América Latina, salvo en el caso de De la Rúa, quien alcanzó notoriedad por ser aburrido, siempre se ha destacado por contar con políticos pintorescos. Algunos son verdaderas figuras de impacto nacional. Otros, como los cinco presidentes que tuvo Argentina en menos de un mes, apenas anotaciones para los historiadores. Sin embargo, unos pocos trascienden fronteras. Es el caso, en la actualidad, de los dos grandes del MERCOSUR, Lula da Silva y Néstor Kirchner. El primero porque encabeza el país más grande de la región y el segundo porque no sólo enderezó la economía argentina, sino que también lo hizo de espaldas a los organismos multilaterales, convirtiéndose en una especie de héroe para los países en desarrollo. Pero no hay nadie más grande, ni siquiera el modelo ideológico suyo, Fidel Castro, que Hugo Chávez.

El presidente venezolano, quien a juzgar por su trayectoria siempre ha sido partidario de estar a la ofensiva, en menos de una década se ha metido a la tierra de Bolívar en un bolsillo. Contra viento y marea, marchas callejeras, elecciones y referendums, el otrora militar golpista campea por su respeto gracias a las riquezas minerales de su tierra y a la continua cosecha de votos que Chávez y su movimiento, V República, han sido capaces de obtener.

Nadie, ni en Venezuela ni muchos menos fuera de Venezuela, le puede regatear el poder porque, salvo en el referéndum revocatorio del 2004 en el que surgieron serias y contundentes sospechas de manoseo de los resultados –finalmente sancionados por la OEA y por Jimmy Carter– en todos los demás ejercicios electorales Chávez ha eclipsado por amplio margen a las fuerzas de la oposición.

Eso le proporcionó piso político para cargarse la Constitución, adecuando la misma en un documento que suele llevar en su bolsillo como una especie de catequismo al que hace referencia en ocasiones en que pretende arengar a sus huestes con su tema du jour. El blanco favorito de sus ataques, que siempre da en el blanco, esté en suelo araucano o no, lo es el presidente George Bush, que para Chávez es algo así como Darth Vader.

En los ataques contra Bush, que suelen ser variados y continuos, el venezolano obvia, por que le conviene, la realidad cotidiana de la relación bilateral con la superpotencia, una en la que cada día los Estados Unidos, según América Economía, hace más negocios que benefician más a la parte venezolana.

En 2004, el intercambio comercial entre Venezuela y EEUU se incrementó un 48.61 por ciento hasta alcanzar los 21,215 millones de dólares. El 72% del comercio responde a exportaciones venezolanas hacia los Estados Unidos de América y sólo un 28% a importaciones.

Esta situación, sumada al hecho de que, según la revista, Estados Unidos es el país que más inversión extranjera directa aporta a Venezuela, capitales que se concentran fundamentalmente en transportes, comunicaciones y manufacturas, plantea una doble moral. El pasado año, según datos de la Superintendencia de Inversiones Extranjeras en Venezuela (SIEX), la IED ascendió a 492 millones de dólares, y de esa cantidad 174 millones, el 35 por ciento, procedían de los EEUU, que debido a su apetito por el petróleo necesitan de Venezuela. Pero Venezuela también necesita a los EEUU. El discurso público de Chávez, sin embargo, es otro. Es el de la confrontación. Es un yo acuso constante que por la frecuencia de su uso y la doble moral de la relación plantea serias dudas a cualquier observador sobre la seriedad del personaje.

Y es que el problema que tiene Chávez es que su simbología política, sus gestos corporales, hasta las frases que utiliza para dirigirse a las legiones de descamisados criollos a los que dice representar, sirven para desarmarle.

Ante la necesidad de hacer grandes cambios constitucionales y crear la República Bolivariana de Venezuela, Chávez y sus personeros en el Congreso aprobaron una constitución nueva. La misma que lleva para mostrar a diestra y siniestra en sus recorridos por llanos y montañas sin siquiera darse cuenta de que cada vez que saca el documento deja entrever que él está por encima de una constitución que carga en su bolsillo.

Así es con todo. Ahora le ha llegado el turno a la bandera y el escudo nacional, que de acuerdo con Chávez, según la Agence France Presse, tienen que adecuarse a ”los nuevos tiempos” que vive el país. En vez de las siete estrellas, símbolo de las siete provincias que formaron Venezuela tras su independencia de España, la bandera a la que aspira Chávez tendría ocho en representación del sentir bolivariano, ”la estrella de Bolívar”, a quien dice Chávez encarnar, razón por la cual es en realidad la estrella de Chávez. El caballo blanco en el escudo es otro cuento. Actualmente la figura del caballo blanco ubicado en la mitad inferior del escudo galopa desbocado con la cabeza vuelta hacia la derecha, pero como Chávez es de izquierdas, ”ese caballo pudiera correr a la izquierda al galope”. Al igual que como corre Chávez, sin frenos.