Faltan brazos
Posted by Rissig Licha on 31 Jul 2005 at 06:17 am | Tagged as: Perspectiva
San Juan — El Caribe es verdor, olor a campo humedecido por la copiosa lluvia cotidiana que baña sus sensuales llanos y colinas esculpidas por erupciones volcánicas que polvorearon, además, un caudal de riquezas minerales e hicieron de estas tierras fecundas doncellas proclives a la explotación agrícola en épocas de la colonia española.
La falta de mano de obra para su explotación trajo encadenada a galeones una oleada migratoria de Africa que, con el devenir del tiempo y su integración a los criollos e indígenas, produjo una fusión única que sirvió para darle rumba, ritmo y rumbo a varias industrias entre las que cabe destacar la del ron, la del tabaco y la del café.
La influencia africana en las islas caribeñas, producto de este desembarco forzoso en el Nuevo Mundo, tan fuerte como el sol tropical que calienta las playas de arena cristalina y las saladas aguas de este mar, se mueve al ritmo del bongó, la conga y los timbales, instrumentos que encienden cualquier celebración y ya sea con fufú en La Habana o mangú en Santo Domingo o mofongo, aquí, en Puerto Rico –estas derivaciones de platos africanos confeccionados a base de plátano, que son para los caribeños lo que la papa es para los nórdicos– forma parte de la gran herencia de la zona.
Esa migración, que tanto sabor le ha dado a la gastronomía de esta cadena de islas, sirvió además de columna vertebral para el desarrollo económico, pues sin esos brazos se hubiera imposibilitado la explotación de los campos caribeños por parte de los señoritos y las señoritas ibéricas, y mucho más la propagación del mestizaje.
Hoy, por lo menos aquí en Puerto Rico, una de esas industrias caribeñas, la del café, está próxima a desaparecer y, con ella, lo único que queda de alguna importancia de la actividad agrícola que en otra época empleó más gente en esta isla que lo que hoy emplea la industrialización –iniciada hace más de cincuenta años con la Operación Manos a la Obra.
La voz de alerta no vino del batey de una de las diez mil pequeñas fincas que todavía cultivan café. No, en vez de ser un vozarrón afrocaribeño el que dio la alarma, fue la voz del establishment y de la intelligentsia norteamericana –The New York Times– quien, influenciado por la presencia de más de un millón de puertorriqueños en la ciudad de los rascacielos, en su gran mayoría descendientes de campesinos integrantes de la gran diáspora boricua de los años cincuenta, hizo la advertencia.
Faltan brazos. ¡Sí, faltan brazos! En una isla en la que el desempleo crónicamente se sitúa, año tras año, en más de un quince por ciento de la población y según las estadísticas del último censo el 72 por ciento de sus residentes tienen ingresos por debajo del índice de pobreza de los Estados Unidos de América. Pero, ¡faltan brazos!
Algunos plantean la posibilidad de utilizar a la creciente colonia penal en la isla para atender el cultivo de los granos en las zonas cafetaleras. El problema es que ni a éstos les atrae la tarea de dedicarse al esfuerzo de pasar ocho horas diarias con una banasta colectando el café.
Otros buscan establecer un puente con la comunidad migratoria que recorre los Estados Unidos en caravana para poder encontrar empleo en los establecimientos cosecheros que requieran mano de obra. Por eso es que se necesita una nueva ley migratoria que haga más fácil el acceso de brazos para atender aquellos empleos que ni en una isla con todo su desempleo atraen a la masa de desempleados. El plan consiste en promover el trabajo y el traslado de braceros inmigrantes a Puerto Rico en octubre, durante el periodo entre cosechas de los estados del sur de los Estados Unidos, para recoger el café. ¡Faltan brazos! Cinco mil, para ser exactos.
Y eso que Puerto Rico ya no produce 60 millones de libras de café como a finales del siglo XIX. Apenas produce 20 millones de libras, que al compararse con el coloso en producción cafetalera, Brasil, exportador de tres mil millones de libras anuales, es una mera gota en el tazón del café mundial.
La cantidad no es gran cosa, pero la calidad, la misma que por siglos lo hiciera ser el café que consumía el Vaticano– es buena, tan buena que se cotiza, fuera de la isla –en la que el gobierno regula su precio a sólo $3.46 por libra, entre los más caros del mundo, aproximándose el Yauco Selecto a los $12 por libra, poco menos de la mitad que el Kona hawaiano y el Blue Mountain jamaicano. Si no se salva esta industria, Puerto Rico se quedaría sin uno de sus tradicionales pilares económicos, y a la pegajosa composición de Ernesto Lecuona que desde 1963 sirvió para mercadear el Café Yaucono, ¡Ay Mamá Inés, ay Mamá Inés, todos los negros tomamos café!, habría que cambiarle la letra para que sirva de lamento borincano ante la situación cafetalera: ¡Ay Mamá Inés, ay Mamá Inés, ya tú ni tienes quien te recoja el café!
