Una sopa de letras con más paja que grano

Escrito por Rissig Licha 14 May 2013 | Sobre: Blogs

SANTO DOMINGO—El siglo XXI se caracteriza por la impresionante capacidad de comunicación que las nuevas tecnologías han puesto al servicio de los cibernautas de todas las sociedades interconectadas. La Red, una especie de Internacional Tecnológica, permite hoy un flujo de información casi instantánea a más de una tercera parte de todos los habitantes del planeta. La información llega y llega, ¡ya!, muchas veces sin la necesidad del filtro editorial de una gran empresa mediática. Eso sí llega de todo: lo útil, lo inútil, lo sutil y hasta lo cerril. En definitiva, llega tanto grano como paja y, a decir verdad, en este esfuerzo la paja puja más que el grano y, como consecuencia, más paja que grano encontramos en el guiso comunicacional que se sirve a diario en la mesa de la blogosfera.

Esa paja se devela a través del gran volumen de necedades, improperios y mensajes fallidos que circulan y que, atento a la inmediatez y alcance del internet, magnifican su impacto y ponen al descubierto cuánto desconocimiento, improvisación y mala praxis comunicacional impera en el uso de las nuevas tecnologías. El relativo libre acceso de cualquier cibernauta a la Red—aún cuando cabe recordar que hay gobiernos de todas las coloraciones ideológicas que limitan, censuran o amenazan con censurar la libre expresión a través del internet—permite que desde lo inocuo hasta lo impúdico sin dejar de pasar por lo vulgar, ya sea verbal como gráfico, circule. En virtud de ello, nos asedian con fotos de grasientos platos, menajes sin ton ni son y, una que otra vez, con el gran papelón.

No hay un entorno dónde ello sea más prevaleciente que en el campo político. Sí, los políticos que gracias a la Red, al fin, cuentan con un medio propio—ya sea a través de Twitter, Facebook, Ted o Pinterest—sin filtros editoriales para comunicarse con sus electores están entre los más pobres comunicadores del siglo digital. ¿Por qué? Les pasa lo mismo que a los publicitarios que creen a ciegas en dos absolutismos ancestrales que no tienen ni cabida, ni efecto en la era digital: 1) la dependencia en la masificación de la audiencia, más es mejor y 2) si lo digo yo, es porque es importante, independientemente de lo que diga y qué credibilidad tenga pues, después de todo, lo dije yo.

Por ello no debe extrañar por qué el discurso público del liderato político cada día es objeto de mayor descredito por las falencias comunicacionales de la dialéctica que impera en tantos pueblos mas, lejos de tener su raíz en la Red y en las falencias de sus equipos de comunicación en el manejo de todo lo digital, tienen su origen en tres factores claves: 1) una fallida lectura del sentir popular, 2) una peor estrategia de comunicación y 3) unos mensajes que, en el mejor de los casos, dejan mucho que desear pues o no dicen nada o dicen lo que a nadie le importa o circulan a destiempo.

El discurso público de hoy se caracteriza, en casi todos los pueblos democráticos del planeta, por una serie de monólogos sectarios que poco suman a un dialogo colectivo. Ello atenta a la creación de grandes consensos sociales creando cada día una brecha mayor entre lo que pide y espera el pueblo de la clase política y la respuesta que éste recibe, tanto desde Palacio oficial como desde la trinchera insurgente. Tan prepotente es aquel que está en el poder como el otro que está tras el poder. “Yo sé lo que hago”, dice uno y, claro, el otro, riposta, “yo también”. Más equivocado no puede estar tanto el uno como el otro pero ni el oficialista, ni mucho menos el insurgente da su brazo a torcer.

Atento a ello, la verbalización del accionar de uno y de las propuestas del otro, poco suman a un mejor estado de cosas en todo aquello que tiene que ver con las cosas de Estado. Por ello, no hay por qué extrañarse si, en definitiva, el pueblo indignado y frustrado por la falta de respuesta a sus reclamos pierde fe en el sistema y condena, de forma sumaria, a la democracia como un vehículo ineficaz para satisfacer los reclamos populares. Al fin, eso es lo que ha motivado a muchos a sumarse a la amorfa masa de indignados que como perros realengos deambulan por los bulevares y avenidas de ciudades, pueblos y villas en busca de una respuesta a su situación.

Ese tóxico caldo de cultivo es de la autoría de las cocinas partidarias que siguen sacando plato tras plato de propaganda que lo único que confirma cada día es la propia incompetencia de esta nueva generación de exponentes de la cocina de autor de satisfacer no ya el paladar sino el estómago del pueblo. Y, como ejemplo de la gastronomía política rancia, no hay mejor ejemplo, aunque muchos cualifican para citarles, que el de la Madre Patria. Sí España la misma que se vanagloria de los manjares de Ferran Adrià, los hermanos Roca sin dejar fuera a Martín Berasategui, es la que misma que se atraganta con los guisos propagandísticos del fogón Partido Popular (PP) de Mariano Rajoy en Génova 13 y el del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Alfredo Rubalcaba en Ferraz 70. Para muestra, solo basta ojear los últimos sondeos de la opinión pública del Centro de Investigaciones Sociológicas de España (CIS).

Por vez primera, según destaca El País, en más de tres décadas de alternancia en el poder los dos partidos principales de España suman una intención de voto menor al 60 por ciento del electorado—un derrubio significativo si se le compara con la cifra alcanzada en los comicios del 2008 en el que ambos se llevaron el 83.8 por ciento del voto. Indudablemente que muchos analistas han de señalar que esa caída es producto de la crisis económica que le ha tocado sortear a ambas colectividades. Y, sí, la crisis ha tenido mucho que ver, mas no se puede obviar cuál ha sido el manejo comunicacional de esa crisis por ambos partidos.

Rajoy, quien barrió las generales del 2011 con una mayoría absoluta en el Congreso, logró ese resultado ante la imposibilidad de una respuesta adecuada del PSOE de José Luis Zapatero y de su delfín Rubalcaba a la crisis económica. Un discurso público que primero negó la crisis y luego pronosticó unos “brotes verdes” que nunca llegaron le valió una gigantesca factura electoral al PSOE que todavía le cuesta caro al partido rojo pues aun con el continuo deterioro del paro, si bien el PP ha perdido el favor de muchos, aún mantiene una ventaja sobre el PSOE que sigue en picada sin visos de tocar piso.

El PP y, particularmente, Rajoy no han sabido manejar la comunicación de la crisis. No han explicado bien al pueblo el porqué de su accionar. Amparándose en su mayoría absoluta ha actuado—e independientemente de que lo que ha hecho era lo único que podía hacer bajo las circunstancias para evitar un peor desenlace—no ha sabido exponer las razones que obran tras el accionar oficial y, lo peor de todo, ha mostrado poca empatía en el mensaje público de que entiende y comparte la preocupación, carencias y sacrificios que sufre el pueblo.

Rubalcaba tampoco ha navegado las aguas de la crisis con mejores vientos. Heredero de un lastre que ni de balasto sirve para la embarcación socialista ha articulado un mensaje, tal cual no hubiera sido el segundo de a bordo de la nave de Zapatero, en el que ofrece un plan alternativo al de Rajoy y el PP—que es, después de todo el impuesto por la Unión Europea desde Bruselas—que obvia cualquier responsabilidad del PSOE en el naufragio de la economía española que ya ha sumado más de 6 millones de parados.

Esos dos guisos, el primero ralo en sustancia y el segundo repleto de especias rancias, son los que no se ajustan a las aspiraciones del paladar electoral español que anda en busca de otro fogón que mejor satisfaga las papilas del catador común. No reclaman las nuevas creaciones de Adrià ni los diversos ofrecimientos de los Roca ni tampoco los manjares de Berasategui, lo único que piden es que al pan se le diga pan y al vino, vino y, que en definitiva, a la mesa llegue más grano y menos paja. Pero, para ello, tanto el PP como el PSOE tienen que variar su oferta comunicacional, pues hoy su sopa de letras tiene más paja que grano.

El canto de los pájaros es un canto de esperanza

Escrito por Rissig Licha 21 Apr 2013 | Sobre: Blogs

SANTO DOMINGO—El Cant dels ocells–canto de los pájaros de Pau Casals—ha estado revoloteando en mi pensamiento, ánimo y espíritu. Los lacónicos acordes de las cuerdas del violoncelo del maestro evocan gran reflexión sobre el ayer que quedó atrás produciéndole un silente llanto de nostalgia a todo aquel que añora el terruño que le vio nacer mas no puede volver y solo le queda como referente el recuerdo de su encanto. La corta pieza toca las más sensibles fibras del corazón y conmueve el alma entero de todo ser expatriado más hoy conturba pensares y azares de otros exilios productos del rencor y el dolo de aquel cuán mezquino, que desde el ejercicio del poder, atropella con sus arbitrariedades y vejámenes a todo ser cuyo único crimen es hacer un alto en el camino para entonar un canto a la libertad, que no es otra cosa, que un canto a la celebración de la vida y al disfrute de la alegría.

Ese aleteo sin cesar del que no logra despegar de una tierra incógnita en la que se encuentra refugiado en la nostalgia de lo que fue, es precisamente, la razón de la fatiga que le sofoca y le sume en la desesperación que no es mas que el reflejo del ser que, en lo más profundo de su alma reconoce la futilidad de su viaje y ya, postrado, ve cómo su súplica se transforma en el agónico y lastimoso canto de inflexión de aquel que yace incapaz de acercar la lejanía de su tierra amada a un corazón quebrado porque justo antes de su partida se encuentra solitario, abandonado y sin esperanza de que, tras tantos sacrificios y penurias, al finalizar la última estrofa ha de llegar a la casa por la que su alma clama.

Ese canto navideño de su Cataluña patria Casals lo hizo suyo para reflejar el dolor del despatriado y lo convirtió en el himno de los expatriados de aquellos que, por una razón u otra, algunas electivas más otras forzosas e impuestas, han dejado atrás el lar patrio para emprender un desplazamiento por una diáspora descontextualizada. Canto que provoca una pausa en el camino, un descanso para la introspección, una mirada al recorrido por el tiempo, ruta y rumbos que permita al peregrino hacer acopio del trayecto y balance de su destino de dónde se siente más a gusto en su tierra de procedencia, en aquella que está por exigencia o en la otra, la prometida, que soñó antes de su partida.

Ese es el mismo canto que hoy también arropa a millones de seres inocentes que sin dejar el suelo originario son condenados al exilio interno porque la tierra que les vio nacer no quiere reconocer su existencia o porque el régimen o la camarilla que ostenta el poder opta por desconocerle sus derechos.

Unos, apátridas otros ninguneados, enjauladas víctimas de la arbitraria aplicación de estatutos y reglamentos o de la perversa indiferencia por la equidad y la justicia. Imposibilitados por su encierro de lograr que su presencia, existencia y derechos sean reconocidos y respetados y, en consecuencia, tratados como lo que son, hijos del lar patrio, trovadores itinerantes que a coro en su canto con el de los pájaros, en pleno disfrute de su libertad, canturrean su homenaje a la vida, hoy viven en pena porque les niegan el pleno disfrute de la vida sin distinción alguna en cuanto a raza, etnia, religión, pigmentación, preferencias o clasificación social.

El canto anónimo, que Casals a través de sus cuerdas reconoció y Montserrat Caballé con las suyas entonó, “Al ver despuntar el mayor resplandor en la noche más dichosa los pajaritos van a cantarle con su melosa voz. El águila imperial va por los aires, cantando con melodía, diciendo: Jesús ha nacido para librarnos del pecado y darnos la Alegría”. La misma alegría que remarcó el maestro catalán a través de su inolvidable interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven “Recorred, hermanos, vuestro camino, Alegres, como un héroe a la victoria”, refrenda en Casals el amor por la libertad y la alegría de su pleno disfrute.

En la pieza anónima los versos exudan alegría, “Le responde el gorrión: Esta noche es Navidad, es noche de gran contento. El verderón y el lugano dicen, cantando también: ¡Oh, qué alegría siento! Cantaba el pardillo: ¡Oh, qué hermoso y qué bello es el Hijo de María! Y el tordo alegre: Vencida ha sido la muerte, ya nace mi Vida. Cantaba el ruiseñor: Es hermoso como un sol, brillante como una estrella. El colirrojo y la tarabilla celebran la criatura y su Madre doncella. La garza, el zorzal y el arrendajo dicen: Ya viene el mayo. Responde el jilguero: Todo árbol reverdece, toda planta florece, como si todo fuese primavera”. En las cuerdas de Pau, sin embargo, la alegría negada se torna en llanto y lamento, aunque nunca en la resignación de que fuese inútil su búsqueda ni imposible su alcance.

El Cant dels ocells es el canto de todos los amantes de la libertad, la igualdad, la fraternidad y la justicia. Es el canto que distingue el trino que proclama—poco importa si es un águila, gorrión, verderón, lugano, pardillo, tordo, ruiseñor, garza, zorzal, arrendajo o el jilguero quien lo entona—la esperanza de aquellos que nunca pierden la fe en volver a la tierra de los brotes verdes para, con ello, ponerle fin a la nostalgia de tantos expatriados que, a través del canto, como los pájaros rinden tributo al patrimonio cultural y la identidad de ese pueblo que, independientemente, de su dispersión o encarcelación sigue siendo pueblo y reflejo de una sociedad que, aún con todas son amarguras y contratiempos, revolotea en la espera de la llegada de un mejor mañana. Ese es El Cant des Ocells, canto de los pájaros, el canto de esperanza de todos los amantes de la libertad.

Uno no tan Maduro y el otro no tan Capriles

Escrito por Rissig Licha 14 Apr 2013 | Sobre: Blogs

SANTO DOMINGO—El chavismo sin Chávez es como una cáscara de guineo sin masa que, aunque esté Maduro, no tiene sustancia y resulta un espejismo. La oposición al chavismo en estos abriles no es otro más que Capriles, quien habla de unidad y cambio, pero poco aporta sobre su posición. En consecuencia de ello, Venezuela va hoy a las urnas a decidir cuál ha de ser su hoja de ruta. Le toca optar entre un continuismo que no es lo mismo y un cambio a más de lo mismo que, precisamente, fue lo que le llevó a lo que hoy es la tierra de Bolívar: un país rico, venido a menos por la dilapidación de su patrimonio y la corrupción de sus instituciones y de su esencia como sociedad, particularmente, en cuanto a la civilidad ciudadana de un pueblo democrático.

Nicolás Maduro, el candidato del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) por designio del oráculo del socialismo del siglo XXI en América Latina, Hugo Chávez Frías—a quien embalsamó y desembalsamó, envenenó y adjudicó su intervención desde el Cielo en la elección de un argentino, el Papa Francisco, como Sumo Pontífice y, finalmente, llamó Papá—no es ni una sombra de su padre putativo. Eso ha quedado ampliamente demostrado.

Henrique Capriles, quien le disputa la presidencia al interino designado, es un candidato joven, audaz, pero poco articulado en cuánto a su discurso público y, menos definido en cuánto a qué hará una vez llegue a Miraflores amén de lo que proclamó durante la campaña proselitista de ser el “presidente de todos los venezolanos”, tal y como fueron los presidentes de las dos fuerzas tradicionales que gobernaron el país andino tras el fin de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez—COPEI y ADECO– que, de alguna forma u otra, hoy encarna el candidato insurgente y que son los únicos responsables por el estado de las cosas en Venezuela.

La campaña, preñada de insultos, desemboca en una elección dominada por fantasmas—tanto de derechas como de izquierdas—que ensombrecen el futuro de Venezuela. Chávez, Rafael Caldera y Carlos Andrés Pérez no aparecen en la papeleta electoral pero su presencia arropa a ambos candidatos. La corrupción pre-chavista como la post-calderista, la misma que aportó, tanto especias como especies, al caldo de cultivo social que hoy es guiso en el menú cotidiano de la familia venezolana, es la misma que ha ser decisiva a la hora de determinar cuál le resulta menos corrupto o, en su defecto, más beneficioso para su bolsillo, algo que en muchos casos resulta ser equivalente, por no decir, lo mismo.

No es una elección entre modelos económicos. No es el socialismo versus el capitalismo. No es Marx enfrentándose a los Chicago Boys. Es el clientelismo y el asistencialismo de un oficialismo rojo, rojito pujando por el poder contra el clientelismo y el asistencialismo de una insurgencia representativa de una rancia oligarquía.

Las pocas frases de corte ideológico que afloraron entre insulto e insulto durante la campaña fueron meramente expresiones huecas pues no reflejan la existencia de un coherente plan de gobierno. No lo tiene uno, ni lo tiene el otro. Si votas por Maduro es que eres de Chávez, ¡seguro!; si votas por Capriles, es que no eres de Maduro ni de Chávez, y buscas un cambio sin cortapisas.

En consideración de estos hechos, el resultado de la elección podrá ser amplio o cerrado y favorecer el continuismo hueco de Maduro o el cambio incierto de Capriles. En verdad, poco importa, el futuro inmediato de Venezuela luce tan negro como el oro líquido que, en gran medida, ha financiado este entuerto en el que se destaca la sobreimposición en la letra C, la misma que ha campeado por su respeto por Caracas—Cambio, Continuismo, Corrupción, Chávez, Caldera y Carlos Andrés–en la política venezolana. Y, todo porque uno no es tan Maduro y el otro no es tan Capriles–pues los dos son hijos de Papá.

Tras el humo, el buen humor de uno y el mal humor de algunos

Escrito por Rissig Licha 17 Mar 2013 | Sobre: Blogs

SANTO DOMINGO—Humo. Humareda. Humazo. Época de fumatas. Humo para tutti il mundi. Humo en El Vaticano. Humo en Pekín. Humo en Miraflores. Humo codificado. Humazo Negro, tranque en el clero. Humazo Gris, el cónclave no hace tris. Humazo Rojo, Wen Jiabao sigue los pasos de Mao. Humazo vino tinto, el verde de Maduro toma el cargo del extinto. Humazo blanco, los Cardenales dan en el blanco. Habemus Papam. Tres fumatas. Tres papas. Tanto humo. Tanto estrés. Y, no son tres, pues cada uno de distinta estirpe es. Jorge llegó Jesuita, salió con el cetro de Pedro y el nombre de Asís. Wen Jiabao era la línea roja, sin dejar duda alguna sobre el resultado que el cónclave arroje. Maduro, el incoloro, de labios de Chávez brotó como el apóstol vino tinto aun cuando no goza de un instinto de oro.

El humo de tantas chimeneas salió que a más de uno nubló. El propio Maduro, cuyo nombre de pila es Nicolás aunque su pensamiento dista mucho del que distingue a El Príncipe, en más de una ocasión se turbó. Primero, recibió al Chávez agónico. Luego, anunció su partida. Más tarde, promulgó su momificación. Y, como si ello fuera poco, retó el origen de la elección de Francisco desbancando, con el mismo rigor que cargó con la Constitución Bolivariana, el voto de los Cardenales para indicar que Jorge, el argentino, contrario a Cristina, fue electo gracias a que Hugo ascendió hacia esas alturas y, según su relato, alguna cosa influyó para que se convoque a un papa suramericano. “Alguna mano nueva llegó y Cristo le dijo bueno llegó la hora de América del Sur”, así nos parece. “En cualquier momento convoca una constituyente en el cielo para cambiar la Iglesia en el mundo, y que sea el puro pueblo de Cristo el que gobierne”.

La respuesta de El Vaticano no se hizo esperar. Sin mencionar la elucubración de Maduro sobre la votación en la Sixtina, Jorge, ahora Francisco, en el papel de Pedro al servicio de Jesús, empleó una frase más populista que las que los propagandistas de Chávez fueron capaces de articular al pontificar en un encuentro—pues solo eso fue, un encuentro sin preguntas—con la Prensa, algo así como el Aló Presidente que protagonizaba Hugo en la Tierra, su mayor deseo como Sumo Pontífice: “Cómo me gustaría una Iglesia pobre para los pobres”. Ahora tendrá la suma responsabilidad de hacerlo realidad. Pobre de él si no lo logra.

Mientras tanto, tras la Gran Muralla, un Gran Silencio. El tercer de los elegidos, Wen Jiabao, el Cardenal Rojo del partido del proletariado más numeroso en el planeta, fiel a la doctrina del Comandante Mao ni siquiera ha hablado. Quizás su silencio sea en penitencia por todos los ataques cibernéticos que el gran poder rojo ha lanzado en las últimas semanas contra intereses occidentales o en virtud de que la economía más pujante del mundo, con un voraz apetito por el consumo de todo, se encuentra a la puerta de una gran burbuja inmobiliaria a punto de estallar y cubrir de humo las esperanzas de tantas maltrechas economías nacionales. Silencio, entendido.

Tres Fumatas, tres papas de la humareda surgen para avivar el humor de todos lo que observan la cartelera que desfila ante sus ojos. Y tras despejarse la nube de humo avistar aquello que queda atrás en el firmamento: el loro de Maduro resulta incoloro, el mandarín de Wen Jiabao, quien luce poco parlanchín y el gaucho de San Pedro, quien da muestras de un histrionismo lúdico que después del bostezo colectivo que producía Benedicto, quien siempre lució estreñido en público, capta para El Vaticano la atención de un auditorio. Los tres subrayan una gran máxima: no hay dos fumatas similares y no todo humo tiene humor, especialmente si Wen, Maduro o Benedicto sirven de interlocutor. Y es que Francisco, o mejor dicho, Paco para el proletariado, tiene buenos humos. Vamos a ver cuánto tiempo le dura el buen humor.

Chávez en vitrina

Escrito por Rissig Licha 09 Mar 2013 | Sobre: Blogs

BAYAHIBE—Los dramaturgos como los cineastas, poco importan si tienen o no buena tinta, saben que todo guión, no importa cuán extraordinario o insignificante sea, tiene un fin. Algunos telegrafían el resultado. Otros dejan en suspenso a su público. Unos pocos prefieren que la audiencia llegue a sus propias conclusiones. Y, varios prefieren maquillar la realidad para desinformar y turbar y, en efecto, dejar la sensación que es una obra sinfín. A ese último grupo pertenecen los guionistas del film político que se develó en el Festival de Caracas que contó con una alfombra roja por la que pasaron decenas de mandatarios de países grandes y chicos que asistieron a la premiere de Hugo, el Chapulín Colorado.

La trama del film comienza con la emergencia de un coronel golpista de doctrinas populistas que desde las filas de las fuerzas armadas reclama la reforma de un país en que la corrupción del sistema político ha desdibujado la relevancia, poder de convocatoria y viabilidad de todas las fuerzas políticas. El Comandante Hugo fracasa en su intentona de golpe y tras su encarcelamiento y rescate se transforma en demócrata, deja atrás las fatigas militares por las camisas con el monograma CH—de Comandante Hugo y, claro está, no de Carolina Herrera—para, a través de un movimiento político, lograr por el voto en las urnas lo que no alcanzó con las botas en las calles.

Una vez en el Poder se convierte en el Chapulín Colorado, el superhéroe del socialismo del siglo XXI que acude al llamado de los más necesitados por la vía del clientelismo y el asistencialismo, entre éstos el de los países de muchos de los jefes de Estado presentes en la premier. En pleno disfrute de su estadía en Miraflores se le diagnostica una grave enfermedad que le aqueja por meses y tras una muerte, todavía no del todo clara si fue en La Habana, en ruta o tras su llegada a Maiquetía, comienza el velatorio universal.

En los días tras el anuncio de la muerte, el séquito de dolientes, parientes, parásitos y, hasta uno que otro indiferente, comienza a engrandecer la figura y carga al cuerpo del fenecido presidente al panteón de mártires latinoamericano como el apóstol de todos los desposeídos no antes de embalsamarlo y exhibirlo a través de una urna de vidrio—al estilo de los tres grandes de socialismo del siglo XX Lenin, Ho Chi Minh y Mao Tse Tung que, ahora, cuentan con su cuatro acompañante, el Comandante Hugo Chávez compañero de ruta del apóstol del socialismo regional, el emblemático Che y de su padre putativo, Fidel.

Flaco servicio han hecho a la figura de Hugo Chávez todos los que hoy andan por las calles de Caracas con boinas y casacas rojas, como las del Chapulín Colorado, hablando sobre el legado del líder, ya partido, que desarticuló una partidocracia maltrecha por un cáncer que le segó toda su relevancia como agente de cambio en un país bañado por riquezas petroleras. Mayor daño le han asestado a la institucionalidad y, con ello, a la democracia al irrespetar la Constitución y la sucesión presidencial que esa Magna Carta, la misma que CH reformó, establecía. Peor homenaje a la memoria de Chávez, el demócrata, si es que alguna vez lo fue, no es imaginable.

Indudablemente que CH es una de las figuras más polémicas, divisionistas y complejas que ha pasado por la pasarela política latinoamericana en los últimos años. Si bien mucha de la oposición a Chávez surgía de la rancia aristocracia de unos poderes fácticos que perdieron su preeminencia, no es menos cierto que gran parte de las críticas por el desastroso desempeño económico de su regencia y por la más seria inseguridad que nunca contuvo en un país que no se conocía por ello, son válidas.

Pretender, como insisten algunos, que ese guiso de caudillismo con populismo y algunos toques de socialismo es, en efecto, una doctrina política, mercadeable bajo la marca CH, del Chavismo, y capaz de servir de Madre y Maestra para las nuevas generaciones de líderes latinoamericanos, es propio solo en mentes estrechas que, bien por desconocimiento, conveniencia particular o porque está de moda y es lo políticamente correcto, vociferan las consignas a coro por calles y bulevares de todo el hemisferio.

El Chavismo no es una corriente política ni por equivocación. La elección de Ortega en Nicaragua, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia, Mújica en Uruguay y Kirchner en la Argentina si bien pueden haber estado apoyadas económicamente por las arcas de Petróleos de Venezuela (PDVSA) no son producto de que esos pueblos sean fieles seguidores de la doctrina chavista pues ésta no existe. Lo que sí existe y fue lo que Chávez no solo reconoció sino que aprovechó es la doctrina del Chapulín Colorado, el saltamontes superhéroe que bajo el lema “Más ágil que una tortuga… más fuerte que un ratón… más noble que una lechuga”! , siempre acude al llamado de los más necesitados.

Ortega, Correa, Morales, Mújica y Kirchner son todos, a su manera, como lo fue Chávez, el Chapulín Colorado. Independientemente de los desaciertos que todos, en mayor o menor grado, muestran en su gestión, todos le dieron voz y poder a esa gran masa de ignorados, vejados y excluidos sociales, muchos de ellos sin siquiera un certificado de nacimiento que legalice su existencia. Eran los más en términos numéricos pero, a la hora de la verdad, eran los menos considerados. Chávez reconoció que esa era la vía al Poder y por esa ruta marchó hacia Miraflores y ganó una tras otra contienda electoral.

La coalición chavista que en la Argentina de Perón estaba compuesta por los Descamisados de Evita son los ciudadanos de los ranchos y barrios marginados que nunca fueron representados por nadie. Algunos argumentarán que Chávez incumplió mucho de lo que le prometió a éstos. Cierto, mas es quizás innegable que, independientemente de que cumpliera todo lo prometido, hoy esa gente, gracias al asistencialismo y clientelismo de un Estado con una cuenta bancaria en petrodólares, tiene más de lo que tenía y, se siente representada por líderes que al menos atienden sus preocupaciones. La percepción, como nos enseñara Ortega y Gasset, prima.

Es inconsecuente que la corrupción, el mismo mal que sirviera de parlamento para entrar en escena en época de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, hoy también carcome a Venezuela, particularmente, para un pueblo que hoy se siente más representado. Mal augurio para aquellos que piensan que una Venezuela sin Chávez es una ruta corta para que las fuerzas tradicionales vuelvan a Miraflores.

De hecho, las fuerzas tradicionales, de alguna forma representadas por Henrique Capriles, el último candidato a la presidencia venezolana derrotado por Chávez a finales del 2012, semanas antes de que se le agravara su cáncer, no han entendido que si no toman en consideración a los desplazados y realengos que CH logró aglutinar en una fuerza electoral, solo verán flores y no las de Miraflores en cada sepelio de sus intentonas electorales por llegar al Poder.

El mensaje de Capriles es uno que llega a los desplazados por Chávez—los antiguos poderes fácticos, la diáspora criolla que se encuentra desparramada en un destierro, justificado en el caso de algunos, aventurero para otros—pero es un mensaje que no convence a los más, ni llega a los más, a todos los que veían a Chávez como la encarnación del Chapulín Colorado y sin mayor arraigo entre los más poco ha de lograr. Por consiguiente, la elección programada para abril próximo para elegir a un sucesor de Chávez, le presenta escasas, por no decir ninguna, oportunidades de prevalecer por sobre el candidato del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Nicolás Maduro, el discípulo de Chávez escogido para sucederle, tampoco la tiene clara. Está más verde que maduro y tiene el carisma algo que, indiferentemente de si se era seguidor o adversario había que reconocer le sobraba a CH, es la de un peñón. Ello presagia días difíciles por delante. La falta de carisma ha de ser un gran escollo para el sostenimiento del sucesor de Chávez.

Consecuentemente, Venezuela es hoy un país de desplazados, dividido y con pocas posibilidades de que pueda articularse una fuerza que concite una propuesta política unificadora, incluyente en la que todos, de una forma u otra ganen. Ello requiere de un discurso más refrescante que no sea en contra de alguien sino en favor de Venezuela y que sea carente de comparsas de fantasmas de un pasado de exclusión que fue, precisamente, la ruta que Chávez aprovechó y que ahora todos pretenden bautizar como una nueva doctrina política. Tras la vitrina de exhibición, seguro que el embalsamado Comandante, fiel al Chapulín Colorado, debe estar murmurando: ¡”No contaban con mi astucia”!

Vía Crucis de una Red sin pecados concebida

Escrito por Rissig Licha 26 Feb 2013 | Sobre: Blogs

MIAMI— Unos juegan. Muchos cotillean. Varios disimulan. Algunos notifican. Otros informan. Unos propagandizan. Uno pontifica. Demasiados escandalizan. Diversos otros diseminan sandeces. Cualquiera insulta. Varios hacen el ridículo. Bastantes pretenden ser expertos. Suman más los torpes. Pocos son los diestros. Muchos sobrestiman su importancia. Otros exageran su poderío. Engendra más alharaca que una bandada de cacatúas. Apenas tiene la mayoría de edad. Enreda, sin redención, a todos por igual pues significa tantas cosas para tantos que, efectivamente, supedita toda atención y revive la puja sobre la hegemonía, real o virtual, de la Red en esta era digital.

Lo que todos obvian, algunos por connivencia, otros por conveniencia y algunos por indiferencia es que, al final de cuentas, no es más que un medio capaz de distribuir con mayor celeridad que cualquier otro verdades, medias verdades, tergiversaciones y falsedades. Es indiscutible que, por sus dos principales características—inmediatez y alcance—ha cambiado las comunicaciones y encendido el debate sobre quién, qué, por qué, para qué, cuándo y cómo el cibernauta influye en la agenda nacional a través de sus comunicaciones digitales.

En medio de esa discusión desfilan explicaciones tan disparatadas que terminan enredando aún más al más versado como al menos enterado. Y, todo, porque en el debate se desfiguran motivaciones, valoran obviedades y sobre presupuestan su eficacia—adjudicándole desde el quebrantamiento de matrimonios hasta caídas de gobiernos sin dejar atrás en el olvido una que otra reculada oficialista de algunas decisiones de Estado que apenas días antes del operativo bumerang habían sido cacareadas a través de grandilocuentes comunicados de labios de voceros palaciegos como iniciativas de gran beneficio para el pueblo que marcaban hitos en la historia de la nación.

Ese poder que le adjudican promueve intentonas, legales e ilegales, enraizadas en el accionar totalitario de cuanto dictadorzuelo—tanto de derechas como de izquierdas—se siente coaccionado por algo que caracteriza como una amenaza capaz de subvertir el orden establecido, el mismo orden que pretende emplear para perpetuarse en el poder. Uno y otro persigue lo mismo: acallarla, censurarla, en fin, controlarla pues su existencia socaba la gobernabilidad y la paz social.

Esa embestida, lejos de ser exclusiva del oficialismo, también ha contagiado a los grandes poderes fácticos que han salido al ruedo a defender a capa y espada grandes intereses comerciales como quedara refrendado en la consideración de tres propuestas congresuales—SOPA (Stop Online Piracy Act), PIPA (Protect Intellectual Property Act) y CISPA (Cyber Intelligence Sharing and Protection Act) —que estuvieron a un paso de ser refrendadas por el Congreso de los Estados Unidos de América.

¿Es culpable? Sí, para muchos, la Red es culpable de todos los pecados que se le adjudican. A decir verdad, no debe sorprendernos. Culpar la tecnología por los pecados del hombre está en boga desde tiempos de Galileo. Poco importa que hoy, hasta el recalcitrante Vaticano, el mismo que vituperó al hereje genio de la ciencia renacentista, librara de pecados a la Red, sin tener que ésta tuviera que confesar su Mea Culpa, para incorporar a Twitter, en la víspera de la renuncia del primer Papa digital, como arma fundamental de su proyecto de innovación y renovación del arsenal de medios a emplear en la propagación de la teología de la liberación de las almas de los pecados del hombre.

El temor a la Red, capaz de dar rienda suelta a múltiples teorías conspiratorias que, atento a su maridaje con la paranoide contextualización de tantos, aviva su denuncia como un ser satánico, surge de una falsa lectura de qué es, qué hace y cuáles son sus propósitos. Todos sus detractores obvian o prefieren obviar la realidad: La Red es, ni más ni menos, una herramienta, un vehículo, en definitiva, un medio de comunicación. No es ni un movimiento de masas, ni una colectividad política, ni una clandestina célula subversiva. No tiene personalidad. No tiene una agenda. No tiene libre albedrío. Hace, cuán títere de ventrílocuo, lo que otro, con o sin agenda, le dicta o, como un papagayo, repite.

Aún aquellos que saben, sin ambivalencias, que es eso, un medio y, nada más, le quieren conferir poderes que no tiene, ni tendrá jamás, en particular, el poder de convocatoria. Adjudicarle a la Red esos poderes es deshumanizar y caricaturizar la realidad. Poder de convocatoria tiene aquel que tiene una causa que concita la atención de determinados grupos sociales. La endeble causa que un cibernauta intente avivar para convocar a las fuerzas vivas de un pueblo a través de Twitter no va a lograr mayor adhesión y participación simplemente porque esa convocatoria fuera hecha vía la Red. Si así fuera, tendríamos una tras otra concentración de indignados de todas las banderías políticas en constante ebullición y marcha por todos los bulevares de las grandes concentraciones urbanas del planeta.

Pero resulta más fácil, especialmente para un estamento político adicto a la sobre simplificación, desviar la atención y echarle la culpa al medio quizás porque, como el ombligo, está en el medio. Poca importa que ese mismo ombligo sea el óbice que nubla una perspectiva que, en el mejor de los casos, sufre de una miopía extrema. No abundan los políticos capaces de admitir que sus problemas y los fantasmas y demonios que le acechan son de su autoría o de su pobre lectura de la actualidad. Es preferible y, hasta de rigueur, señalar a otro como el responsable. A partir de Gutenberg eran los periódicos. Luego le tocó a la radio y después del turno de la televisión que McLuhan endiosó, ahora llegó la tanda de la Red.

La imagen de todo labrantío político, según es harto conocido y documentado, requiere de un meticuloso cuido, abono, poda, control de bichos y esmerado cultivo pues de su cosecha pende, en gran medida, si brota o no y cuán abundante es, la cosecha de reputación, credibilidad, relevancia, respeto, poder de convocatoria, margen de acción, gobernabilidad y posibilidades de éxito de la siembra. Poco importa si tiene una página en Facebook, un portal, una bitácora, una cuenta en Twitter o su perfil en LinkedIn. Esas son todas herramientas. Y si un martillo desprovisto de la destreza de un carpintero es incapaz de construir una casa, también una cuenta de Twitter sin el contenido adecuado poco hace para adelantar una agenda política o mejorar la imagen de un candidato.

Una imagen en alza, se traduce en ganancia del cosechero de votos; una imagen en baja, presagia el fracaso seguro de la recolección electoral. Atento a esa realidad, cuesta trabajo entender la poca atención que se presta a un vergel que, en consecuencia de la desidia del labrador político, acumula más hierba mala en un estamento cada día más baldío, que le ha ganado el nominativo popular como el Estado de la Corrupción. No, hombre, es más fácil adjudicarle la conmoción por la corrupción a una preocupación de un sinnúmero de parados, sin tarea, que usa la Red para entretenerse enviando mensajitos rellenos de ironía y cinismo como pasatiempo.

Por ello, la respuesta, hasta la fecha, de la clase política al cuestionamiento de la corrupción, por escoger tan solo uno los males que por su gran dimensión y difusión y, la impunidad que la sigue solventando, ha sido tan torpe como la caracterización de la Red como el demonio del siglo XXI. Desconcierta cómo, ante el más grave cuestionamiento popular de la impune corrupción que socava la credibilidad de Estado tras Estado, el estamento político, no reacciona con un discurso público que, apoyado en acciones concretas, rehabilite su siembra y, con ello, vuelva a florecer el prado electoral. No, en cambio, siguen con el mismo sonsonete que ya no germina pues tanta corrupción del terreno le ha tornado estéril.

No se dan cuentan o, peor aún, no quieren darse cuenta de que no es solo su carrera política, ni el futuro de su partido lo que está en juego pues lo verdaderamente está en juego es todo el sistema de partidos que es la cepa que produce el caldo democrático del que bebe todo pueblo sediento de libertad y justicia. Prefieren emplear una retórica histriónica para echarle la culpa a terceros y, no existe un mejor chivo expiatorio que la Red siguiendo una torcida lógica que expone que el problema no es la corrupción sino el que tantos hablen de ella a través de la Red. Cuando el río suena…no es su cauce el responsable por la riada, pero resulta más conveniente decir que el río salió de sus cauces que ir tras la causa. Y, eso es lo que hoy sucede con una red que tanto enreda porque pocos son los que la entienden y menos aquellos que están dispuestos a darle su justa redención. Por ello, observamos, consternados, el Vía Crucis de una Red sin pecados concebida.

En TV nos están matando la lengua

Escrito por Rissig Licha 21 Jan 2013 | Sobre: Blogs

MIAMI—La lengua, como un buen guiso, requiere de gran cuido en su manejo. El éxito en la una requiere ser cauto en la administración de los ingredientes y, en la otra, en aquello que sale entre dientes. La primera es propia de un gran autor, la segunda de una cocina de autor. Mas inquieta con qué frecuencia la lengua franca que emplean algunos, particularmente en la televisión, es una lengua que, francamente, resulta un caldo disminuido y venido a menos—una especie de sopa de letras—de pobre calidad, producto de las palabras que parecen arrancadas a escarbadientes de los labios de aquel que las expresa sin empacho intelectual alguno y, lo peor aún, con gran satisfacción de que está dando muestras de un gran dominio lingüístico cuando, en verdad, lo que está es matando la lengua.

“Mató al muerto”, relataba en días recientes el presentador de un noticiero caribeño para hablarnos en su intervención en el informativo sobre el ajusticiamiento de un delincuente de barrio que, en definitiva, había matado, según las autoridades, a un ciudadano antes de caer abatido en una emboscada policiaca en la que está en disputa si hubo o no un intercambio de disparos entre los perseguidores y el perseguido. El periodista televisivo pedía cuentas a la Policía sobre la forma y manera en que había manejado la persecución y cerco del matador–aquel que “mató al muerto” antes de caer muerto por “matar al muerto”. Poco le importó que, con ello, matara a mansalva el buen empleo de la lengua.

Esa viñeta, arrancada de la vida real, es una clara muestra, aunque hay millones otras, de cómo se mata la lengua en la televisión, algo que nos recordaba Joaquín Sabina al ser entrevistado por Juan Ramón Lucas en TVE en noviembre del 2009 en su programa que la televisión pública española mató, al eliminarlo de su grilla, En noches como esta. Juan Ramón a lo largo de la entrevista con el poeta trovador, destaca el cuidado de éste en el uso del lenguaje en todas sus composiciones.

Sabina, en su inigualable estilo, subraya que no tenía buena voz, ni era buen músico y por ello se preocupaba por el buen uso de la lengua, “pulo las letras porque el idioma es sagrado…no tengo patria ni bandera…mi patria y mi bandera es mi lengua…hay que tratarlo como una gardenia…no se puede jugar con la lengua…”.

Lucas insiste, en el transcurso de la entrevista, en que Sabina, que es un reconocido irrespetuoso, hable sobre su respeto a la lengua: “Joaquín Sabina ha dicho, “no me gustan que me hablen con faltas de ortografía, ¿quiénes hablan con faltas de ortografía?”. Sabina, sin tapujos, arremete en su respuesta a la inquisidora petición de Lucas contra los infieles de la lengua española que ocupan el plató destacando que “concretamente en el medio más importante que hay ahora mismo, que es la televisión, uno oye cada cosa, cada palabro, cada disparate… parece que si no se es analfabeto no se puede tener éxito en determinado programa…a mí me parece un insulto a la inteligencia”.

Así es. La experiencia de escuchar de labios de un presentador en un noticiero la expresión “mató al muerto” no una sino varias veces, apuñalando sin reparo alguno la lengua, y, para colmo, ver cómo su compañera de pantalla también recitaba la maldita frasecilla en uno de los programas de mayor audiencia televisiva, es una experiencia que sobrepasa el margen de cualquier pecadillo aceptable de una transmisión en vivo. Perfección, no hay, mas rigor, es una práctica que siempre debe de estar presente en los medios de comunicación para evitar trabalenguas como el que abunda en la televisión pues, como bien nos recuerda Sabina, “no se puede jugar con la lengua”. Y, aquellos como el presentador que mató al muerto, solo sirven para darnos muestras de una mala praxis que, por desgracia, parece estar en vías de convertirse en la norma de esta televisión del siglo XXI, responsable de que a diario veamos como aumenta la violencia en el medio sin apenas darnos cuenta de que lo que sucede es que nos están matando la lengua.

Cartelera colaboracionista

Escrito por Rissig Licha 15 Jan 2013 | Sobre: Blogs

SANTO DOMINGO—La civilización del espectáculo nunca antes había asistido a una presentación como la obra, en varios actos por entrega, sobre el manejo de la información oficial—Vida, Pasión y Muerte de la Institucionalidad—que tiene absorta a multitudes en Caracas y La Habana, donde ha estado exhibiéndose en cartelera simultánea desde mediados del mes de diciembre del pasado año. La obra ha acaparado el interés, además, de muchos ciudadanos de otras capitales del hemisferio americano que siguen a distancia los vericuetos de la trama, reseñada por la prensa internacional, a través de un guión preñado de intrigas, tergiversaciones, medias verdades, disimulaciones, el silencio y vil mentiras que ni John Hodge, autor de Los Colaboracionistas, imaginó en su satírico libreto sobre las heroicas hazañas de Stalin.

La obra en cuestión, con Hugo Chávez y Raúl Castro en los papeles protagónicos, acompañados por un ilustre reparto de actores secundarios—Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Henrique Capriles, Elías Jaua, Cristina Fernández, Evo Morales, Rafael Correa, José Mújica, Ollanta Humala, Daniel Ortega, Dilma Rousseff y Fernando Lugo—que entran y salen de escena según los dictámenes de los guionistas que, atentos al mismo estilo que Hodge emplea en su drama de cómo Stalin dicta sus propios panegíricos al complaciente dramaturgo de Bulgakov, colaboran para tejer una historieta sobre la desaparición del Rey del Socialismo del Siglo XXI, interpretado por Chávez, quien cuán fantasma de Hamlet reina sobre las vicisitudes diarias del aparato informativo oficialista tanto en La Habana como en Caracas.

En el primer acto de la obra Chávez hace, desde Caracas, a través de una cadena nacional tres pronunciamientos: su retiro por cuestiones de salud; su partida a La Habana para someterse a una cuarta operación del cáncer que le afecta y la designación de Nicolás Maduro como sucesor eventual en caso de que, por una razón u otra, no pudiera, como no ha podido, retomar sus responsabilidades ejecutivas desde el Palacio de Miraflores. Ese soliloquio es el que, precisamente, desdobla la primera complicación de una trama de grandes zigzagueos pues, en la propia Constitución Bolivariana, la misma que gracias a la miniaturización editorial siempre carga su autor en su bolsillo, el vicepresidente no es electo en la misma boleta, ni es candidato a heredar la banda presidencial que Chávez lleva puesta por más de una década. En otra escena de este acto, Capriles recuerda, en una clara contravención de sus creencias su fe en la Constitución chavista y proclama a todo quien le escuche que no se puede violentar la Magna Carta.

La Constitución Bolivariana establece que, contrario al argumento que ha seguido elucubrando el grupúsculo de guionistas habaneros a cargo de esta producción, en caso de un abandono permanente del cargo y, en este caso en particular hay que hacer la salvedad que ni siquiera una foto vía su cuenta de Twitter, @chavezcandanga, silente desde el 1 de noviembre del pasado año, ha salido de su estadía en Cuba, por lo que, los despachos oficialistas indicando que atraviesa por una difícil situación son la única fuente de la “verdad”. Aun así, sigue impartiendo instrucciones a sus más cercanos colaboradores en mensajes que se han convertido, en virtud de su constante diseminación, en la única versión, la oficial, de que todavía vive quien fuera reelecto por los electores venezolanos el pasado octubre. La Magna Carta establece que ante una situación como la planteada el Presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, asume el poder y convoca a elecciones en un plazo de treinta días. Ya pasaron cinco días y de elecciones, nananina—el guión que sigue siendo entregado aún no lo indica.

En el segundo acto, que se desarrolla el 10 de enero del 2013 en Caracas con un entorno en el que, sin lugar a dudas, el gran ausente vuelve a ser Chávez, toma el juramento como gobernante de Venezuela “el pueblo soberano” en una ceremonia que más bien parecía una actividad de “crowdsourcing” del poder en el que todo el pueblo venezolano o, al menos, todos los chavistas presentes asumen el poder en representación del Presidente ausente pero en presencia de José Mújica, Evo Morales, Daniel Ortega y Fernando Lugo. Ni Chávez, ni Cabellos, ni Maduro juran. Juran todos los presentes en una de las demostraciones más dramáticas y gráficas de lo que es el poder popular y cómo éste puede llegar a vulnerar cualquier Constitución y hasta carcomer la institucionalidad misma que el propio Chávez había dictado a la medida de su filosofía política que es fiel a cómo se promociona su figura en su página oficial de Twitter: Militar, Bolivariano, Socialista y Antiimperialista.

El tercer acto de la obra se escenifica en La Habana, la misma en la que impera las Producciones de los Hermanos Castro, con la presencia de los andinos Rafael Correa y Ollanta Humala y la patagónica Cristina Fernández, ésta última vestida de luto y con una Santa Biblia en sus manos. Pero vuelve a estar ausente Chávez, dando margen a todo tipo de especulaciones. No está ni aquí, ni está allá. ¿Dónde está?, se preguntan algunos. ¿En el más allá? Turba un poco más al espectador una segunda escena, en la que solo aparece Dilma Rousseff, haciendo un llamado, que parece poco fiel al libreto original pero muy apegado al modus operandi carioca, en el que destaca que, en caso de que la no deseada partida de Chávez se produzca, se proceda sin dilaciones a celebrar elecciones para elegir un sucesor según lo establece la Constitución Bolivariana. Acto seguido, Maduro regresa de La Habana para “siguiendo instrucciones de Chávez” designar un nuevo vicepresidente, Elías Jaua, quien ya había ocupado el cargo de canciller, el mismo que también ocupó Maduro en otra de las administraciones de Chávez y también había sido nombrado, aunque nunca recibiera el beneplácito, del gobierno argentino de Cristina Fernández.

Este tercer acto, que ha sido el más torcido de la trama, demanda contar con un apuntador que permita seguir los desarrollos sin perder cuenta de los sucesos. Hay tres presidentes —Chávez, Maduro o el pueblo según le encaje mejor al espectador—dos vicepresidentes—Maduro y Jaua—y una Constitución que solo ampara un presidente electo y un vicepresidente designado. Pero no hay por qué preocuparse o perderse ante las fantasías del guionista pues el parlamento que asignaron a los labios de Maduro, en su elocución ante la Asamblea Nacional aclara, sin lugar a equivocación, toda la trama según relata, a la audiencia captiva en el Teatro Popular, el diario El Nacional: “Hoy estamos cumpliendo por orden del Presidente de la República el artículo 237. Estamos cumpliendo de manera impecable esta Constitución”. Es decir, cumple con el presidente, quien está por encima de todo y, atento a ello cumple con la Constitución.

Ese argumento de Maduro es clave para poder entender bien una perversa y torcida trama que, además, secundan todos los demás actores de reparto con sus variopintas intervenciones en las que dan muestras de apoyo al caudillo y una muy sui generis interpretación de cómo se explica más de cómo se aplica la Constitución en caso de que el estado de salud o anímico del líder no sea consistente, ni coherente con los designios del documento de ordenamiento social que impere. Impera el caudillo y no la Constitución, sin riesgo de que alguién tenga la osadía de preguntarse quién reina porque, al fin, reina el pueblo.

Maduro, quien siempre ha tenido papeles secundarios desde que dejara la cabina de un autobús para montarse en la caravana chavista, mostró que es poco maduro como personaje histriónico al cerrar su discurso en la Asamblea con una reafirmación en que, en definitiva, confirma que el presidente está ausente y que, en verdad, hay dos vicepresidentes: “Como ustedes saben que en un día solemne como este no le corresponde a un simple vicepresidente estar aquí parado, Finish (fin) de esta información”. Ciertamente tiene que haber sido una improvisación pues los avezados guionistas que han estado manipulando la trama nunca hubieran cometido tan claro desliz lingüístico—uno que claramente va a contramano con el hilo conductor que llevaba la trama hasta ese momento.

Mientras tanto, ni en La Habana ni en Caracas han visto a Linda, la que se le perdió a Santos—Daniel y no Juan Manuel que está muy ocupado con otra obra también en cartelera en La Habana, Crónica de una Paz Anunciada, con la participación del elenco de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) —ni mucho menos a Chávez Candanga que, para algunos, es el diablo o el príncipe de los ángeles, o santos revelados. Ello ha dado rienda suelta a todo tipo de especulaciones sobre cuál ha de ser el próximo acto de la obra por entrega que escriben con esmerado cuidado los guionistas oficialistas en un desenfrenado esfuerzo por ocultar lo indeseado y presentar lo que le interesa a los productores de una farsa comunicacional de grandes proporciones en la que, como se ha podido presenciar, han intervenido un sinfín de actores colaboracionistas que, con su participación, deben de servir de alarma a sus pueblos de que, por el papel que han interpretado con grandes dotes de malabarismo político, corre peligro la institucionalidad de sus países y el derecho de sus ciudadanos a conocer, sin subterfugios, un informe veraz sobre la salud de su Presidente sin la manipulación de un equipo de guionistas internacionales. Todo lo demás, es puro teatro—popular y, de paso, del más barato como el que dictaba Stalin a Bugalov en la obra de Hodge.

Pericodismo no es Periodismo

Escrito por Rissig Licha 27 Dec 2012 | Sobre: Blogs

MIAMI—Las cruzadas de purificación, en defensa de la fe verdadera—la única que la Santa Iglesia, en su más oscurantista expresión del más fierro y ciego fundamentalismo reconocía—parecen cuentos de camino al comparárseles con cualquier contienda temporal por definir la verdad sobre quién dice la verdad, quién la tergiversa para beneficio particular o, peor aún, quién la falsea para crear su propia verdad. En esa puja no hay más cruenta lucha, una que trasciende fronteras, lenguas y medios, que la que se desdobla sobre qué es periodismo y qué es el pericodismo que se practica en esta era digital.

Pericodismo [Advertencia: No busque esta palabra en el diccionario de la Real Academia Española. Es una palabra original del autor cuyo significado es: pericodismo (Del dim. de Pero, Pedro) m. Ser trepador, especie de papagayo que emite gritos agudos y gusta de engatusar a las masas mediante la grosera utilización y manoseo de la información a través del cuento.] es una función que hoy ejercen muchos pericodistas—enviados especiales que como paracaidistas han aparecido para reclamar su sitial en la industria de la información avivando con su entrada en escena el gran debate sobre si son o no son verdaderos periodistas, algo que siglos atrás el Príncipe de Dinamarca tan escuetamente planteara en primer acto del tercer acto de Hamlet a través de una simple interpelación: “Ser o no ser”.

El debate que se produce, tanto tras bastidores como en sala, da píe a una gran alharaca dialéctica preñada de descalificaciones y hasta de serias agresiones que, si bien no todas son de carácter corporal, persiguen herir de muerte, al menos moral, a sus contrincantes. Periodistas. Lectores. Comentadores. Los tres informan más no son, ni por asomo, iguales. Si a estos les sumamos los Pericodistas, entonces sí que tenemos una lucha sin cuartel ni límite de tiempo sobre quién es puro y quién es impuro. Y si bien, algunos dirán que esto es puro humo, ello es, de seguro, más que humo para aquellos que tienen poco humor para aquel rumor que, sin rubor alguno, los pericodistas tratan de cacarear como un reportaje.

En esa disputa, los que se rasgan las vestiduras de la ortodoxia, plantean que solo hay pureza en el recuento de la verdad en la medida en que existe objetividad informativa. Algunos, más pragmáticos, indican que la verdad depende, tal como suele ser con la historia, de quién la escribe. Otros, más cínicos, apuntan que la verdad, particularmente la que manejan los medios de comunicación, depende de quién la paga. Para colmo, todos tienen razón pues evidencia sobra para presentarse ante el tribunal de la opinión pública en sustento de cada una de las hipótesis que sobre la verdad han sido vertidas.

A decir, verdad, periodista es una palabra de variopinta definición pues surge, de acuerdo a la óptica individual de cada cual, puesto que la propia Real Academia Española—la misma que limpia, brilla y da esplendor—no establece claramente qué es, de forma definitiva, en su dilucidación: [Periodista com. Persona legalmente autorizada para ejercer el periodismo. 2. Persona profesionalmente dedicada en un periódico o en un medio audiovisual a tareas literarias o gráficas de información o de creación de opinión]. Legalmente autorizado puede ser cualquiera, hasta un pericodista. Y, persona profesionalmente ligada a un medio, también puede ser cualquier hijo de vecino que logre una remuneración por su faena informativa.

El cotilleo, el chisme, el rumor—todos en ánimo de descalificar a quien es el blanco de la información—pasan hoy como periodismo investigativo. ¿Es válida esa apreciación? Por supuesto que no pero, desgraciadamente, en virtud de la monetización de los medios lo que hoy está en el medio es, en muchos casos una burda caricatura que, por aquello de darle algún viso de certificación oficial sobre su veracidad carga con la etiqueta de un “nuevo periodismo”.

Ese periodismo ni es nuevo, ni es periodismo. Como no lo es el tan empleado “periodismo ciudadano” que no es otra cosa que un engaño al ciudadano que se cree que porque colabora con el flujo de información a través de cualquier medio propio—Twitter, Facebook o su propia bitácora—es periodista. Como tampoco es periodismo el que practican grandes empresarios adquisidores de medios de comunicación para defender sus intereses comerciales.

El periodismo serio es riguroso; busca la verdad pero no a través de esconder todas las verdades para defender, cuán émulo de un buen templario en cruzada santa, una sola. El periodismo tiene que ser pluralista, incluyente. Y si bien, por la propia naturaleza del sesgo personal de quien lo practica cuesta que sea objetivo debe de ser, al menos, ecuánime—algo que cada día dista más de aquello que se practica y se promociona como el nuevo periodismo y que está acentuado por más comentarios particulares que relatos documentales. Por ello, preocupa tanto el otro debate que se ha desatado y que pretende mezclar en una emulsión única y pura—tal como si fuera fácil mezclar el aceite con el vinagre—este debate con otro, subsidiario pero no menos fundamental sobre si aquello que pasa hoy por periodismo sin serlo debe ser objeto de boicot y censura. Por eso, merece una seria reflexión.

En una sociedad democrática en la que todo ciudadano tiene derecho a la libre expresión el uso intercambiable de las palabras boicot y censura debe darnos alguna pausa. La razón es simple. Boicotear [Definición de la Real Academia Española: Boicotear. Excluir a una persona o a una entidad de alguna relación social o comercial para perjudicarla y obligarla a ceder en lo que de ella se exige. 2. Impedir o entorpecer la realización de un acto o de un proceso como medio de presión para conseguir algo. U. t. c. prnl.] y Censura [Definición de la Real Academia Española: Censura. f. Dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito] no son lo mismo.

¿Es legítimo boicotear un medio si uno no está de acuerdo con él? ¿Es genuino emitir una opinión o dictamen censurando la postura editorial o el contenido de un trabajo periodístico? Sí, claro. Lo que no es justificado es impedir la libre expresión de aquel o del otro porque yo, y nadie más que yo, soy el que tengo la razón y, como tengo la razón, soy el único y fiel defensor de la verdad. Esa expresión, en boga en muchas capitales democráticas, es la más torcida defensa de la verdad desde que el Papa Urbano II despachó a los defensores de la fe en sus cruzadas de purificación.

La verdad, aún aquella que, por naturaleza tiene múltiples caras—se ha convertido para algunos en moneda de cambio para el más serio cuestionamiento de una de nuestras libertades más fundamentales—la libertad de expresión—toda vez que, si no se concuerda con la expresión, de aquel o del otro, no importa cuál esta sea, se clama, como el espectáculo que los romanos solían montar en el Coliseo en el que se clamaba por la muerte del transgresor simplemente por el mero placer de ver en espectáculo público el sacrificio de la mayor ofrenda personal, la sangre misma del infiel, de aquel con el que se disiente.

No hay por qué confundir la defensa de la libertad de expresión con la defensa del pericodismo. No, hombre, ¡no! El pericodista debe tener plena libertad de hacerse llamar periodista. Y, aquel que le crea el cuento que lo disfrute. El tiempo se encargará de la verdad y permitirá distinguir entre quién es periodista y quién es pericodista no importa que este último se haga pasar con el avatar del primero ni que la consecuencia de sea cercenar su lengua porque haya dicho que el pericodismo es periodismo. Basta con decir que es trucho, y ¡ya!

Postal al Gordo y a los Reyes

Escrito por Rissig Licha 23 Dec 2012 | Sobre: Blogs

SANTO DOMING0—Los hemisferios—tanto el boreal como el austral—están de fiestas. Poco importa que uno esté en tiempo hiemal y, el otro, vernal. Lo mismo da. Ni si el paro sigue sumando víctimas o la deuda crece sin parar. Pamplinas, es época para celebrar y, como no hay celebración si no hay algo por comprar, al fin, llegó la estación para incorporarnos a una desenfrenada búsqueda de ofrendas sin par. Nada parece suficiente. No, es hora de derrochar—Papa Noel, Melchor, Baltasar y Gaspar, ¡de seguro han de aprobar! Y, los tres Santos Reyes del Crédito sin Par—Visa, MasterCard y American Express—iluminan la ruta para celebrar ese accionar.

Unos van en persona, otros acuden por la Red con su cartón elastómero en mano para poner a prueba la elasticidad de las finanzas de cada hogar. Prima el exceso sobre la prima de riesgo y es que, en tantas familias, hay un solo objetivo esta Navidad: aplacar las esperanzas que despiertan la llegada, por vía diferente, disímil procedencia y reservas de fechas desigual, cuatro personajes de origen incierto que tras el legendario avatar que guarda su verdadera identidad dominan por estos días la atención de chicos y grandes por igual.

El Gordo del Norte, creado por un monje griego, residente en Turquía y los tres enjutos orientales—que ahora resulta, que el Papa alemán, el mismo que intenta, con poca lucidez, ser digerati a través de ocho cuentas de Twitter, nos relata en su libro de recién tirada, La Infancia de Jesús que son andaluces—cuán trulla de temporada, sirven para avivar, por aire, tierra y mar, la creatividad de tantos niños instruidos que, con gran meticulosidad y mayor religiosidad, componen sendas cartas con listados de sueños e ilusiones, sin par, en todos estos días antes de sentarse a esperar por los codiciados presentes que todavía siguen ausentes del pino, real o virtual, que aviva el seno familiar.

Por ello, relato el texto de la postal que hoy envíe, cuán fiel a las costumbres populares, por la vía digital por aquello de estar a tono con el Papa y en comunión con la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, a los Cuatro Jinetes de la Apocalipsis del Bolsillo:

“Al Gordo y los tres paganos, Espero que la crisis no les haya afectado aunque, a juzgar por las más recientes noticias en la Red, notamos algunos cambios. Nicolás, las fotos que he visto tuyas en Facebook parecen apuntar a que, ¡albricias!, has perdido algunos kilos y en el Portal de Belén, según nos cuenta el alemán de El Vaticano, que, para sorpresa de los magos españoles, desaparecieron a la mula y al buey. Me atrevo profetizar que, atento a que la carne animal salió de escena, la yerba de los camellos peligra. Así que, tal pareciera que hasta los camellos se verán afectados por la crisis”.

“Pero, bueno, basta ya de tantas elucubraciones sobre la obesidad mórbida, la gastronomía de autor y las dietas de moda, pues, después de todo, supongo que, como siempre, han de arreglárselas para seguir de fiestas. Tampoco quiero tomarles mucho tiempo pues sé lo ocupados que están hoy, víspera de la víspera del Nacimiento, así que habré de ser breve. Voy al grano. No se preocupen por pedir una ayudita al Banco Central para satisfacer mis pedidos. No, no hay necesidad de comprometer aún más la deuda. Ni tampoco de imponerle más impuestos y sacrificios a otros para comprarme regalos. No, no necesito nada. Sí, así es. No quiero nada. Les explico por qué”.

“En medio de tanta alharaca consumista en adoración al dios Rojo; sí a ti Nico, que eres rojo en todo, menos en tu acepción del otro dios rojo, el comunista de Engles y Marx—en este caso Karl y no Groucho—y de plegarias por la salud eterna de la troika de los Magos de la Epifanía—que ni por equivocación son Chávez, Fidel o el embalsamado de Vladimir—les quiero recordar que, contrario a todas las enseñanzas que emanan de los Textos Sagrados del Templo de Nieman, el socio de Marcus y no Aurelio, no hay mejor regalo que un abrazo, un beso, una sonrisa y la más mágica de todas las infusiones: un te quiero”.

“Esas, para mí, son todas joyas verdaderas que perduran en el tesoro que es la vida que nos ofrendó el Creador al que, hoy, todos olvidan y dan la espalda en un desenfrenado empeño por poner manos a la obra consumista y toda su fe en la adoración de todo lo superfluo que, por desgracia, impera en la celebración de una Navidad transfigurada en un bacanal comercial propio de un bazar de alhajas falsas. Por eso, les ruego que todo aquello que con gran empeño traigan en sus alforjas para deleitar —poco importa si es oro, incienso, mirra o cualquier dispositivo digital—lo inviertan en un mensaje de paz, amor y felicidad. Y, eso es todo lo que os pido esta Navidad. Eso sí, en ese reparto muestren poca sobriedad pues de ello hay gran necesidad. ¡Felicidades”!

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