Sofía, ¡Es hora de que aprendas de Mafalda!

Escrito por Rissig Licha 07 Dec 2014 | Sobre: Comunicaciones, Propaganda, Publicidad, Elecciones, Reformas, Gobierno, Educación, Chile, Bachelet, Sofía aprende con todos, Guillo, Bastías, Mafalda

MIAMI—Sofía aprende con todos. Sí Sofía, una Sofía sin patronímico, simplemente Sofía, la protagonista de una viñeta creada por Guillo—Guillermo Bastías un humorista gráfico—tiene a todos comentando si en definitiva su creación es un cómic oficial, de oficio u oficiosos para solventar una de las reformas—la educativa—que mayor deterioro ha ocasionado a la figura de la Presidenta Michelle Bachelet en Chile.

El pasquín, con un costo de 120 millones de pesos chileno o alrededor de US$200 mil, ha avivado la discusión sobre cuál es la diferenciación entre lo que es información, publicidad o propaganda que, aunque todas son gestiones de comunicación, al igual que el limón, la naranja y la toronja que, aunque cítricas, al someterlas a la valoración crítica de Sofía, en la definición popular de su apelativo que concita sabiduría, ingenio, ciencia y saber, no son ni iguales ni lo mismo.

La Sofía de Guillo, una precoz niña de edad escolar, es el más reciente esfuerzo del gobierno de Bachelet, por recobrar la credibilidad, confianza y conexión con una ciudadana que la catapultó al poder en diciembre del 2013 con más de un 60 por ciento de aceptación electoral y que hoy, doce meses después de ese resonante triunfo no alcanza un nivel de aprobación ni siquiera del 40 por ciento del electorado.

Muchos no entienden y muchos más no quieren entender cuáles son las razones por la cual Bachelet, que siempre ha contado con el afecto, cariño y simpatía de las mayorías ciudadanas en Chile hoy ve su capital político desgastado y en necesidad de urgente reforma a tan solo nueve meses de tomar nuevamente las riendas del Gobierno de La Moneda. Otros no entienden cómo es posible que el Estado sufrague el costo de una viñeta de propaganda disfrazada de comunicación oficialista sobre las bondades de la reforma educacional que todavía se debate en el Congreso.

El cómic de Guillo es hoy, ni más ni menos, la caricatura misma de la reforma en cuestión y de la propia gestión de Bachelet pues lejos de fomentar una reflexión saludable sobre los méritos o deméritos de la propuesta está promoviendo un ácido debate público sobre si la viñeta es un cómic oficial, de oficio u oficioso o, peor aún, pura propaganda con un solo objetivo: el de movilizar a la opinión pública tras la propuesta, entrampada en el Congreso pese a la mayoría con la que cuenta la coalición de la Nueva Mayoría en el poder, que cada día atrae más críticas que aplausos.

“Yo no entiendo la Reforma”, profesa la madre de Sofía en la historieta. La oposición tampoco. El pueblo menos. Entonces, si tantos no entienden la reforma es, ¿A través de un cómic?, que van a iluminar y lograr el endoso de un pueblo que más que no entender la reforma, no entiende varios de los planteamientos de la reforma, entre éstos: Cómo si el estado de la educación en Chile está en estado tan crítico y requiere un mayor grado de apertura para posibilitar una mayor inclusión social, ¿Por qué la reforma pone su atención inicial exclusivamente en el sector privado y soslaya al sector público que es el que más alumnos tiene en matrícula?

Ese hecho y otros más apuntan, según muchos de los críticos de la propuesta, que la reforma educativa es una andanada de corte ideológico que si bien estaba de alguna forma expresada de forma codificada en el programa electoral de la Nueva Mayoría, el voto que posibilitó el regreso de Bachelet a La Moneda no fue, en sí, un voto por “ésta reforma”. Una cosa es preguntarle al electorado si cree que la educación debe de ser reformada para mejorarla y otra es imponerle algo que no le ha sido bien explicado cómo ha de mejorarla. Y quizás, en definitiva, es por ello, que muchos, entre éstos la mamá de Sofía, no entienden.

La disyuntiva de la Administración Bachelet y, hasta cierto punto, la confusión sobre qué hacer tiene que ver, sin lugar a dudas, con la comunicación. En primer lugar, se trató de dar la impresión que la propuesta presentada por el Ministerio de Educación meses atrás, en medio de la discusión de otra controvertible medida—la Reforma Fiscal—contaba con gran apoyo popular. Segundo, nunca se explicó bien. Y, tercero, ahora resulta que es el pueblo chileno, el que, igual que la mamá de Sofía, “no entiende”.

Difiero. Los que no entienden parecen ser los comunicadores oficiales que han olvidado que la realidad percibida, es decir aquélla que reside en el ideario popular producto de la valoración subjetiva que cada uno ha hecho sobre la reforma, es algo tan natural sobre cómo ve cada cual la llegada de cada día.

El gobierno chileno ha perdido de perspectiva el hecho de que tanto un brillante Sol como un cielo encara nublado más que alumbrar o nublar el inicio de otra jornada aviva el albor de informaciones, reflexiones y aseveraciones sobre ese acontecimiento que más temprano que tarde impactan cuál ha de ser nuestra percepción sobre la cotidianidad.

Pocos minutos después de la llegada de un nuevo día poco importa cuál fue el clima que imperaba en la alborada pues, en función de la alharaca que provoca su discusión, en más casos que uno, la valoración de la brillantez desmedra cualquier claridad para convertirla en una opacidad producto de la percepción que ha sido tejida por el discurso público, algo que en el caso del gobierno chileno ha sido fallido y no sólo por un pobre discurso oficial, sino por las falencias de la propia propuesta.

No son pocos, particularmente aquéllos que ostentan el poder, los que equívocamente, como parece ser el caso del aparato político de Bachelet, creen que la comunicación de una idea, punto de vista o proposición importa más que el propio germen intelectual que usufructúa la iniciativa oficialista y que es por ello que ha fallado en allegarse adeptos la reforma educacional. Claro, pensar lo contrario, sería aceptar que la reforma en sí es una idea malparida y ello sería un acto de auto inculpación de los padres de la criatura.

Por ello, escuchamos lo que ya hemos escuchado de otros labios oficialistas—de izquierdas, derechas y hasta del centro—lamentaciones sobre la valoración popular de sus acciones. “No nos entienden” o “No saben qué hacemos o pretendemos” son las más acudidas a la hora de buscar una justificación de por qué una iniciativa política, un programa de Gobierno o una gestión oficialista logra poca o ninguna aceptación de parte de la Sociedad Civil. Y, sin pausa, el dedo acusador sobre quién o quiénes son los responsables por el tenebroso cuadro de la situación política señala, acusa, juzga y sentencia como culpable del entuerto oficialista al aparato comunicacional. “La comunicación no ha sido efectiva”. “Necesitamos comunicar mejor nuestros programas”. “En comunicación hemos fallado”.

Esas explicaciones amén de ser injustas resultan ser la mar de simplistas. Injustas porque una mala iniciativa, pobre actuación o fallida propuesta es imposible de maquillar comunicacionalmente para hacerla más atractiva al ciudadano de a pie. Simplistas porque los que así reaccionan, lejos de ir al fondo de la problemática prefieren mirar al costado, negando la realidad que tienen ante sus ojos de que, en efecto, lo que sí puede estar viciado o malnacido es la propia iniciativa, actuación o propuesta del Gobierno. O que, al tratar de ir a contramano de aquello que importa a la opinión pública, no toman en consideración la reacción popular. Ni que todo tiene su tiempo. Pierden de perspectiva que en el estío la sopa fría es más apetecible que en invierno e insisten en servir un gazpacho, poco importa cuán sabroso, en medio de una helada.

Negar que la comunicación impacte la forma en que se percibe un proyecto político sería igual de naif, erróneo e inconsecuente. La comunicación importa. Pero de ahí a pretender que resuelva entuertos de administración y gestión de lo público dista mucho de la realidad. Por ello, al igual que la mamá de Sofía, yo, tampoco entiendo la torcida estrategia reformista de un gobierno que, según las encuestas, pocos ya entienden y poco han de entender simplemente por la explicación que pretende Guillo transmitir a través de Sofía.

El esfuerzo comunicacional de una política poco compartida parece ser más serio que materia para un cómic oficial, de oficio u oficioso. Es, ni más ni menos, una trágica caricatura comunicacional que bien debiera ser objeto de consideración y reflexión por los comunicadores oficialistas, quiénes quizás deben de prestarle mayor atención al consejo de otra precoz niña austral—Mafalda—cuyo razonamiento bien pudiera servir de ayuda a Bachelet para salir del laberinto de su propia creación: “Claro, el problema de ser presidente es que si uno se pone a resolver problemas de estado, no le queda tiempo para gobernar”. Por consiguiente, Sofía, la lección de hoy y tarea para mañana no es otra más que: ¡Es hora de que aprendas de Mafalda!

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