Una sopa de letras con más paja que grano
Escrito por Rissig Licha 14 May 2013 | Sobre: Blogs
SANTO DOMINGO—El siglo XXI se caracteriza por la impresionante capacidad de comunicación que las nuevas tecnologías han puesto al servicio de los cibernautas de todas las sociedades interconectadas. La Red, una especie de Internacional Tecnológica, permite hoy un flujo de información casi instantánea a más de una tercera parte de todos los habitantes del planeta. La información llega y llega, ¡ya!, muchas veces sin la necesidad del filtro editorial de una gran empresa mediática. Eso sí llega de todo: lo útil, lo inútil, lo sutil y hasta lo cerril. En definitiva, llega tanto grano como paja y, a decir verdad, en este esfuerzo la paja puja más que el grano y, como consecuencia, más paja que grano encontramos en el guiso comunicacional que se sirve a diario en la mesa de la blogosfera.
Esa paja se devela a través del gran volumen de necedades, improperios y mensajes fallidos que circulan y que, atento a la inmediatez y alcance del internet, magnifican su impacto y ponen al descubierto cuánto desconocimiento, improvisación y mala praxis comunicacional impera en el uso de las nuevas tecnologías. El relativo libre acceso de cualquier cibernauta a la Red—aún cuando cabe recordar que hay gobiernos de todas las coloraciones ideológicas que limitan, censuran o amenazan con censurar la libre expresión a través del internet—permite que desde lo inocuo hasta lo impúdico sin dejar de pasar por lo vulgar, ya sea verbal como gráfico, circule. En virtud de ello, nos asedian con fotos de grasientos platos, menajes sin ton ni son y, una que otra vez, con el gran papelón.
No hay un entorno dónde ello sea más prevaleciente que en el campo político. Sí, los políticos que gracias a la Red, al fin, cuentan con un medio propio—ya sea a través de Twitter, Facebook, Ted o Pinterest—sin filtros editoriales para comunicarse con sus electores están entre los más pobres comunicadores del siglo digital. ¿Por qué? Les pasa lo mismo que a los publicitarios que creen a ciegas en dos absolutismos ancestrales que no tienen ni cabida, ni efecto en la era digital: 1) la dependencia en la masificación de la audiencia, más es mejor y 2) si lo digo yo, es porque es importante, independientemente de lo que diga y qué credibilidad tenga pues, después de todo, lo dije yo.
Por ello no debe extrañar por qué el discurso público del liderato político cada día es objeto de mayor descredito por las falencias comunicacionales de la dialéctica que impera en tantos pueblos mas, lejos de tener su raíz en la Red y en las falencias de sus equipos de comunicación en el manejo de todo lo digital, tienen su origen en tres factores claves: 1) una fallida lectura del sentir popular, 2) una peor estrategia de comunicación y 3) unos mensajes que, en el mejor de los casos, dejan mucho que desear pues o no dicen nada o dicen lo que a nadie le importa o circulan a destiempo.
El discurso público de hoy se caracteriza, en casi todos los pueblos democráticos del planeta, por una serie de monólogos sectarios que poco suman a un dialogo colectivo. Ello atenta a la creación de grandes consensos sociales creando cada día una brecha mayor entre lo que pide y espera el pueblo de la clase política y la respuesta que éste recibe, tanto desde Palacio oficial como desde la trinchera insurgente. Tan prepotente es aquel que está en el poder como el otro que está tras el poder. “Yo sé lo que hago”, dice uno y, claro, el otro, riposta, “yo también”. Más equivocado no puede estar tanto el uno como el otro pero ni el oficialista, ni mucho menos el insurgente da su brazo a torcer.
Atento a ello, la verbalización del accionar de uno y de las propuestas del otro, poco suman a un mejor estado de cosas en todo aquello que tiene que ver con las cosas de Estado. Por ello, no hay por qué extrañarse si, en definitiva, el pueblo indignado y frustrado por la falta de respuesta a sus reclamos pierde fe en el sistema y condena, de forma sumaria, a la democracia como un vehículo ineficaz para satisfacer los reclamos populares. Al fin, eso es lo que ha motivado a muchos a sumarse a la amorfa masa de indignados que como perros realengos deambulan por los bulevares y avenidas de ciudades, pueblos y villas en busca de una respuesta a su situación.
Ese tóxico caldo de cultivo es de la autoría de las cocinas partidarias que siguen sacando plato tras plato de propaganda que lo único que confirma cada día es la propia incompetencia de esta nueva generación de exponentes de la cocina de autor de satisfacer no ya el paladar sino el estómago del pueblo. Y, como ejemplo de la gastronomía política rancia, no hay mejor ejemplo, aunque muchos cualifican para citarles, que el de la Madre Patria. Sí España la misma que se vanagloria de los manjares de Ferran Adrià, los hermanos Roca sin dejar fuera a Martín Berasategui, es la que misma que se atraganta con los guisos propagandísticos del fogón Partido Popular (PP) de Mariano Rajoy en Génova 13 y el del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Alfredo Rubalcaba en Ferraz 70. Para muestra, solo basta ojear los últimos sondeos de la opinión pública del Centro de Investigaciones Sociológicas de España (CIS).
Por vez primera, según destaca El País, en más de tres décadas de alternancia en el poder los dos partidos principales de España suman una intención de voto menor al 60 por ciento del electorado—un derrubio significativo si se le compara con la cifra alcanzada en los comicios del 2008 en el que ambos se llevaron el 83.8 por ciento del voto. Indudablemente que muchos analistas han de señalar que esa caída es producto de la crisis económica que le ha tocado sortear a ambas colectividades. Y, sí, la crisis ha tenido mucho que ver, mas no se puede obviar cuál ha sido el manejo comunicacional de esa crisis por ambos partidos.
Rajoy, quien barrió las generales del 2011 con una mayoría absoluta en el Congreso, logró ese resultado ante la imposibilidad de una respuesta adecuada del PSOE de José Luis Zapatero y de su delfín Rubalcaba a la crisis económica. Un discurso público que primero negó la crisis y luego pronosticó unos “brotes verdes” que nunca llegaron le valió una gigantesca factura electoral al PSOE que todavía le cuesta caro al partido rojo pues aun con el continuo deterioro del paro, si bien el PP ha perdido el favor de muchos, aún mantiene una ventaja sobre el PSOE que sigue en picada sin visos de tocar piso.
El PP y, particularmente, Rajoy no han sabido manejar la comunicación de la crisis. No han explicado bien al pueblo el porqué de su accionar. Amparándose en su mayoría absoluta ha actuado—e independientemente de que lo que ha hecho era lo único que podía hacer bajo las circunstancias para evitar un peor desenlace—no ha sabido exponer las razones que obran tras el accionar oficial y, lo peor de todo, ha mostrado poca empatía en el mensaje público de que entiende y comparte la preocupación, carencias y sacrificios que sufre el pueblo.
Rubalcaba tampoco ha navegado las aguas de la crisis con mejores vientos. Heredero de un lastre que ni de balasto sirve para la embarcación socialista ha articulado un mensaje, tal cual no hubiera sido el segundo de a bordo de la nave de Zapatero, en el que ofrece un plan alternativo al de Rajoy y el PP—que es, después de todo el impuesto por la Unión Europea desde Bruselas—que obvia cualquier responsabilidad del PSOE en el naufragio de la economía española que ya ha sumado más de 6 millones de parados.
Esos dos guisos, el primero ralo en sustancia y el segundo repleto de especias rancias, son los que no se ajustan a las aspiraciones del paladar electoral español que anda en busca de otro fogón que mejor satisfaga las papilas del catador común. No reclaman las nuevas creaciones de Adrià ni los diversos ofrecimientos de los Roca ni tampoco los manjares de Berasategui, lo único que piden es que al pan se le diga pan y al vino, vino y, que en definitiva, a la mesa llegue más grano y menos paja. Pero, para ello, tanto el PP como el PSOE tienen que variar su oferta comunicacional, pues hoy su sopa de letras tiene más paja que grano.
