En días pasados, mientras se celebraba la Cumbre Iberoamericana, un terremoto sacudió San José de Costa Rica, zarandeando a los jefes de estado que asistieron a la misma. Algunos de los mandatarios visitantes sintieron los efectos sísmicos, otros ni se inmutaron, aunque ocho personas resultaron muertas a consecuencia del sismo que registró una intensidad e 6.2 en la escala Richter.

Ese temblor, aunque desgraciado, es leve en comparación con el jamaqueo sociopolítico al que ha estado expuesto este país centroamericano tras ser acusados de corrupción no uno, ni dos, ni tres, sino cuatro ex presidentes en los últimos noventa días.

País rico en café, bananos y playas, el primero en el hemisferio en disolver las fuerzas castrenses, modelo de democracia y convivencia, para muchos la Suiza de América y, para otros, el país de las maravillas, con una alta escolaridad, bajo desempleo y un ingreso per cápita y estándar de vida superior al de casi todos sus vecinos latinoamericanos, Costa Rica era admirada en el exterior, codiciada por otros pueblos del hemisferio y fuente de orgullo de sus ciudadanos, casi todos sus políticos eran catalogados como estadistas, algunos hasta recibían reconocimientos como secretarios de organismos internacionales, como la Organización de Estados Americanos y el Foro Económico Mundial, y otros eran reconocidos con el premio Nobel de la paz.

Esa sintética descripción de este país de 51 mil kilómetros cuadrados está hoy seriamente cuestionada tras el encarcelamiento de dos ex presidentes y el posible encauzamiento de otros dos, no sólo por politólogos e historiadores, sino por el propio pueblo costarricense que manifiesta su desaprobación con un rechazo total a los partidos políticos y amenaza con dejar de acudir a las urnas.

Encuestas de diversa estirpe comisionadas por medios de comunicación costarricenses destacan que si las elecciones fueran hoy el absentismo electoral sería superior al 50 por ciento y, algunas, llegan a colocar esa cifra en más de un 60 por ciento. Esto en un país que tradicionalmente ha contado con una de las más altas tasas de participación electoral en el hemisferio, pero que ha sido conmovido constante, consistentemente y contundentemente por un escándalo tras otros.

Primero, cayó Miguel Angel Rodríguez. Presidente hasta el 2002, Rodríguez, que sólo llevaba días en su nuevo cargo como secretario general de la Organización de Estados Americanos, fue vinculado con un soborno de más de medio millón de dólares de parte de la empresa francesa de telecomunicaciones Alcatel y se vio forzado a renunciar a su cargo.

Segundo, le tocó a Rafael Angel Calderón, quien ocupó la presidencia hasta el 1994 y se vincula con la recepción de 520,000 dólares de comisiones de un préstamo del gobierno de Finlandia aprobado en el 2001 para la Caja Costarricense de Seguro Social.

Tercero, se acusó a José María Figueres, presidente hasta el 1998 e hijo de Pepe Figueres, creador del moderno estado democrático costarricense tras la guerra civil del 1948, a quien se involucra con otro pago, de parte también de Alcatel por servicios de consultoría ascendentes a casi un millón de dólares. Figueres, que aún no ha sido acusado formalmente, renunció como resultado del escándalo a su cargo como director general del Foro Económico Mundial con sede en Ginebra.

Cuarto, se señaló a Oscar Arias, presidente del país hasta el 1990 y premio Nobel de la paz en 1987, como el receptor de 1.3 millones de dólares provenientes del gobierno de Taiwan a través de la Fundación Arias para la Paz. Tampoco ha sido acusado formalmente.

Las acusaciones a los cuatro ex mandatarios ha servido además de para socavar la imagen de los partidos políticos para afectar la imagen del presidente actual, Abel Pacheco, así como la gobernabilidad, pero lo que más ha afectado es la imagen, reputación y posición en la comunidad de naciones de un país que hasta ahora era impoluto y que, todavía no sabe cuándo, cómo y con quién habrá de ponérsele punto final a la ráfaga de revelaciones que amenazan su propia estabilidad como pueblo gracias a un escándalo tica que se extiende sin fin aparente y que pone a prueba la fortaleza de sus instituciones.