Puerto Rico, al ritmo del Bugalú

Escrito por Rissig Licha 19 May 2015 | Sobre: Twitter, Facebook, Impuesto, Churchill, IVA, IVU, Santa Cló, Shakespeare, Seis Chorreao, Bhatia, Perelló, Isla del Encanto, PPD, PNP, Pierluisi, Bugalú

MIAMI—La realidad supera la ficción. Sin una, la otra, huelga. Juntas, el maridaje engendra un sinigual entorno. Un estado que abraza, tanto el consciente como el subconsciente, para crear desde lo corriente hasta lo procedente y, en algunas raras ocasiones, aquello que llega hasta parecernos trascendente. Entretejiendo un entorno en el que la cotidianidad sólo puede describirse como el más fiel exponente de la indefinición. Algo así como la parisina hora azul. Ni clara, ni oscura, sino claroscura. Una fusión capaz de crear el espejismo perfecto de una obra en la que nada es real, ni tampoco virtual sino, más bien, un tanto surreal y que, además, para fortuna de los amantes del teatro, se encuentra en escena, según da cuenta la cartelera en un musical que la marquesina del teatro identifica como: “Puerto Rico, al ritmo del Bugalú”.

La prima opera de la dramaturga Purificación de las Virtudes Patrias, oriunda de Hormigueros, el Pueblo de los Milagros, es una obra de cinco actos, como el Romeo y Julieta—de Shakespeare y no el que Churchill atesoraba entre bocanada y bocanada de su preferido Habano antillano—que, a diferencia de la tragedia que cobró la vida de dos representantes de los poderes fácticos de Verona, parece más a una telenovela con banda sonora que una obra de teatro tradicional toda vez que sus actos son presentados por goteo, uno cada día, en una maratón histriónica sin precedentes que deja al elenco al borde de la demencia y a la audiencia extenuada y delirante con las vicisitudes de una gran tragedia.

Primer acto. El país al borde del cierre. La Isla, inundada de bonos chatarra. El Estado Libre Asociado a punto del impago. Miles de empleados públicos a un paso de tener un pie en la calle. El gobernador citando a Gandhi por aquello de que Bhatia en el Senado le entienda y Perelló en la Cámara le aplauda. La Legislatura popular con más traidores—Seis Chorreaos—que la Última Cena. La minoría novoprogresista ejerciendo su oposición, como los monjes, a través de un Voto de Silencio. El pueblo, a la busca de un profeta que le saque del Desierto de la Desesperación. El cepillo de Hacienda buscando impuestos a un ritmo que, de seguro, ha de asegurarle un Guinness—sin cabeza de perro—y hasta quién sabe si una mención en “Ripley´s Believe it or Not”. La tramoya presta a develar múltiples escenas evocadoras de las Pinturas Negras de Goya—el que pintaba bodegueros y no la marca del bodeguero que hizo famosa la frase “si es Goya tiene que ser bueno”.

Segundo acto, Pocas horas después de atragantarse la sopa de letras fiscales—de Hacienda y no de Justicia—el oficialismo echa un pie al ritmo del Bugalú—que si IVA, que si IVU—para celebrar que el Reino Fiscal imperaba ya de Jájome hasta Yuquiyú. Cambio de escena. La Capilla del Cristo aparece disfrazada de San Pedro. Tan rápido fue el cambio que todavía ni siquiera habían contado los votos del Colegio de Cardenales de la Pava Popular en San Juan ni recibido la bendición de Francisco en El Vaticano. Aun así pretendían hacer creer a todos que el humo que apercibían los boricuas en el horizonte era blanco como la guajana del cañaveral y no negro como el dióxido de carbono que emite la cañería de cualquier destartalada chatarra callejera. Al fin de cuentas, el guión nos da cuenta de que Santa Cló había llegado a la Cuchilla o acaso ¿era Zaragoza? Poco importaba. Traía en sus alforjas cuentos para todos de cómo iban a cumplir su promesa y saldar sus cuentas. Tarareaba un pegajoso villancico. “Ayer estaba hecho con los cupones y, hoy, se me hizo con el IVU”. La Navidad había llegado. Con güiros y maracas pretendían acallar a los fondos buitres que le esperaban a la puerta de Hacienda vociferando a mandíbula batiente, “aquí, lo que importa, es el cash”.

Tercer Acto. La Orquesta del Festival Casals, con pompa y decoro, entona la Novena de Beethoven, la Oda de la Alegría, en honor no de Ricardo Alegría y su colección de Santos sino para celebrar el fin del purgatorio fiscal y la entrada a la gloria por la Puerta de la Catedral que hasta la propia Carmen Yulín ayudó a abrir de par en par. No había dudas. Puerto Rico era el paraíso terrenal. Un Edén tropical en dónde, al fin encontrar la vida a costilla de otro, el tan soñado El Dorado—no el hotel que sufrió la misma suerte que el leprocomio de Isla de Cabra sino un destino que habrá de deleitar, tanto a conquistador como a bucanero por igual, en busca de riquezas por las que ni cuentas tendrá que dar. Lejos de ser otro sueño más era, después de todo, la realidad que el propio secretario de Desarrollo Económico y Comercio, Alberto Bacó, pintaba con certeza impresionista en un lienzo dominado por un cuatro gigante, simbólico del impuesto corporativo que los inversionistas solo tendrán que pagar en la Isla de su Encanto.

Cuarto Acto. Las ganancias de los pescadores de fortuna son exhibidas en las oficinas de Wall Street como trofeos de pesca que el cebo de Bacó les facilitó. Algunos conquistadores, varios bucaneros y uno que otro Pirata, no del Pittsburgh en el que militó el número 21 de Carolina, el gran Roberto Clemente, sino el de Caribe de Disney que, en compañía de Cofresí, entraban en frenesí antes de ser exaltados al Salón de los “Rich and Famous”. Mientras, tanto El Diluvio Universal anega la Isla. El IVU, el IVA y todas las demás cargas impositivas presagian lo peor. Algunos aseguran que la ofensiva impositiva habría de carcomer con el bolsillo de cada boricua que en vez de solo el 4 por ciento que se engulleron los buitres del mercado ven cómo le llega el agua al cuello y, en consecuencia, tiene que pagar, como cualquier hijo de Plaza de Mercado, por todo lo demás que los demás dejaron de pagar. Jibarito a jibarito todos buscan el Arca de Noé que les ponga a salvo. La escena es dantesca.

Quinto Acto. Lo que ayer era seguro ya no lo es. El humo negro—como Toña la de la Señorial Ciudad—apaga el humor y la contentura de García Padilla quien, sin rubor alguno, le espeta otra mentira más a un grupo de inversionistas extranjeros al decir que en su entorno hay más de cuatro millones de puertorriqueños. El cuatro se oye fuera de escena. El país está en cuatro patas, Bacó regala la patria a cambio de sólo cuatro monedas. Todos los personajes salen a escena. Hasta los Seis Chorreaos vuelven al ruedo. Ahora se plantan en que no hay acuerdo. Unos corren, otros tropiezan y García Padilla sólo se agarra la cabeza. Cae el telón.

Purificación de las Virtudes sale a la palestra. Algunos la aplauden, por cortesía. Otros lo hacen por costumbre. Unos pocos no saben qué hacer pues, ni siquiera le conocen. “Gracias por honrarme con su presencia y por tener paciencia a lo largo de tantos días. Algunos de ustedes de seguro se preguntarán cómo termina esto. Les pido paciencia, ni a mí me queda claro cuál, al fin, será el fin. Por ello, os pido que me envíen por Twitter o Facebook sus sugerencias. Mientras tanto, stay tuned”. Al concluir su pequeña confesión el auditorio quedó atónitos todos con una presentación que, a diferencia del Final de Norma—de Alarcón, Pedro y no Ricardo el de la Asamblea Popular Cubana, a quien su amigo Manuel Palacio describió como “Literato, vale mucho; folletinista, algo menos; político, casi nada; y autor dramático, cero”—no tenía final.

Cuentan aquéllos críticos que asistieron a la presentación que todos los entusiastas, sin excepción, salieron entumecidos por la estremecedora tragedia griega con tintes caribeños que puso en escena la empresa productora—Tramoyistas Unidos. Ninguno de ellos lograba entender por qué la producción había sido concebida en clave musical pues si el objetivo había sido aliviar, con una que otra tonadilla, la carga de un guión preñado de malversaciones, vejaciones y vagabunderías que, además, comercializaban bajo el sello oficial, habían fracasado. El consenso de la audiencia era que “Puerto Rico, al ritmo del Bugalú” era una burla y afrenta para un pueblo que se sentía traicionado y en una Prisión sin Barreras por un gobernante que era fiel a su Inglés sin Barreras. Unos pocos cuestionaban hasta el título de la obra, hubieran preferido su transposición por una frase de Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mis circunstancias”.

Pese a tantas opiniones, nadie llegó a considerarla una perogrullada. Ninguno podía reclamar que había llegado a “aburrirse como una ostra”. Algunos no sabían, a ciencia cierta, si era teatro de denuncia. Otros, tampoco, daban cuenta si era una zarzuela. Más de uno se sintió ofendido por la obra. De eso no había duda. El musical había llegado, como la Marcha Fúnebre de Chopin, al alma de todos. El ánima popular no era el único que sufría. El horno de la confitería de frente al teatro se vio afectado. No estaba como para bollos. De ello daba cuenta toda la cofradía que le dio de codo como si su entrada a ese recinto le sentenciara a la Garrota.

Una obra de tanto calado tenía que ser candidateada a un premio. En otra época hubiera ganado un Agueybaná de Oro de Osvaldo Agüero y, quizás hasta Rafael Quiñonez Vidal, la hubiera considerado meritoria de una pesetita voladora. Pero, ¿cuál sería el género?, se preguntaban los críticos. Para uno de los más acuciosos era tan obvio como “subir para arriba y bajar para abajo”. “Puerto Rico, al ritmo del Bugalú, no es más que una obra surrealista”, había sentenciado tan pronto bajó el telón.

“Hombre, por suerte André Bretón nunca pisó suelo borincano. De haberlo hecho su famosa sentencia sobre las raíces del surrealismo hubiera logrado un fértil suelo en Puerto Rico negándole, de paso, a México la calificación con la que el padre del surrealismo bautizó la tierra de mayas, aztecas y toltecas”, decía entre sorbo y sorbo de Ron Barrilito en el cafetín de la esquina Sebastián Musa, un crítico con fusta que recordaba el incidente mientras escuchaba en la vellonera La Voz—Felipe Rodríguez, el hermano de Johnny, quien antes de abrir El Cotorrito había compuesto el Jalda Arriba Popular–acompañado por su guitarra.

“Eche amigo, no más écheme, llene hasta el borde la copa de champagne que mi vida se ha ido tras de aquella que no supo mi amor nunca apreciar“, retumbaba en todo el recinto mientras Musa, quien fiel a su costumbre había dado en la Diana, seguía contando cómo Bretón, tras observar el quehacer cotidiano de los mexicanos y su valoración de lo real, decretaba ante un atónito auditorio convocado en Ciudad de México para disfrutar una disertación sobre el surrealismo que: “Yo no sé a qué he venido, yo no tengo nada que enseñarles, México es el país más surrealista del mundo. Disculpen, hasta luego”.

“Eso amigo, fue lo que sucedió”, relataba Musa a un amigo en momentos en que entraba Purificación de las Virtudes al bar a quién saludó con un gesto mientras seguía con su análisis de cafetín, “Pero la historia hubiera sido otra si en vez del DF hubiera pisado este pequeño infierno pues, como bien nos ha refrendado “Puerto Rico, al ritmo del Bugalú”, en cuanto a lo surreal, Puerto Rico no tiene par”. Purificación de las Virtudes bajó la vista y tras suplicarle en su voz de soprano al barman “eche amigo, no más écheme, aunque sea del fondo del Barrilito”, se viró a Musa, levantó su copa y le dijo “Salud y Amén”.

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