Cine de salida

Escrito por Rissig Licha 26 Aug 2014 | Sobre: Blogs, Cinema, Redes sociales

MIAMI—La búsqueda de la plaza ideal para saborear en lo particular aquello que compartimos en lo colectivo solía ser parte de la peregrinación hebdomadaria en anticipación de ese sábado de cartelera que hoy es una mera ilusión. Era toda una cruzada. Santa para algunos, sagrada para otros. Noche de ensueño para todos los feligreses congregados en el Templo Mayor de los fieles a la magia de los Lumière. Creyentes, cándidos y escépticos acudíamos, todos, en busca de esa justa medida que nos posibilitaba disfrutar de la soledad en sociedad, tratando de lograr el equilibrio entre lo posible y lo probable vía la fusión entre lo ideal y lo real que es capaz de proyectar en alta definición tridimensional el cinema de la imaginación de cada cual. Era la noche de cine.

Ese peregrinaje sabatino era el evento de interacción social por excelencia —tanto en ciudad, como en el pueblo o en la villa. Mansos y cimarrones marchábamos a la sala para fantasear en compañía de toda la cofradía de la comarca que por costumbre y preferencia nos solía acompañar. En la oscuridad de la sala Dabas la Vuelta al Mundo en 80 días, profesabas tu fe en los Diez Mandamientos, anticipabas la llegada de Bienvenido Mr. Marshall y avivabas la lujuriosa testosterona de una adolescencia anticipatoria con Tuya en septiembre. A la salida la panadería del lado seducía con el inconfundible aroma que emanaba de sus hornos. Dos barras de pan y a casa para disfrutar con chocolate caliente antes de acostarnos para reproducir en los sueños la realidad que en celuloide habíamos ya digerido.

Ese mundo, esas experiencias que hoy aloja la hemeroteca del siglo XX, no tiene cabida ni se ajusta al régimen social de un siglo XXI que si bien, se caracteriza por la afluencia e influencia de las redes sociales no deja de ser un mundo que da muestras cada día de ser menos sociable. No hace falta un boleto de entrada al próximo film para darse cuenta de esa cruel realidad. No hablamos en persona. Apenas lo hacemos por el celular. Preferimos chatear. Como si la voz fuera tan letal com el virus del Ébola. Es más sanitario, más distante y, consecuentemente, más impersonal wasapear. Como no hay contacto humano directo—ya que la escritura es una abstracción humana—es como el film Sin Compromiso.

La cartelera de cine del sábado era gallo de otro cantar. Era todo un compromiso. Por eso, hoy, en la era en la que el entretenimiento vía sistemas de cablevisión y la conexión a Netflix lapidaron el cinema de alquiler de Blockbuster, el cinema en sala es un pájaro en peligro de extinción. Vuelan plagadas por un mal que, sin lugar a dudas o equivocaciones, exacerban los empresarios de las escasas salas de proyección que todavía siguen abiertas en espera. No tienen una hoja de ruta fija. Mas no hay dudas de que más temprano que tarde ha de aparecer en sus pantallas las tres fatídicas letras que han de concluir su proyección: FIN.

Si abrigaba alguna duda de ello, ayer pude comprobar que los empresarios cinemáticos de hoy se han transfigurado en los enterradores de la tradición celuloide pues, de la forma en que gestionan el negocio, en vez de animar el futuro de las salas de cine su accionar no hace más que malversar aquello que, desde chico tanto atesoro. El Cinema Paradiso de ayer ha dado paso a La noche de los muertos vivientes.

Fue una experiencia sin paragón como debía ser, máximo si el emporio cinemático elegido se llamaba, nada más ni nada menos, que Paragón. Al llegar al aparcamiento soterrado una dispensadora automática nos sirvió el boleto de estacionamiento. Subimos a la taquilla. No había taquillero, un cartel nos daba cuenta de que al boleto se accedía accionando el ordenador del vestíbulo. Compramos electrónicamente las taquillas. Subimos los escasos escalones. Llegamos a la entrada del teatro. No había taquillero. Nadie nos paró. Entramos como Pedro Almodóvar por su casa. Y seguimos por intuición a la sala de proyección. Queríamos Volver.

Alcanzamos llegar a la sala 11. No había acomodador. Nos sentamos dónde se nos antojó. Poco a poco llegaron otros. Cada uno se sentó. Y, sin ton ni son, comenzó el film. “The Hundred-Foot Journey”. Terminó el fin. Validamos el boleto de estacionamiento en un dispositivo a la salida. Bajamos al aparcamiento. Llegamos a la caseta de pago. No había cajero. Pagamos electrónicamente. Fin de una experiencia de dos horas y media sin paragón; una que resultó ser más escalofriante que El Exorcista y más deshumanizante que 1984.

La falta de interacción social en el santuario en el que años atrás grandes y chicos se congregaban para interactuar algo que, hoy, no estaba en el guión. No es el cine que cautivó mi ingenua atención desde mi niñez. No, volver a ese cinema tomaría más de Veinte mil leguas de viaje submarino. Y, ¿Es así que pretenden atraer mayores espectadores a los tabernáculos del Séptimo Arte? Aquéllos que así piensan obvian que si vivir en sociedad no es fácil más difícil resulta vivir en soledad. Por ello, es con pena que hay que reconocer que el fascinante cinema de ayer está a Cien pies de distancia del cinema de salida de hoy. Pero, quizás fue que ayer no era el día de la Fiebre del Sábado en la Noche. En fin, sábado o no, fue un día de nostalgia de un cine que hoy no es más que fiel a El Retrato de Dorian Gray.

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