Miami tiene razones de sobra para celebrar el cierre del 2004. La temporada ciclónica pasó sin que ninguno de los cuatro fenómenos que azotaron el estado la tocara. Las elecciones se celebraron sin los contratiempos de cuatro años atrás. Más residentes tienen empleo este año. Y la mejoría económica que disfruta América Latina y, con ella, los inversionistas de la región, ha tenido un impacto positivo en la economía de la ciudad.

El crecimiento regional ha sido estimado por el Banco Mundial en 4.7 por ciento. Ese repunte ha contribuido a resultados inauditos en las bolsas de valores de la región. De hecho, la Bolsa de Colombia ha sido la de mayor rendimiento en todo el mundo, duplicando su valor durante el último año, mientras que las de Chile, Perú, México, Brasil y Argentina han experimentado un crecimiento de no menos de un 23 por ciento.

Y, como si eso fuera poco, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos de América eliminó la retención automática de un 30 por ciento sobre las ganancias provenientes de las inversiones en fondos mutuos por parte de inversionistas no residentes en el país –vehículos de inversión en los que los latinoamericanos tienen invertidos cerca de cincuenta mil millones de dólares. Con ello, los ricos de la región tienen más dinero disponible para hacer mayores compras e inversiones.

La suma de estos tres fenómenos se ha traducido en una gran inyección para la economía local y su efecto en la comunidad de Miami es evidente. Centros comerciales a capacidad. Vuelos de las aerolíneas sin asientos vacíos. El tráfico en el aeropuerto cada día más activo. Los hoteles llenos. Un hiperactivo mercado de bienes raíces a precios nunca vistos.

Ese es el anverso de la moneda. La otra cara, el reverso, nos lleva a tomar en cuenta otras condiciones que pintan un cuadro poco halagador y que deben servir de agenda para el alcalde Carlos Alvarez y los comisionados del condado:

• El deterioro del tránsito vehicular y la ausencia de alternativas de transporte de pasajeros en masa que puedan aliviar el congestionamiento urbano, dificultando el flujo a través de la ciudad.
• La creciente obsolescencia del aeropuerto internacional para manejar el creciente tráfico aéreo.
• La multiplicación, como si fueran semilleros, de rascacielos de uso mixto, que comienzan a alterar el perfil de algunos bolsillos de la ciudad –Coral Gables, South Miami y Kendall, por mencionar tres que evidencian el mayor cambio y ponen a prueba la codificación y zonificación que rigen su desarrollo para evitar la creación de ghettos de cemento.
• La necesidad de fortalecer los incentivos fiscales, de recursos humanos, tecnológicos y académicos para poder seguir atrayendo más y mejores empleos a la ciudad.
• La falta de vivienda asequible para profesionales y matrimonios jóvenes.
• La creciente congestión en las escuelas que, ante la continua demanda de admitir nuevos estudiantes que se mudan al condado con sus familias, resultan insuficientes.
• La desaparición de áreas verdes y con ello el incremento en la contaminación y el ruido.

Al cierre del año estas dos caras de nuestra realidad deben servirnos para que, al momento en que brindemos por las bienandanzas, nos tomemos también un ratito para reflexionar sobre las tribulaciones que se avecinan, y como mínimo, nos comprometamos a darles prioridad en las resoluciones de aquello a lo que debemos prestarle atención en el 2005 para, con ello, ayudar a que Miami tenga un desarrollo sostenible.