August 2005
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Posted by Rissig Licha on 28 Aug 2005 | Tagged as: Perspectiva
Al momento de tomar las riendas del poder, en 2002, el pequeño Luis Ignacio Lula da Silva se agigantó para asumir la representación de los ”descamisados” brasileños quienes, como consecuencia de una de las más deficientes distribuciones de las riquezas en todo el mundo, cuentan con grandes carencias, tanto en las favelas de Río como en los remotos campos mineros del norte y los desarrollos agrícolas del sur.
Lula, el líder del Partido de los Trabajadores, el reformador que finalmente ganó una elección tras fracasar en tres ocasiones, vociferó a los cuatro vientos durante su discurso inaugural su compromiso personal y, el de su gobierno, por acabar con el hambre y hacerle frente a la pobreza. Esa declaración le valió el aplauso de las fuerzas populares no sólo de Brasil, sino de todo el Tercer Mundo.
Hoy, sin embargo, la figura reformadora de Lula como el nuevo hombre, la nueva cara política, capaz de exitosamente proponer campañas antipobreza, antihambre y antidesigualdad, tiene tantos anticuerpos producto de todos los escándalos de corrupción que han azotado su administración y partido, que es solamente una caricatura de aquel decidido estadista que se autodenominó defensor de los pobres; y en la medida en que siguen las acusaciones observa sus posibilidades reeleccionistas desplomándose su popularidad a un 34 por ciento.
De acuerdo al último sondeo de opinión pública en Brasil realizado por el Instituto Ibope y divulgado por el semanario Istoé, en caso de que las elecciones presidenciales fueran hoy Lula vencería en la primera vuelta, alcanzando entre el 31 y el 34 por ciento del voto, pero tendría que medirse en una segunda ronda con el actual alcalde de Sao Paulo, José Serra, quien alcanza un 25 por ciento, como con el ex gobernador de Río de Janeiro Anthony Garotinho, quien logra un 15 por ciento. En caso de una segunda vuelta, Lula podría ser derrotado por Serra, ya que ambos están empatados técnicamente con el 41 por ciento de las intenciones de voto.
Otra encuesta divulgada hace una semana por Datafolha mostró que Serra, líder del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña quien fuera derrotado en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2002, derrotaría al actual mandatario si se disputara una segunda ronda en 2006. De acuerdo al sondeo del Ibope, la intención de voto en Lula, que en julio pasado variaba entre un 36 y un 39 por ciento, se situó entre un 31 y un 34 por ciento en agosto.
Aparentemente Lula parece estar sufriendo de la misma enfermedad que ataca a casi todo líder reformador latinoamericano una vez llega al poder. La lista de víctimas es larga. Entre otros, Alberto Fujimori, Carlos Mesa, Lucio Gutiérrez, Hugo Chávez y Pedro Rosselló.
Y la forma de cómo llegaron a la misma suerte es similar. Todos, en algún momento u otro, fueron ”caras nuevas”, entes que se incorporaron al proceso político como figuras extrapartidistas –en el caso de Chávez y Gutiérrez, golpistas– sin las mañas, ni costumbres, ni mucho menos los vicios de las anquilosadas figuras tradicionales de la política nacional de cada uno de los países.
El discurso público de estos políticos suele también estar salpicado de grandes declaraciones a favor de grandes cambios, como claramente quedara refrendado en la Declaración de Cuzco, endosada por, entre otros, Lula, Chávez, Mesa, Gutiérrez, Alejandro Toledo, Alvaro Uribe y Ricardo Lagos el 8 de diciembre del 2004.
En ese documento multipartidista señalaron: “La idea es generar estrategias que, junto con una conciencia ambiental responsable y el reconocimiento de asimetrías en el desarrollo de sus países, aseguren una más justa y equitativa distribución del ingreso, el acceso a la educación, la cohesión y la inclusión social”.
A partir de esa gran declaración en Bolivia cayó Mesa, víctima de su inhabilidad de cumplir las expectativas de un discurso de inclusión en un país en el que la exclusión y la corrupción parecen tener más adeptos; en Ecuador se fue Gutiérrez, bajo el peso de la opinión pública enardecida por sus ansias de hacerse con la Constitución y por su inhabilidad de frenar la corrupción. En Perú, Toledo, salpicado por múltiples acusaciones de corrupción, apenas cuenta con un 8 por ciento de aceptación tras el reciente affaire Olivera que le forzó a renovar todo el gabinete presidencial y a contar con tres cancilleres en 72 horas.
Sería fácil atribuirle al poder la culpa por la debilidad y fracaso de estas caras nuevas de la política latinoamericana. Lo cierto es que tan corrupto es aquél que lo es como el otro que lo permite y, a juzgar por la historia política de los últimos años en América Latina, tiene más sentido y quizás más razón la cortante sentencia del escritor británico, George Bernard Shaw, quien destacó: ”No es cierto que el poder corrompa, es que hay políticos que corrompen el poder”. Y mientras tanto, los pueblos latinoamericanos siguen buscando una salida a una situación que sigue siendo estrangulada por la corrupción.
Posted by Rissig Licha on 21 Aug 2005 | Tagged as: Perspectiva
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