Niza, Francia — Cada país, cada pueblo, cada familia y hasta cada persona se distingue por su forma de ser, por su manera de mirar la vida, por su estilo de vida, por su visión de futuro, por su valoración de aquello que es importante y aquello que no merece gran atención, pero sobre todo por aquello que lo apasiona.

En este país en el que la pérdida de una estrella de la guía gastronómica Michelin lleva al chef de un restaurante al suicidio, la comida prima no sólo la atención, sino también el día cotidiano de sus ciudadanos. La pasión por el buen vino y la buena mesa traspasa la de cualquier otro pueblo. Por cualquier calle, de cualquier poblado, a cualquier hora se puede ver a hombres, mujeres, niños y no tan niños con su jaba, portando el consumo gastronómico del día.

No sólo los restaurantes reciben su calificación y con ello la reputación y distinción del establecimiento para sus dueños. El vino también. Y, por aquello de no quedarse atrás, hasta el aceite de oliva cuenta con un sistema de clasificación de acuerdo a la calidad que le adjudica un panel de expertos todos y cada uno de los años.

Las panaderías, carnicerías, queserías, aceiterías, licorerías, fruterías, heladerías y dulcerías, sin siquiera considerar los bistros, restaurantes, parrillas y cafés, fácilmente eclipsan en número y prominencia a todos los demás comercios de otro tipo en ciudades y pueblos, villas y villorrios, poblados y caseríos, de punta a punta del país.

Comida regional, comida asiática, comida mediterránea, comida libanesa, comida y más comida, hasta McDonald’s ha instalado sus arcos en varios puntos de las grandes ciudades del país. Y por ello empieza la preocupación francesa, porque sus estudios demuestran que son los establecimientos de comida rápida y las máquinas expendedoras de productos, sumados a las comidas entre comidas –tres prácticas comunes en los Estados Unidos– lo que más contribuye a la obesidad.

La virtud de los franceses por disfrutar de los placeres gastronómicos sin caer víctimas de la obesidad –un mal definido como el exceso de 100 libras por encima del peso normal de la persona– que ya reclama el 30 por ciento de la población norteamericana, quizás deba ser motivo de estudio. Después de todo en América estudiamos todo y quizás este estudio nos dé alguna pista de cómo el pisto no afecta la acumulación de grasa en los franceses de la misma forma y manera en que afecta a los norteamericanos.

¿Cómo explicar el hecho de que en un pueblo que vive para comer, como el francés, no veamos el mismo nivel de obesidad que el norteamericano? Como todavía no contamos con un estudio que nos aclare la situación quizás sea de alguna ayuda enumerar algunas diferencias significativas entre estos dos pueblos:

• Moderación. En los Estados Unidos los restaurantes, en su gran mayoría, sirven porciones que en Francia estarían alimentando a una familia por varios días. En Francia, aun cuando ha habido alguna penetración por parte de los supermercados, la mayoría de las compras se hacen en pequeños establecimientos, en pequeñas cantidades, en muchos casos para suplir las necesidades del día y no las de una semana o mes.
• Balance. En Francia, las horas de comida se toman en serio, cerrándose negocios, ocupándose dos horas completas para ingerir la comida con tiempo suficiente, mientras que en los Estados Unidos algunos hasta se alimentan en su puesto de trabajo o, simplemente, frente a un televisor. De hecho, la semana de trabajo en Francia consta de 38 horas, lo que en muchos casos acumula un empleado en los Estados Unidos en tres días y, para sorpresa de todos, el país funciona.
• Ejercicio. En los Estados Unidos la recreación sedentaria opaca a la recreación al aire libre, mientras que en Francia los parques están llenos de gente jugando tenis, fútbol, en bicicletas, corriendo, caminando, en pura actividad.

En los Estados Unidos vivimos para estar a dieta, en Francia para disfrutar la vida; quizás ahí esté la clave, porque cuando se vive a dieta no se disfruta la vida.