El morbodismo de los noticeros

Escrito por Rissig Licha 10 Apr 2014 | Sobre: Blogs

SANTO DOMINGO—La revolución tecnológica responsable por la omnipresencia de la Red en nuestras vidas ha cambiado irremediablemente el comportamiento, los formatos, los protocolos y el contenido del ofrecimiento informativo que los medios de comunicación diseminan a sus audiencias. La necesidad de tener disponible contenido, sin hiatos ni pausas–24 horas del día, los siete días de la semana, año tras año–impone, sin lugar a dudas, un frenético ritmo editorial por refrescar ese contenido con el afán y objetivo de poder seguir atrayendo seguidores para, así, impactar favorablemente los ratings de teleaudiencia del canal.

Ese insaciable apetito por la atención del público, a como dé lugar, no importa el medio que se emplee, es el que lleva a los medios a recurrir a las más extremas expediciones para llenar espacio y ocupar tiempo. Culpables de ese delito son tanto los medios impresos como los electrónicos aunque, a decir verdad, los más reincidentes y recurrentes suelen ser estos últimos, los mismos que han forjado un maridaje entre el cinéma vérité y el morbo para crear una cobertura sin fin en sus noticeros. [Noticero Advertencia: No busque esta palabra en el diccionario de la Real Academia Española. Es una palabra original del autor cuyo significado es: 1. Adj. Que no da noticias. 2. m. y f. Persona que no da noticias por oficio. 3. Programa de radio o de televisión sin noticias. 4. Mensaje digital carente de importancia.]

El empleo de las técnicas del cinéma vérité que en el siglo pasado revolucionó el giro documental en los noticeros sumado a la pérdida del rigor editorial y a la necesidad de mostrar mejores ratings de teleaudiencias, son los responsable por el ofrecimiento, poco importa del canal que se sintonice pues todos lo hacen, de la cobertura hasta la saciedad de un asunto, evento o tema que no parece tener fin hasta que el televidente, enervado por la monótona cobertura de obviedad tras obviedad y elucubración tras elucubración, no puede contenerse más y decide ponerle fin a la sintonía de ese ofrecimiento e ir en busca de otro contenido porque ya el morbodismo colma su paciente y borrego apego a la transmisión sinfín del mismo contenido. [Morbodismo. Advertencia: No busque esta palabra en el diccionario de la Real Academia Española. Es una palabra original del autor cuyo significado es: Morbodismo. 1. m. Captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades con el objetivo de resaltar el morbo a través de la continuo destaque de acontecimientos desagradables en los medios de comunicación. 2. Tendencia periodística en la que priman artículos o reportajes divagantes sin una razón clara y sin una explicación definitiva que no sea la de exaltar el morbo y apelar a las emociones del público]

Ejemplos de morbodismo se nos presentan a diario. Muestras abundan. Columbine. El vuelo MH 370. El Fuerte Hood. Y, como si esos sucesos no fueran suficientes, esta semana, en España, la misma en que en las Cortes debatía las exigencias de algunos partidos políticos catalanes de, en claro desafío a la Constitución, celebrar un referéndum sobre la independencia de Cataluña de la monarquía democrática parlamentaria, creada en 1998 tras la muerte de Franco, TVE como Antena 3, dedicaban largas horas de transmisión a la búsqueda de los restos de Marta del Castillo, la adolescente que desapareció de su hogar en enero del 2009, murió a manos de Miguel Carcaño y cuyo cadáver ha sido objeto de más de cinco años de búsqueda sin éxito. El morbo vende. Por ello, lo emocional desplaza lo esencial y los televidentes cual un rebaño de ovejas elevan los ratings cuán si fueran un suflé.

Diversos programas periodísticos retomaron la noticia de Marta del Castillo con una impresionante plantilla de expertos. Forenses. Criminólogos. Policías Científicos. Psiquiatras. Psicólogos. Patólogos. Periodistas policiacos. ¿Qué provocaba tanta alharaca periodística? El anuncio por parte de la Policía de que iban a escavar en una escombrera en la comunidad sevillana de Camas, con el propósito de ver si se encontraban en ese lugar los restos óseos de la joven desaparecida, abrió la puerta para que todos centraran su atención en el solar a las orillas del Guadalquivir.

Uno como el otro, con poca variación, fijaba sus cámaras en la excavadora mecánica que descalzaba la escombrera. Los presentadores, fieles al pericodismo, moderaban el relato de los diversos personajes que formaban el panel de expertos siguiendo el libreto que un productor había dictado. [Advertencia: No busque esta palabra en el diccionario de la Real Academia Española. Es una palabra original del autor cuyo significado es: Pericodismo (Del dim. de Pero, Pedro) m. 1. m. Captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades con el fin de engatusar a las masas mediante la grosera utilización y manoseo de la información a través del cuento.2. m. Estudios o carrera de pericodista.]

La plática en el plató se centraba en analizar todo cuánto le era posible idearse a los participantes: desde cómo había funcionado el Potencial Evocado Cognitivo (P300) o “test de la verdad”, un examen que en el que se perciben respuestas eléctricas del cerebro que constituyen un indicador neurofisiológico del procesamiento cerebral subyacente a un estímulo dado, que se le había suministrado días atrás a Miguel Carcaño para dar con la escombrera objeto de la búsqueda hasta cuál habría de ser el estado anímico de los padres de Marta del Castillo—Eva y Antonio, así como del abuelo, José Antonio Casanueva—sin dejar de pasar revista sobre el perfil psicológico de Carcaño.

“No me puedo imaginar lo que están pensando y sintiendo sus familiares pues, yo, desde que me enteré de la decisión de proceder a buscar los restos en ese lugar, he sentido gran ansiedad”, decía una de las pericodistas. El psiquiatra o el psicólogo, ya después de un rato ni se distinguía el uno del otro, terciaba con una opinión experta: “Bueno, eso es algo normal en una situación como éste después de tantos años de espera sin tener una noticia definitiva de dónde están los restos de su hija y nieta”.

Ese tipo de dialogo seguía por horas, interrumpido cada cierto tiempo cuando el productor, de seguro, a través del monitor de oído del pericodista le indicaba que fuera a la reportera o reportero que in situ narraba lo mismo cada vez que intervenía: “Lo único que te puedo decir es que la excavadora sigue en su faena y todavía no alcanza de encontrar los restos de Marta”. Tal fiel al guión, uno de los expertos, intervenía para decir “esto de seguro que ha de aumentar la angustia de todos por ponerle fin a este asunto”.

Por fin, al menos así creían todos, la pericodista presentadora daba cuenta de que, “efectivamente se han encontrado en los escombros restos humanos que pueden ser los de Marta del Castillo”. El propio abuelo de Marta, José Antonio, quien se ha convertido en una figura mediática, pues acostumbra dar conferencias de Prensa, lo confirmaba “Ojalá sea ella. Estamos preparados para todo y no podemos lanzar las campanas al aire hasta que no se certifique, pero si no son continuaremos buscando“. El abuelo apenas había acabado su relato cuando sin ton ni son, la pericodista pasaba a preguntarle al patólogo cómo era que se iban a identificar los restos. “Ese es un proceso que ha de tomar semanas puesto que requiere un análisis de la ADN para determinar si, en definitiva, son los de Marta del Castillo”. Así seguía la cobertura, en directo, desde Camas para todo el mundo de una excavación que, al igual que otras búsquedas famosas de notorios desaparecidos han resultada infrucutosas. Basta con recordar a Jimmy Hoffa, el sindicalista norteamericano, cuyo paradero es desconocido desde el 1975.

A la postre, tras horas de tener la atención de la teleaudiencia centrada en Camas, llegaba la noticia de que eran restos humanos pero que no eran los de Marta. A los gestores de los noticeros poco les importaba. De hecho, ese descubrimiento resultaba favorable. No terminaba el morboreportaje, sino que como una serie por entrega, tendría un mañana. El tan famoso, “stay tuned”, siga en sintonía, seguía vigente. Viviríamos para otros día sintonizar otro morboreportaje. [Advertencia: No busque esta palabra en el diccionario de la Real Academia Española. Es una palabra original del autor cuyo significado es: Morboreportaje 1. m. Trabajo periodístico, cinematográfico, etc., en el que prima el morbo]

Desgraciadamente, el destaque del morbo, se ha convertido hoy en una de las más acudidas técnicas televisivas para captar la atención de un público que, poco se sabe si es por costumbre o resignación le da audiencias en números superiores a los que, por lo general, alcanzan con sus telediarios. En consecuencia de ello, hoy resulta tener más vigencia que nunca, la sentencia que hace más de un siglo atrás hiciera sobre el giro el gran crítico social inglés Oscar Wilde: “El periodismo justifica su propia existencia por el gran principio darwinista de la supervivencia de la vulgaridad”

Hoy, esa vulgaridad expresada a través del morbodismo reina cada día más en nuestros noticeros. Así será hasta que lo seguidores de esta derivación del amarillismo periodístico de otra era determinen que le llegó la hora a tanta obviedad y bobería y se dé cuenta que lo más morboso de todo es que no se ha dado cuenta de lo tonto que es al seguir absorto la cobertura que le sirve el morbodista de turno vía cualquier noticero. [Advertencia: No busque esta palabra en el diccionario de la Real Academia Española. Es una palabra original del autor cuyo significado es: Morbodista. com. Persona dedicada en un periódico, en un medio audiovisual o en cualquier medio digital a tareas literarias o gráficas de información o de creación de opinión a través de la diseminación de obras en las que prima el morbo].

¡Es hora de demandar menos morbodismo, menos pericodistas, menos noticeros y más periodismo, más periodistas y más noticieros! No hacerlo ha de condenarnos a continuar siendo presas del pobre contenido que hoy afecta una vieja profesión que parece estar viciada por las prácticas de otra más vieja, la prostitución.

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