresistas. Ese análisis, que surge primero del triunfo de la Concertación chilena tras el derrocamiento en las urnas de Augusto Pinochet, adquirió momentum con la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela, Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en la Argentina y Tabaré Vázquez en Uruguay.
El triunfo de Evo, sin embargo, no debe confundirse con lo que no es. No es el triunfo de la izquierda académica, repleta de estribillos rimbombantes. Ni es la victoria del marxismo sobre el neoliberalismo. Ni es producto del aventurismo castrista, ni mucho menos del bolivarismo venezolano bajo el chavismo. Es el triunfo de los descamisados bolivianos, de un pueblo con una de las más grandes riquezas minerales en el mundo que, lejos de verla traducirse en bienestar y calidad de vida, la ha visto transfigurada en el sustento de una burguesía criolla con más apetito por el caviar importado que por las empanadas nacionales.

La falta de salida, la ausencia de respuesta, la impotencia para cambiar su suerte, la inhabilidad de hacerse entender o, al menos, oír son las falencias que sirvieron de estímulo, de motor y plataforma para que el electorado boliviano le diera un resonante triunfo electoral al Movimiento Al Socialismo, MAS. El pueblo boliviano por dejar atrás la corrupción y el abuso que siempre ha repartido entre un exclusivo anillo de bolivianos las riquezas de este país enquistado entre Perú y Chile, protagonistas de una guerra a finales del siglo XIX, que le cercenó la salida al mar. Morales enfrenta ahora el reto de traducir su victoria en la ruta hacia un crecimiento económico sostenible para enriquecer a los que más lo necesitan. Esa ruta, sin embargo, no puede estar obstaculizada por el lenguaje disociador, amenazante y de confrontación que salpicó el discurso público del candidato del MAS durante su campaña proselitista.

Bolivia necesita un gobierno que balancee el fiero apetito de los capitales transnacionales y el hambre de la población indígena, que vive sin esperanzas aparte la que le pueda viabilizar un presidente de la misma estirpe. En la medida en que Morales logre entender cuáles son las verdaderas expectativas, prioridades y metas de los descamisados que le eligieron podrá fortalecer la gobernabilidad y la institucionalidad boliviana. Mas si no logra mejorar la calidad de vida de los descamisados sufrirá la misma suerte de la elite política que acaba de derrocar en las urnas.