El turismo de la miseria

Escrito por Rissig Licha 04 Sep 2015 | Sobre: Diáspora, Éxodo, Desterrados, Aylan, Turismo, Miseria

MIAMI—Es el tema del momento. No respeta patria, frontera, ni partido o patrimonio. Estremece la Red. Domina las tertulias. Transgrede el discurso político. Acapara la atención de los medios. Exacerba el menosprecio de unos, al igual que la desgracia de muchos, como la tragedia de otros, al igual que el racismo de terceros y el morbo, siempre presente, en tantos otros, el mismo que, por supuesto, da pie también a la queja, in extremis, de aquéllos que no tienen otro papel en la obra que el de víctima. Salidas. Partidas. Despedidas. Unas, por voluntad, otras, por obligación y, hasta algunas por imposición, todas, bajo el imborrable sello de la migración que ha de marcarle, sin compasión, hasta su última estación. Ese es el vía crucis del migrante cuyo éxodo marca la trashumancia y tráfico humano de tantos turistas de la miseria.

Aventureros. Arribistas. Desposeídos. Expatriados. Ilegales. Sin papeles. Apátridas. Desterrados. Poco importa el hashtag que usen para identificarles. O el muro en el que proyecten sus lamentos. Todos actúan en la trama del momento, una que tiene como referente un solo ministerio, el de la desesperada búsqueda de una mejor vida que le impone el billete—al exilio, la diáspora, el ostracismo, la deportación o la expatriación—a cada uno de aquéllos vagamundos que deambulan sin rumbo con la firme esperanza de que, algún día, han de llegar a un destino que le permita aspirar a un mejor mañana.

Las razones para la deambulación de millones de seres por rutas por doquier son de variopinta procedencia. Unos van en busca de libertad. Muchos, parten porque el dinero no les da y buscan, vía el camino que tienen por frente y, con el sudor de su frente, saciar la sequía fiscal que deshidrata su bolsillo y sofoca el bienestar de su gente. Algunos, buscan cómo satisfacer el deseo de conocer y, con ello aprender, algo más de aquello que dejaron atrás. Mientras, tantos otros toman camino nada más que por la aventura de todo lo desconocido que se encuentra adelante. Así refrendan su vale de partida todos los paisanos, algunos de los cuáles llegan, en aquellos casos de desesperación más extrema, a poner en peligro su propia existencia por la oportunidad de lograr una visa que les permita aspirar a una mejor vida sino para ellos, entonces para su descendencia.

La suma de una y otra partida eleva la cuenta a un problema de crecientes proporciones que cada cual lo divisa desde su particular perspectiva. Está a flor de labios de cualquiera que se siente despreciado en su propia tierra como una agresión a su soberanía, la misma que emplea como argumento para ejercer, sin pudor alguno, el derecho nacional a la exclusión y el vejamen. Es tema de rigor, tanto para el oficialismo como para la oposición Y, hasta sirve de plataforma para darle notoriedad a cualquier desalmado con pretensiones presidencialistas.

Todos, sin embargo, lejos de prestarle la mesurada atención que merece un asunto que se presenta como de gran importe y mayor consecuencia, sucumben al despliegue de los más graves excesos de conducta social que se manifiesta de acuerdo .al código genético de cada casta. Indolencia y, hasta indiferencia, oficialista. Tergiversación nacionalista. Calculada inapetencia y menosprecio de las élites. Arengas racistas del lumpemproletariado. Así como las exageradas exigencias o quejas de algunos de los desplazados.

La complejidad del problema en nada desacredita el sentir de pueblos enteros desparramados por el mundo sobre el significado y la consecuencia de su partida. Ninguno se va, ni siquiera aquél que, por su propia voluntad y deseo emprende camino, sin dejar atrás, enterrado en lo más profundo del suelo patrio, parte de su corazón y el acuno de una siempre presente e indeleble imagen de todo aquello que le evoca un recuerdo de la tierra amada, la misma que le arranca, en los días de mayor morriña, sino una lágrima, un abatido y furtivo suspiro mientras tararea las estrofas de la jarcha del errante: “Regresaremos a nuestro hogar, regresaremos, hemos de luchar para que nadie tenga que salir a tierra extraña para malvivir”.

Muchos sólo poseen pasaje de ida. En consecuencia de ello, nunca logran regresar. Y, tantos otros de aquellos que, por una razón u otra, logran regresar notan que, apenas divisan el caserón patrio, la distancia le ha sumido en una desgarradora bipolaridad, la misma que le imposibilita sentirse en casa ni aquí, ni allá.

El peaje que pagan los desterrados es alto. Atrás queda todo lo que han sido. Por delante, no hay nada escrito. Es una obra en curso. Cada escena de cada acto se escribe en el acto. Algunas, describen el festejo de los que han logrado alcanzar su destino. Otras presentan las tribulaciones de todos los que, aun llegando, ven frustrados sus esfuerzos de superación, cayendo en cuenta que El Dorado de sus sueños, no era más que un espejismo. No existe, ni aquí, ni allá. Una que otra, como la desgarradora subida en escena en la que aparece un emblemático infante en una playa turca, nos muestra la más cruda de las tragedias. Pocas logran captar a los traficantes de las carnazas—a las que esquilman con la promesa de su pase a su destino—muchas de las cuáles, al igual que Aylan, nunca llegan a la tierra prometida.

Este conmovedor cuadro, lejos de ser teatro, es la realidad, puesta en escena, en su más descarnada representación en varias localidades que, abrumadas por su cuantía no saben cómo responder pues, además de la tragedia humana que domina la obra, tienen que balancear la realidad que para ellas significa la imprevista acogida de miles de desterrados que llegan a su suelo por borbotones. Por desgracia, muchos prefieren permanecer en su butaca de espectador y hacerse de la vista larga mientras observa en pantalla la infausta travesía que el nodo le proyecta de una de las mayores desgracias humanas del siglo XXI: el turismo de la miseria y la inhospitalidad.

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