El misterio sin resolver de un Don desconocido
Posted by Rissig Licha on 30 Jan 2005 at 05:48 am | Tagged as: Perspectiva
Las historietas policíacas han sido favoritas de lectores y entusiastas del estudio de los misterios y las complejidades de la criminalidad desde tiempos inmemorables. Este interés no respeta fronteras, épocas o costumbres. Sherlock Holmes, Charlie Chan, Sam Spade, Hercule Poirot, Nero Wolfe y hasta Juan Anguera, alias Flanagan, por mencionar algunos en diferentes tiempos y bajo circunstancias disímiles, han acaparado la atención del público por la astucia con que se las agenciaron para resolver casos de gran complejidad.
Miami, otrora base de operaciones para criminales tan notorios como Meyer Lansky y Al Capone, que sirvió además en los años 80 como la inspiración de Miami Vice, la serie sobre el narcotráfico que trajo a la atención del mundo los recursos y la tenacidad de los carteles importadores de drogas a los Estados Unidos de América, ocupa, una vez más, un importante sitial en las crónicas policíacas con su propio CSI Miami.
Pensar, sin embargo, que la criminalidad es sólo fruto de la imaginación de diversos escritores sería negar la existencia del propio fenómeno que acapara los espacios y tiempos de los diversos medios de comunicación día tras día y que, con mayor frecuencia se relaciona con una actividad criminal –el trasiego de drogas– que no reconoce fronteras y que es responsable, sólo en los Estados Unidos de América, de más de un 75 por ciento de una población penal mayor de tres millones de reclusos, la más numerosa en todo el mundo.
El negocio de las drogas en los Estados Unidos de América se estima en aproximadamente cien mil millones de dólares anuales, que resulta ser suficiente para saldar la deuda total externa de Argentina sin la necesidad de pedirle un descuento a sus acreedores.
Ese negocio multimillonario es el responsable de que a la hora de referirse a la problemática de la relación entre los Estados Unidos de América y la región latinoamericana uno de los principales referentes sea, por sobre casi todos los demás, el tema del narcotráfico.
Tanto es así que, en muchos casos, los apellidos más conocidos por residentes norteamericanos de personas al sur del Río Grande o Río Bravo suelen ser, gracias a la atención que reciben de los medios noticiosos, una especie de Salón de la Fama del narcotráfico –Ochoa, Escobar, Rodríguez Orejuela, Leder, Arellano Félix, Guzmán, y Noriega, entre otros. A éstos se les agregó antes de finales del año pasado otro aspirante al listado, el dominicano Quirino Paulino Castillo, quien fuera sorprendido por las autoridades policiales de la República Dominicana con un cargamento de más de 1,300 kilos de cocaína.
El caso Quirino ha sido catalogado por las autoridades norteamericanas como el tercero en importancia luego de Escobar y Rodríguez Orejuela. Ya la justicia de los Estados Unidos de América ha pedido la extradición del ex militar y en Santo Domingo se especula que junto a él serán procesados otros 60 ciudadanos dominicanos, entre ellos figuras relevantes de la administración pasada del presidente Hipólito Mejía e incluso de la presente del presidente Leonel Fernández. La Corte Suprema de Justicia de la República Dominicana verá la petición de extradición de Quirino el próximo 1 de febrero.
Lo que no han podido esclarecer los mejores criminalistas y para lo que se requiere un sindicato de detectives especialistas es cómo en los Estados Unidos de América, país en el que el 46 por ciento de la población mayor de 12 años de edad ha consumido al menos en una ocasión un narcótico ilegalmente, no existen carteles domésticos y capos norteamericanos a cargo del negocio.
En América Latina existen, entre otros, los carteles del Golfo, de Tijuana, de Cali y de Medellín. Y cada día conocemos los nombres de sus importantes cabecillas. Queda, sin embargo, sin resolver un gran misterio, la identidad del desconocido Don que encabeza el gran negocio del narcotráfico en los Estados Unidos de América y que parece intocable. El problema parece estar en que su identidad no es tan elemental como para que ni el propio Watson la conozca.
